‘Fui presidente’, por Gonzalo Ramírez de la Torre

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Hace una semana el ex presidente Alan García sufrió un percance en Cajamarca, asistiendo a la ceremonia central por el 39 aniversario de la fundación de las Rondas Campesinas del Perú. García, acostumbrado a poder hacer gala de su retórica y a enardecer a la ciudadanía a punta de verbo, vio sus intenciones frustradas por los asistentes que le regalaron pifias, complicaron su discurso, e incluso le atribuyeron la culpa de la muerte de Hilder Rojas Velásquez, un campesino de la zona. Ahí el político veterano y candidato presidencial por la tan comentada Alianza Popular, debe haber notado que esta campaña, por lo que él representa en la población, va a ser muy complicada – por no decir imposible–.

El principal lastre de García para las siguientes elecciones, qué duda cabe, es él mismo. Es el candidato con mayor antivoto (69%, según Ipsos) y su nombre, para muchos peruanos, es sinónimo de corrupción y miseria. Harto equivocado está el líder aprista si piensa que su último gobierno sirvió para maquillar los horrores del primero. Los narcoindultos, por ejemplo, han ensanchado los reparos de la ciudadanía para con el aprismo y poco han hecho para mejorar la imagen mental que esta tiene de ellos. Independientemente de la responsabilidad que pueda tener el exmandatario en el caso, la mera asociación con el narcotráfico eriza al público y lo hace retroceder.

También, la desconfianza se agudiza con todo el rollo de la ‘Alianza Popular’, esta asociación sui generis entre dos otrora rivales que, si bien no resulta extraña ideológicamente – se pueden hallar coincidencias entre el Social Cristianismo y la Social Democracia–, sí resulta curiosa cuando se recuerda los agravios que sus líderes se propinaron en el pasado. La población no ve, necesariamente, un pacto entre dos agrupaciones políticas históricas, sino un gesto de supervivencia desesperado entre dos partidos que solo tienen a su favor, aunque no ante los ojos de los votantes, las canas de sus correligionarios.

En términos de estructura partidaria, la Alianza Popular es un ejemplo a seguir (más por lo que aporta el Apra y no tanto por lo del PPC). Los militantes son disciplinados, leales y están preparados, sin embargo, operan con una estrategia de campaña enchapada a la antigua. Esto es, citando como figuras mesiánicas a los caudillos fundadores y exponiendo rimbombantemente labias nutridas, incandescentes antaño, aburridas, densas e intranscendentes en la actualidad, donde el pragmatismo, para pesar de muchos animales políticos, supera a la ideología. Se podría decir que hoy por hoy, García y compañía, hablan en esperanto cuando el votante solo está dispuesto a escuchar el castellano.

Aunque mucho puede pasar de acá a abril, este rechazo se va notando en las encuestas. Quizá la presencia del PPC y sobre todo de Lourdes Flores le sumará las simpatías de unos cuantos, no obstante, teniendo en la punta de las preferencias a figuras que representan las antípodas de la institucionalidad y la tradición que la Alianza Popular quiere proyectar y que la ciudadanía no termina (ni terminará) de pasar, la tienen bastante difícil. La juventud que, irónicamente, reflejan los seguidores de PPK y la gran intención de voto acaparada por la hija de quien destruyó el sistema de partidos políticos en el país, dejan clarísimo que los votantes están buscando alternativas que se alejen lo más posible de lo tradicional.

Con esto en mente, Alan García, quien ha hecho de la presidencia un oficio (más para mal que para bien) parece que tendrá que resignarse a la frase que definirá el resto de sus días: ‘Fui presidente’.

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