Estado de Bienestar: ¿Beneficio o Perjuicio? (Parte 2), por Andrés Sánchez Cárdenas

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 Así, muchos gobiernos gastaban por sobre su capacidad en programas sociales, generando grandes cargas fiscales que se agudizaron con la reciente crisis, volviéndose insostenibles en muchos casos, ya que el exceso de políticas asistencialistas puede convertirse en un instrumento que en el largo plazo induce a la población a la dependencia o amparo en el Estado, aletargando las ansias de superación y competitividad innatas del ser humano. Por ejemplo, en Sudáfrica se estima que hay mas gente que cobra subsidios del gobierno que gente trabajando (un importante porcentaje corresponde a prestaciones por desempleo) y que pronto se gastará más en bienestar que en educación. En otras palabras, el gobierno se está preocupando más en mantener a su población que en prepararla, lo que ha llevado a Sudáfrica a ser el 4to país con mayor desigualdad económica en el mundo (Gini 0,631). De igual manera, en Rusia se puede encontrar un panorama similar, ya que se calcula que aproximadamente un 40% de rusos dependen de los programas sociales del Estado para su sustento, y ni que decir de la descomunal deuda de Argentina.

Por otra parte, un estudio del PNUD demostró que “los seguros de desempleo prevalecientes en Europa y Estados Unidos que tendían a beneficiar a personas menos necesitadas (trabajadores temporales o por obra), inducían a colusión entre empleadores y trabajadores a expensas de fondos comunes y recursos fiscales, y desalentaban la búsqueda de empleo por parte de los trabajadores cesantes a los que les resultaba conveniente mantener el subsidio.” De igual manera, un estudio de la FEDEA de España concluyó que los principales obstáculos para que los desempleados encuentren trabajo en ese país eran “la falta de formación adecuada a las necesidades del mercado y el cobro de subsidios que operan como elementos desincentivadores a la búsqueda y aceptación de empleos de baja calidad”. Efectivamente, este porcentaje de la población representa un enorme gasto que aumenta progresivamente para el presupuesto y los sistemas financieros de naciones como Francia, que actualmente tiene una de las cifras de gasto social más elevadas de mundo (cercana al 30% del PBI), al punto que en los próximos años la asistencia puede volverse fiscalmente insostenible y al hacerlo, irónicamente el bienestar de la población disminuiría dramáticamente, ya que se tendrían que recortar o eliminar programas de asistencia y subsidios. De hecho, hoy en día muchos Estados europeos se han visto obligados a hacer recortes en programas sociales y a subir los impuestos. Este panorama también parece estar desarrollándose en Estados Unidos, ya que en  ese país el gasto social en 2011 fue 48% mayor que en el 2008, y en donde se estima que el gobierno gasta casi un billón de dólares al año en ayuda social. Situaciones similares se pueden encontrar en diferentes países, donde el porcentaje de gente que depende del Estado ha aumentando exponencialmente. El problema es que el carácter contributivo de la mayoría de estas políticas así como otros aspectos inherentes hacen que su reasignación o reducción sea compleja. En palabras del Economista Alemán Wilhelm Ropke: “El Estado Benefactor no sólo carece de frenos automáticos y no sólo aumenta de velocidad a medida que avanza, sino que se mueve por una calle con tránsito en un solo sentido, en la cual es imposible o al menos muy difícil, en la práctica, volver atrás”

Así, muchos gobiernos gastaban por sobre su capacidad en programas sociales, generando grandes cargas fiscales que se agudizaron con la reciente crisis, volviéndose insostenibles en muchos casos, ya que el exceso de políticas asistencialistas puede convertirse en un instrumento que en el largo plazo induce a la población a la dependencia o amparo en el Estado, aletargando las ansias de superación y competitividad innatas del ser humano. Por ejemplo, en Sudáfrica se estima que hay mas gente que cobra subsidios del gobierno que gente trabajando (un importante porcentaje corresponde a prestaciones por desempleo) y que pronto se gastará más en bienestar que en educación. En otras palabras, el gobierno se está preocupando más en mantener a su población que en prepararla, lo que ha llevado a Sudáfrica a ser el 4to país con mayor desigualdad económica en el mundo (Gini 0,631). De igual manera, en Rusia se puede encontrar un panorama similar, ya que se calcula que aproximadamente un 40% de rusos dependen de los programas sociales del Estado para su sustento, y ni que decir de la descomunal deuda de Argentina.

Por otra parte, un estudio del PNUD demostró que “los seguros de desempleo prevalecientes en Europa y Estados Unidos que tendían a beneficiar a personas menos necesitadas (trabajadores temporales o por obra), inducían a colusión entre empleadores y trabajadores a expensas de fondos comunes y recursos fiscales, y desalentaban la búsqueda de empleo por parte de los trabajadores cesantes a los que les resultaba conveniente mantener el subsidio.” De igual manera, un estudio de la FEDEA de España concluyó que los principales obstáculos para que los desempleados encuentren trabajo en ese país eran “la falta de formación adecuada a las necesidades del mercado y el cobro de subsidios que operan como elementos desincentivadores a la búsqueda y aceptación de empleos de baja calidad”. Efectivamente, este porcentaje de la población representa un enorme gasto que aumenta progresivamente para el presupuesto y los sistemas financieros de naciones como Francia, que actualmente tiene una de las cifras de gasto social más elevadas de mundo (cercana al 30% del PBI), al punto que en los próximos años la asistencia puede volverse fiscalmente insostenible y al hacerlo, irónicamente el bienestar de la población disminuiría dramáticamente, ya que se tendrían que recortar o eliminar programas de asistencia y subsidios. De hecho, hoy en día muchos Estados europeos se han visto obligados a hacer recortes en programas sociales y a subir los impuestos. Este panorama también parece estar desarrollándose en Estados Unidos, ya que en  ese país el gasto social en 2011 fue 48% mayor que en el 2008, y en donde se estima que el gobierno gasta casi un billón de dólares al año en ayuda social. Situaciones similares se pueden encontrar en diferentes países, donde el porcentaje de gente que depende del Estado ha aumentando exponencialmente. El problema es que el carácter contributivo de la mayoría de estas políticas así como otros aspectos inherentes hacen que su reasignación o reducción sea compleja. En palabras del Economista Alemán Wilhelm Ropke: “El Estado Benefactor no sólo carece de frenos automáticos y no sólo aumenta de velocidad a medida que avanza, sino que se mueve por una calle con tránsito en un solo sentido, en la cual es imposible o al menos muy difícil, en la práctica, volver atrás”

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