Escoger una cultura decente, por Nathan Sztrancman

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No quiero ponerme poético de manera tan desesperada, pero el otro día volví a ver Trainspotting. La gran obra de Irvine Welsh gravita alrededor de la heroína y sus adictos, que como en la historia de todos los heroinómanos es más difícil dejar a los amigos que los vicios. Además, ¿quién necesita razones cuando tienes heroína? En su ridículo paisaje verde Mark Renton cuenta que ser escocés le da asco porque los escoceses no son capaces de escoger una cultura decente que los colonice.

Una de las buenas noticias de ser peruano es que la cultura que nos colonizó tampoco es el paraíso de Dante, pero podría ser peor. Lo que tenemos a nuestro favor es la oportunidad de empezar de cero; mucho antes de las elecciones el Presidente ya ha vacado su puesto. Claro, falta aún para abril, pero Humala ya entregó la cinta. Cualquier pseudo-académico ha tenido que dedicar parte de estos cuatro años al estudio de las acciones y palabras de Ollanta, algo tan emocionante como fumarte un cigarro electrónico. Hemos tenido más contacto con Dios que con Humala y yo sigo siendo ateo, así que vayan a ver. Ahora saltan las alarmas porque el puesto de Presidente nos lo acabamos de reinventar y vamos a elegir al primero que tenemos en cuatro años, y creo que para ser conducidos por un fantasma nos podría haber ido mucho peor. Lo que llama la atención en el debate es cómo se va perdiendo el sentido de la identidad peruana, la apatía frente a nuestro estancamiento político y que en dos meses vamos a tener que decidir entre el que robó, el que robará, el que roba y el que no sabe ni deletrear la palabra.

Ser peruano tiene más buenas noticias, por algo estamos en enero. Se puede perder el gentilicio a medias con salir del país, con estudiar en otro lado o con mirar Netflix, pero no sabemos definir verdaderamente cuándo alguien deja de ser peruano, no digo ya sentirse. De hecho, la hipotética peruanidad es tal que las elecciones no preocupan mucho porque total, el país no es nuestro. La última década ha sido la eutanasia de nuestro sistema de representación, ya en estado crítico, y lo único curioso es que los candidatos aún presenten planes de gobierno cuando deberían saber que nos pueden comprar con víveres y protecciones bancarias. El estancamiento de los asuntos electorales va dependiendo de nuestro interés, como la nacionalidad, o del apellido o del gobierno pasado, y todo lleva a la rara realización de que Perú es Macondo y todos los días son Lunes. Somos un país a bordo de un avión a punto de estrellarse y ante la ausencia de una solución al problema decidimos que el avión no es nuestro, que discutir sobre ello no conduce a nada y que esto no debería preocupar a nadie.

No se puede escribir Trainspotting sobre Peru porque francamente no hay suficiente histeria colectiva como lo hay heroína (a donde, con toda la voluntad de un héroe griego, regresa Mark Renton al final de la película). Es una consecuencia natural de no querer tener nada que ver con el país donde te sitúas, ni con el verde ni con las elecciones, ni con los trenes ni las encuestas, porque lo importante viene a ser «elegir la vida, el trabajo, la familia y el televisor grande que te cagas».

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