Experimento social: Navidad sin pavo, por Verushka Villavicencio

"La pandemia nos ha enseñado que lo más valioso que tenemos es nuestra fuerza que viene de la fe. Podemos pasar una Navidad sin pavo y con el corazón esperanzado en el camino que recorremos con Jesús"

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La economía del comportamiento trata de explicar las razones por las cuales las personas adoptan determinadas decisiones para consumir un producto o servicio.

Cada fin de año, al acercarse la Navidad, recibimos un bombardeo de publicidad que nos vende la idea de compartir en familia un momento maravilloso, siempre y cuando tengamos un panetón, un pavo, un árbol decorado y obsequios para toda la familia.

En este contexto, quisimos indagar qué pensaban los ciudadanos. Les preguntamos si para ellos Navidad era tener pavo en la mesa familiar. La respuesta varió de acuerdo al estrato socioeconómico.

Los vecinos de Surco y San Borja me dijeron que lo más importante era la vida y protegerse del COVID 19. Sostuvieron que tener pavo en la mesa familiar era accesorio porque esta Navidad sentirían la ausencia del abuelo, la abuela, los y las esposas, hijos y nietos. Si bien fueron apenas 10 personas, todas coincidieron que esta Navidad sería triste por la ausencia del ser amado.

Los vecinos del Cercado de Lima indicaron que lo más importante era tener algo que comer y con quien compartir. La vida sigue y a pesar de todo seguimos vivos, me dijeron. “Si hay fe, Dios no te desampara”, fue la frase de una mujer que me vendió mascarillas.

El hilo conductor en ambos sectores fue la “valoración de la vida”. Significa que ahora muchos peruanos ya no ven la publicidad como la venta de algo que tienen que adquirir, sino como un accesorio que no es prioritario. Si bien mis preguntas fueron a 20 personas y no es una muestra estadística que cumpla con todas las condiciones de una encuesta, sirve para reflexionar si en esta Navidad, el protagonista es el pavo.

Si bien hay familias que cenaran cerdo cabe pensar si en la cena, en vez de festejar la venida del Salvador, queremos celebrar con expresiones de abundancia que no encuentran un correlato en nuestras vidas.

El Papa Francisco explica que el valor de la Navidad radica en la celebración de la presencia de un Dios que vino humildemente para caminar a nuestro lado. Vino a disfrutar, trabajar, alegrarse, padecer, enternecerse y experimentar las emociones y sentimientos humanos.

El Salvado vino humilde, nació en un establo rodeados de animales y terminó huyendo con sus padres para salvar su vida.

El silencio de aquella huida, así como el silencio que en cada hogar provocará la silla o las sillas vacías de nuestros seres amados que partieron resulta también una invitación para nuestra interiorización y valoración de la vida.

La pandemia nos ha enseñado que lo más valioso que tenemos es nuestra fuerza que viene de la fe. Podemos pasar una Navidad sin pavo y con el corazón esperanzado en el camino que recorremos con Jesús.

Imagino que algunas familias podrían optar por no cenar pavo y usar ese recurso para alguna obra social en memoria de sus seres amados. Al final, el desarrollo humano es un estado de plenitud individual que se enaltece cuando hacemos el bien a otros, sobre todo, si lo necesita para vivir.

La economía del comportamiento comenzó a modificar sus criterios y los publicistas están todavía descifrando los mensajes. Mientras tanto, aquí el reto de una Navidad sin pavo, pero con alegría y esperanza.