Fama, por Nathan Sztrancman

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Mientras Julio Guzmán escarba puntos porcentuales y hace esfumarse con respuestas elocuentes la teoría de los dinosaurios para ponerlos a prueba otra vez, como quisieran hacer los músicos con sus grandes éxitos, vengo a recordar una discusión que mantuve con unos amigos de mi generación. Acababa de salir que Mario Hart postularía al Congreso. Al deliberar entre Combate y Esto Es Guerra, entre el baile y la tierra, el mar y los troyanos, el piloto decidió que lo mismo es Alejandra Baigorria que el poder legislativo.

Es un riesgo idiosincrásico de la fama; uno llega tan emocionado a ella que le ocurre lo que a Don Quijote. Se ve en los periódicos (alguno tan solo en la parte de columnista, otro solo en la firma) y pierde la cordura con la propia concepción platónica de uno mismo.

Gran parte del movimiento político de los últimos meses viene desde la juventud. Tiene un empuje teológico para obligar al Congreso a deshacer una ley que acaba de aprobar. Es lo que viene a ser víctimas de la violencia; a uno lo terminan por contagiar, aunque use protección. Se actúa con la sensación de que todo ocurre ahora, y mañana se nos va a perder el calendario. El ejemplo más obvio de esto es el personaje al que muchos quieren hacer Presidente a través de Twitter; Julio Guzmán. Si las elecciones se midieran en retweets o likes igual ganaría Keiko, pero Guzmán estaría en la segunda vuelta. Diana Seminario lo entiende en su columna; «el candidato de Todos por el Perú arrasa a todos en Facebook, pero eso no basta para llegar a Palacio de Gobierno». No es un tema de menor importancia, aunque claro que la historia no se va a quedar en estas menudencias; como dice Manuel Jabois, «la historia cuenta cadáveres, no la privatización de la sanidad».

La pregunté a mis amigos por Julio Guzmán y Verónika Mendoza, y se encogieron de hombros. Les pregunté por Mario Hart y se sabían todos sus compromisos (menos los políticos, que no sé si los haya). Pero hay que decir qué tremendos posts se escriben sobre todos estos personajes. Qué difícil es dejar de ver en un día que alguien apoya la postura de Guzmán (sabrá Dios de qué postura hablan), las ideas de Verónika (eso de Venezuela, ya saben), o que Mario Hart ha cambiado de pareja (de esto no critico nada).

Hay una distancia kilométrica entre ser talentoso y ser un candidato. Es el gran axioma de que se puede escribir bien, pero no significa que se viva mejor. A menos que te presentes a las elecciones con un Nobel, que entonces yo me presento a la Comisaría con mi columna.

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