Esperanzas… desesperanzas

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Cuando hemos sido niños o niñas muchos hemos tenido superhéroes que nos maravillaban o que seguíamos a diario en las series animadas o en las películas. Héroes de antaño aún tienen vigencia en el ideario de muchos, Batman, Spiderman, Ironman son algunos de ellos que han sido “revividos” por las nuevas tecnologías. Otras generaciones han seguidos a las muchas secuelas de Power Rangers. Las heroínas tampoco dejan de estar presente, por ejemplo, en el mundo otaku Usagi Tsukino (Sailor moon) u otras han llamado la atención de varones y mujeres.

Al crecer y descubrir que no son reales aquellos súper héroes o heroínas, uno va colocando ciertas esperanzas en otras personas que completen aquellas búquedas nuestras. Los padres y las madres suelen ser también objeto de algunas de nuestras esperanzas, esperamos de ellos cubran todo lo que queremos; algunas de esas esperanzas son fallidas y las cóleras adolescentes terminan en pataletas, unas elegantes, otras en demasía infantiles.

En algunas ocasiones esperamos demasiado de nosotros mismos. Colocamos nuestras esperanzas en nuestras capacidades, en nuestra fama o prestigio, en nuestros trabajos, en nuestro éxito personal. A veces nos sobreexigimos y muchísimas veces nuestras esperanzas son fallidas.

¿Qué sucede cuando nuestra esperanza mantiene una actitud infantil? Pues vivimos de ilusiones que caen pronto, colocamos esperanzas en quienes no las satisfacen, creemos que algunas personas son quienes pueden llenar nuestros vacíos. Y así hay relaciones interpersonales dependientes e insanas que destruyen, que autodestruyen porque lo permitimos. La esperanza en algunas ocasiones ha sido colocada en quien no puede responder a ella.

Por ejemplo, a veces se colocan esperanzas en la pareja que es idealizada en los primeros tiempos de relación. Todos y todas hemos pasado por la ilusión de ver en alguien algunas esperanzas y, claro está, las primeras peleas demostraban esas esperanzas caídas y las reconciliaciones una suerte de alianza que renovaba aquello que esperábamos.

Otra forma que expresa un depósito de esperanza es lo que en política se llama el caudillismo, todos los ideales de un grupo social son concretizados en ciertos personajes ya sea por su discurso elocuente, ya sea por lo que significó su ascendencia, ya sea por la profesión que posee, ya sea por las necesidades sociales. ¡Cuántos y cuántas se presentan como los únicos que pueden salvar a Lima, salvar el Perú! ¿Cómo lo pueden hacer? Entregando nuestro voto y nuestra confianza total en su “buena voluntad” y dejando que decidan por nosotros.

Su versión religiosa es llamada mesianismo, muchos grupos religiosos colocan sus potencialidades, sus fuerzas, su dinero, en quienes lo lideran. Su interpretación de los textos sagrados, sus directrices son las únicas que existen.

Ir contra lo que planteen o propongan es siempre malo, y quienes lo hacen son tildados con una suerte de adjetivos tales como “ciudadanos de segunda clase”, “subversivos”, “herejes”, “malditos”. Siempre hay que pensar como ellos para mantener el vínculo.

Se ha acusado al cristianismo de pensar mucho en el más allá olvidando los compromisos históricos, y sí, existen cristianos y cristianas que viven mirando el cielo olvidándose de la tierra, situación que nos parece incorrecta. La esperanza es esperanza si es activa, es decir, si condicona nuestros actos para alcanzar aquello que está contenido en nuestra esperanza, si esperamos algo debemos preparar aquello que contiene nuestra esperanza. De ahí que muchos creyentes preparen su cielo en la tierra.

En toda la espiral de relaciones que van desde nosotros, nuestras relaciones interpersonales, nuestras relaciones sociales, existen posibilidades de colocar esperanzas en quien las puede defraudar. No es sencillo saber cuál es la esperanza correcta, lo que sí podríamos distinguir es que habrá una falsa esperanza si en una situación no soy lo suficientemente autónomo, libre y responsable frente aquello que se espera. He allí una esperanza verdadera, cuando genera responsabilidad frente a nuestros actos y nuestras relaciones, cuando genera autonomía y no dependencia insana, una esperanza que no lo hace o que evade la realidad es una falsa esperanza. Cuando una esperanza genera libertad, no anula nuestra voluntad, luchemos por ella.