Fragilidad sureña y ombliguismo de sabor nacional

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Los peruanos tenemos la mala costumbre de mirarnos el ombligo sin pudor. Nos miramos el ombligo con manía, y olvidamos que hay un mundo allá afuera por el que debiéramos tomar, al menos, un poco de interés.

En efecto, mientras que el flamante premier Cateriano declaraba a la edición dominical de El Comercio que asumía el cargo “en las circunstancias más complejas de nuestra historia republicana”[1] en Chile se rumoreaba con mucha fuerza sobre la posible renuncia de la presidenta Michelle Bachelet.

Si bien la declaración de Cateriano se presta para todo un artículo adicional –habría que preguntarse si el premier pensó en, posiblemente, la Campaña de la Breña y Cáceres, Piérola y la guerra, o, sin ir muy lejos, en el 3 de octubre del 68 o el 5 de abril del 92— evidencia, nuevamente, nuestra vocación por el regocijo detrás de mantener la cerviz nacional en ángulo recto, es preocupante que no haya eco en la opinión pública deel momento complejo por el que pasa nuestro vecino país. Ello, a su vez, se torna doblemente preocupante cuando andamos en una maraña diplomática tumultuosa por los casos de espionaje recientes.

La crisis de gobierno es precedida por acusaciones de tráfico de influencias, aparentes arreglos entre personas vinculadas al entorno cercano de Bachelet –a saber, su hijo— y relevantes bancos del país, y financiamiento poco transparente a campañas políticas, tanto del oficialismo como de la oposición, han puesto en tela de juicio la capacidad de la presidenta chilena para mantener la estabilidad en un país poco acostumbrado a vivir ese tipo de escándalos en su historia democrática reciente.

Evidentemente, los rumores, como tales, no debieran ser tomados como veraces si éstos no han sido cruzados con las partes involucradas y tras una investigación integral de los hechos, más aún si estos toman en consideración la posible primera renuncia de un presidente en la historia de Chile democrática. No obstante, sí es lo suficientemente relevante como para, a partir de él, indagar en las razones que lo podrían respaldar y así verificar si el gobierno de Bachelet es lo suficientemente frágil como para descuidar aspectos relevantes de su gestión como lo es la política exterior.

Es muy poco probable que una renuncia presidencial tenga lugar en Chile. De hecho, Bachelet ha tomado ciertas medidas, como constituir una comisión anti-corrupción que investigue los hechos detrás de los aparentes actos de corrupción. Por otro lado, su hijo, quien trabajaba en el gobierno, renunció y se ha sometido a las investigaciones pertinentes.

Esta situación, si bien no definiría el gobierno de Bachelet, sí podría generar la suficiente inestabilidad política como para descuidar las relaciones bilaterales con el Perú, al enfocar la administración Bachelet sus esfuerzos por calmar las aguas en el escenario político interno. En ese sentido, es prioritario para el Perú tomar posición y exigir respuestas desde la cancillería chilena, para que ésta pueda asumir las responsabilidades del caso y encauzar la dinámica diplomática bilateral. De lo contrario, la potencial inacción o postergación chilena producto de los embates internos podrían traer consecuencias irresponsables en un año que, a su vez, también es electoral en el Perú.

Ojalá la opinión pública y la clase política, en lugar de mirarse el ombligo con indulgencia y asumir pretenciosos roles en la historia del Perú, puedan tomarse un momento para analizar nuestra coyuntura geopolítica, que va más allá de las andanzas propias del personaje de Ian Fleming.


[1] http://elcomercio.pe/politica/gobierno/pedro-cateriano-buscaremos-estabilidad-politica-destrabar-inversiones-noticia-1802094