España, aparta de mi este cáliz

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Esta semana, al mejor estilo de The Walking Dead, hemos visto reaparecer en la escena local a un ser arrugado, pelo cano, de mirada extraviada y con la nariz cada vez más ajada. Hemos visto articularse con dificultad, propia del momento cumbre de Thriller, a un personaje de la fauna política nacional que hacíamos por las Iberias cebándose con jabugo y demás especias.

Hemos visto, en definitiva, como la madre patria ha regurgitado al inefable Fernando Olivera.

Hay que reconocer en Olivera, su protagonismo en la consolidación, sino el nacimiento, allá por los 80s, de la política chicha contemporánea. Conocido por el nombre de un payaso, famoso por reclamar a gritos el robo por parte de los apristas su maletín, acobardándose frente a un iracundo y violento León Alegría que solo llegó a jalarle el pelo, paseándose por cuanto programa de televisión había con su escoba, para luego, con los años y con más poder, dar paso a un animal cada vez menos político que gustaba de dar portazos a mujeres periodistas y hacer gestos obscenos a la prensa.

Olivera pasó sin pena ni gloria por la Fiscalía de la Nación y en 1985 fue elegido diputado. Se hizo “famoso” por hacer públicos los escándalos de corrupción del primer gobierno Aprista. En el 90, ya con su nuevo partido el FIM, repitió el plato, fue defenestrado el 5 de abril de 1992, fue miembro del CCD, avaló la Constitución de 1993 y luego en 1995 volvió a ser elegido.

Olivera se jacta de haberse “tumbado” al gobierno de Alberto Fujimori gracias a la difusión que hizo en noviembre de 2,000 del ya famoso video “Kouri-Montesinos”, entregado por un ex agente del SIN que luego reclamó que nunca le pagaron el dinero que le ofrecieron. Ciertamente, la difusión de ese video aceleró la caída de un régimen que ya estaba de salida porque no se sostenía a sí mismo.

Con esos bríos, Popy se lanzó a la Presidencia en 2001 y obtuvo un 9.84% de los votos, muy por detrás de Lourdes Flóres que quedó tercera con 24.30%. Durante esa campaña, Olivera optó por una conocida estrategia, atacar al primero, es decir a Alejandro Toledo.

Olivera no escatimó en adjetivos contra del cholo “sano y sagrado”. Le dijo cocainómano, mentiroso, corrupto, asesor de Carlos Manrique en CLAE, le fustigó que no reconocía a su hija, le recordó que había alabado a Fujimori cuando ya se conocía La Cantuta (en un spot de su primera postulación a la Presidencia en 1995), le cuestionó su peligrosa cercanía con León Rupp (quien le prestó el hotel César durante toda la campaña), lo acusó de ser cómplice de Alan García en un supuesto pacto que nunca supo explicar, contó que a Toledo le habían ofrecido el video Kouri-Montesinos pero que no había querido aceptarlo, publicitó que el cholo era asiduo visitante a las icónicas y hoy extintas Suites de Barranco y que además no siempre pagaba la cuenta y finalmente le cuestionó su supuesto secuestro y las trazas de cocaína que se le encontraron en la sangre. En resumen, lo hizo leña durante la campaña descalificándolo moral, profesional y políticamente.

Toledo alcanzó la Presidencia, pero no la mayoría en el Congreso, ante lo cual y rápidamente concretó una alianza, justamente, con Olivera, pese a todo lo que éste último le dijo en la campaña. “Para asegurar la gobernabilidad”, dijeron. Y nadie les creyó. La verdad es que Toledo necesitaba a Olivera y éste vio la posibilidad de alcanzar un cogobierno antes imposible. Así, Olivera se aseguró una inmensa cuota de poder, que es lo que siempre había buscado y se inició la era Toledo-Olivera.

Nuestro protagonista exigió una cuota en el gabinete y para él, el Ministerio de Justicia, pese a no ser abogado, gestión que se recuerda únicamente por el escándalo de las cartas falsas que envió al Vaticano para tratar de desprestigiar al Cardenal Cipriani y al Nuncio Rino Passigato. Luego, vino una inocua gestión como Embajador en España (que reclamó por sus vínculos familiares con ese país), para rematar con broche de oro en 2005 con un par de días como Canciller, ya que su nombramiento generó la renuncia del entonces Premier Carlos Ferrero y con ello la caída de todo el Consejo de Ministros.

En ese quinquenio fuimos testigos de la transformación de Olivera, que, vamos, era un personaje que al final, por una u otra cosa, te arrancaba una sonrisa. Existió una relación directamente proporcional entre el incremento de su poder político y su ira, malcriadez, soberbia, chabacanería y lo que sigue siendo, para algunos, un misterio, la forma en que le iba ajando la nariz. Su mirada se fue extraviando cada vez más y comprobamos cómo el poder y la política lo fueron envileciendo hasta convertirlo en un ser de aspecto maligno de cuya boca nunca salía nada positivo o que no fuera cuestionado con facilidad.

Luego que fuera expectorado por su ex enemigo y socio Toledo, Popy partió por la puerta falsa, cual Chavo de la Vecindad, y emigró a España donde ha permanecido hasta que esta semana ha decidido volver y hacerlo como mejor sabe, mediáticamente y con escándalo, volviendo a enarbolar su taimado y alicaído discurso anticorrupción de los 80s y 90s y amenazando con una posible candidatura el 2016.

Olivera vuelve a hablar hoy de una “casta” de políticos tradicionales que nos han engañado y se han beneficiado del pueblo. Hoy Olivera vuelve a pretender enarbolar una escoba que hace muchos años perdió ya sus últimas hebras.

Olivera olvida que el Perú ha cambiado, olvida que hemos cambiado y que ya no olvidamos.

No olvidamos que Olivera representa lo peor de la “casta” que hoy fustiga; no olvidamos que representa lo peor de una forma de hacer política que privilegia la ausencia de principios y consecuencia y que únicamente busca el aprovechamiento personal en detrimento de los intereses de la nación. No olvidamos que Olivera es un político chicha, digamos, de libro, y como tal, peligroso en extremo.

Hoy vuelve Olivera, más viejo, gordo y amargado, pero en definitiva no más sabio pese al tiempo transcurrido.