Un fantasma recorre Europa: El populismo

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Cuando Ortega y Gasset esbozaba el prólogo para franceses de su célebre obra “La Rebelión de las Masas” distinguía ciertas características que a su entender diferenciaban al ser humano de la fauna: “Las pobres bestias se encuentran cada mañana con que han olvidado casi todo lo que han vivido el día anterior, y su intelecto tiene que trabajar sobre un mínimo material de experiencias”. De este modo, el escritor novecentista revelaba de manera pictórica que el tigre de hoy es idéntico al de hace seis mil años, porque cada tigre tiene que empezar de nuevo a ser tigre, como si no hubiese habido antes ninguno.

Para el razonamiento orteguiano, en cambio, el ser humano no sería nunca el primero, pues comenzaría a existir sobre cierta “altitud de pretérito amontonado”. Con ello, la facultad de recordar, entendida como el acto de acumular el pasado, poseerlo y aprovecharlo, sería manifiestamente humana y denotaría una de las características más saltantes de este género.

El razonamiento parece sólido y convincente. Nuestra cordura debería rechazar de manera vivaz todo atisbo de error cometido por segunda vez, jamás dos veces por lo mismo.

No obstante, la evidencia demuestra lo contrario. La ciudadanía sucumbe ante cualquier propuesta política que plantee una solución efectista a sus problemas, aunque ello entrañe un yerro. En innumerables oportunidades ha cedido a las fiebres autoritarias de caudillos y dictadores, quienes han encontrado terreno fértil invocando en sus discursos, casi de manera automática, una agravada crisis de representación, corrupción estructural en el gobierno, y creativas fórmulas asistencialistas. El epílogo es conocido: una vez en el poder se impulsan reformas normativas dirigidas a concentrar amplias potestades ejecutivas en el Jefe de Gobierno casi a perpetuidad.

En España, Podemos reivindica a los gobiernos de Correa y Chávez como paradigmas de un necesario y urgente programa para el país mientras afronta hondas críticas por el supuesto financiamiento irregular proveniente de los regímenes autoritarios de Irán y Venezuela. Uno de los argumentos para legitimar a sus referentes políticos es que la ciudadanía los ha elegido democráticamente en las urnas obviando cualquier referencia a las denuncias de fraude electoral en Venezuela.

Lo asombroso de esta situación es que los voceros de dicha plataforma, constituida a partir del movimiento indignados 15–M, evitan elevar cualquier crítica contra la represión de los estudiantes y disidentes que demandan cambios en dichas latitudes. Una actitud incoherente de quienes protestaron en la puerta del Sol en 2011 con respecto a quienes lo hacen hoy en plaza Altamira.

Recientemente, las encuestas se han mostrado favorables a Podemos aunque sus líderes saben que aún les queda mucho camino para las elecciones generales del próximo otoño. El tanque de oxígeno pretendido por Podemos es un adelanto electoral. “Ojalá convocara elecciones ya Mariano Rajoy”, ha enfatizado el secretario general de la formación en un reciente mitin.

Esta demanda coincide con las primeras medidas económicas adoptadas en Grecia por la coalición de izquierda radical Syriza, señalada por Podemos como su par ideológico y programático. Para el partido griego la alternativa al problema del sobreendeudamiento del sur de la zona euro (lo que incluye a España) es la quita de la deuda.

Para Syriza la prioridad no son solo las demandas de inversión pública y la restructuración de la deuda, sino un divorcio radical con las directivas del Consejo Europeo, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional. Esto provocaría que ante la reducción de la exigencia de los rescates, los países no cumplan las medidas necesarias para salir de la crisis. Una situación que aqueja a toda la Unión Europea y que de no frenarse de manera adecuada provocará una lamentable caída dominó del resto de las economías que la integran.

Quizás, los líderes de Podemos son más conscientes que sus electores de la vocación instintiva del ser humano: la memoria. Quizás el pedido de Pablo Iglesias tenga como finalidad evitar que, frente al fracaso de la propuesta de Syriza los españoles, reflejados en el espejo griego, recuerden que la vocación de un gobernante debería ser la moderación y el diálogo generador de confianza y gobernabilidad.