Escenarios peligrosos, por Raúl Bravo

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Ninguna democracia está segura. Hace poco menos de cien años, el pueblo más ilustrado y que ha aportado con más Premios Nóbel, el alemán, sucumbía ante el totalitarismo del nacional socialismo de Adolfo Hitler. Hoy, tras veinte años de chavismo instalado en el poder, el pueblo venezolano atraviesa su hora más crítica. Una crisis humanitaria afecta a la región latinoamericana, la que se ha visto desbordada por miles de venezolanos, en búsqueda de mayores y mejores oportunidades por una mejor calidad de vida.

El socialismo ha fracasado. A su paso sólo ha dejado miseria y desolación. La idea de igualar las condiciones es descabellada. Es mejor ser desigualmente ricos a igualmente pobres. El proyecto político bolivariano del chavismo ha destruido las instituciones del estado de derecho y de la democracia. El servilismo de los demás poderes e instituciones hacia el gobierno usurpador de Nicolás Maduro va perdiendo adeptos. La lucha contra el tirano se va abriendo paso. Sin embargo, el pueblo y la comunidad internacional no pueden desfallecer en esta lucha.

Lo que realmente ha ocurrido en Venezuela es la captura del poder por parte de una mafia, la que colgándose del discurso populista y demagogo de un socialismo exacerbado, inclusive con tintes de mesianismo y militarismo carismáticos, ha venido usufructuando de las arcas del Estado aprovechando la coyuntura del precio internacional del petróleo, tolerando y conviviendo además con actividades ilícitas infiltradas en las altas esferas del poder político.

Veinte años de chavismo han moldeado a individuos que se han acostumbrando a esperarlo todo del Estado. La lucha por las libertades políticas y económicas tendrá que darse como consecuencia de la toma de conciencia por parte del propio pueblo venezolano, que le hará perder legitimidad al tirano. Le tomará mucho tiempo a Venezuela recuperarse del daño que ha ocasionado esta banda de criminales y violadores de los derechos humanos. Mientras tanto, la comunidad internacional, especialmente la latinoamericana, aguardan con expectativa el desenlace.

La endeble democracia peruana y sus instituciones están a prueba. Hace más de dos años el sistema judicial viene afrontando casos emblemáticos de corrupción, lavado de activos y otros delitos, que comprometen a una clase política que se ha desacreditado ante la opinión pública. Todo ello puede ser el caldo de cultivo para que en las próximas elecciones del 2021 aparezcan en el radar candidatos antisistema, quienes podrían sintonizar muy rápidamente con el masivo descontento popular.

En medio del caos y la corrupción, el contexto puede dar lugar a legitimar gobiernos con mano dura-muy anhelados por estos predios latinoamericanos y caribeños-, tanto de derecha como de izquierda, con una clara intención de perpetrarse en el poder. Esa es nuestra tradición política y democrática. Aún permanece intacta la figura del dictador mesiánico, carismático y caudillista, que se remonta a los generalísimos independentistas de los inicios republicanos. Por suelo peruano, a muchos les apetece vestirme el uniforme, mandar y dirigir.

La mejor estrategia para evitar que un escenario venezolano se instale en el Perú consiste en empoderar a los peruanos con derechos de propiedad privada e insistir con trasladar la creación de riqueza a las relaciones del mercado. Sólo el que es propietario es libre, y es capaz de intercambiar lo suyo en las transacciones mercantiles. Y en ese proceso de defender sus libertades económicas, se involucra en la defensa de sus libertades políticas. Desafortunadamente los dos enemigos del Perú hacen de la suya: el mercantilismo y el populismo, que son al mismo tiempo el combustible que alimenta a los antisistema perfil autoritario.

En la lucha por conservar la democracia, la opinión pública es fundamental. Es ella la que moldea las opiniones particulares. El manejo de la información, con una prensa libre e independiente del poder, será fundamental para tales propósitos. Y hoy las redes sociales han democratizado la posibilidad de que cada individuo pueda influir decisivamente. Muchas cosas se jugarán en las próximas elecciones. Evitemos los saltos al vacío.

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