Estrecheces del Frente Amplio, por Pablo Ferreyros

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Los populistas tienden a parecerse. En Estados Unidos, Donald Trump promete poner un impuesto de 45% a las importaciones chinas. Acá, Verónika Mendoza asegura que también subirá aranceles, revisará acuerdos comerciales  y dará especial protección a una industria en particular –la textil. Ambos comparten dos de los grandes defectos del populismo: agitar sentimientos chauvinistas  y perder de vista la evidencia. ¿Poner barreras al intercambio en realidad ayudará a sus respectivos países?

El comercio internacional ofrece nuevos productos, mayor variedad de bienes disponibles y precios más competitivos. Ofrece también la posibilidad de especializarse y el subsecuente aumento del bienestar general: en mercados amplios cada quien puede dedicarse a aquello en lo que es mejor y obtener el resto de cosas intercambiando. Esto –como explicábamos en el artículo anterior–  ocurre tanto a nivel individual como a nivel de países y tiene como consecuencia que todas las partes sean más productivas y dispongan de más bienes.

¿Qué ocurre si, por el contrario, decidimos poner trabas a lo que viene de afuera? En el caso de mayores aranceles, como proponen el magnate americano y la ex nacionalista, los principales afectados serían los consumidores, que afrontarían precios más elevados. Si un bien importado es preferido a su contraparte local al punto de suponer una competencia de la que resulta “necesario” protegerlo, es porque ofrece una mejor relación precio-calidad que éste. El arancel, para proteger al bien local, quita a su competidor esa ventaja por la cual es preferido encareciéndolo. Con ello, deja a los consumidores sin esa opción que antes preferían.

Los principales beneficiados, en detrimento de la población, son los pocos empresarios locales que obtienen protección del gobierno. En mercado libre, los empresarios solo pueden ganar dinero ofreciendo a la gente lo que quiere y haciéndolo de manera más eficiente que sus competidores. Si lo que ofrecen es de menor calidad y mayor costo que lo ya existente, no podrán venderlo y quebrarán: somos nosotros quienes decidimos quién tiene éxito y quién no. En un mercado como el que proponen Trump y Mendoza, por el contrario, es el gobernante de turno quien decide; usualmente viéndose favorecidos no los más eficientes sino quienes tienen mejores conexiones políticas.

Una situación así no solo perjudica a la población al reducir sus opciones y su libertad de consumo. La perjudica también porque las empresas nacionales, al verse protegidas de la competencia, dejarán de ser competitivas: perderán los incentivos que las obligaban a ser eficientes porque el consumidor no tendrá muchas más opciones que comprarle a ellas de todos modos. Se verá perjudicada, además, porque la protección distorsiona la información sobre sus ventajas competitivas, que desaprovechará para dedicarse a lo que el gobernante prefiere. Y si a los altos aranceles les sumamos incentivos tributarios a los sectores preferidos -algo que suele ocurrir en gobiernos de este tipo-, la gente se verá afectada también porque será su plata la que se use para promover a los rentistas beneficiados.

Los populistas tienden a parecerse, y Trump y Mendoza no se parecen solo en su oposición al libre intercambio. Mientras el primero declaró hace unos días que está a favor de la tortura porque es útil para vencer a los “salvajes”, la segunda tiene continuos problemas en deslindar de un régimen –el chavista- que practica la tortura contra varios de sus presos políticos y recientemente llegó a afirmar que unos de estos –Leopoldo López- representa a una oposición golpista. Mientras el primero está a favor de expulsar a los inmigrantes indocumentados de sus casas, la segunda defiende que la dictadura militar haya expulsado a muchos de sus tierras sin respetar el mínimo inalienable que la ley de reforma agraria original estipulaba. Los dos parecen, así, creer que hay ciertos enemigos de la patria contra los que todo vale. Y las similitudes siguen: ambos se presentan como candidatos anti-establishment,  ambos están a un extremo del espectro político y ambos, de ser elegidos y hacer lo que prometen, mandarían a sus respectivos países al garete.

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