Función pública por ahí, libertad por allá

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Cuando hablamos de libertad muchas veces aplicamos conceptos erróneos para definirla. Nos olvidamos que es innata al hombre y que fundamentada en la razón y en la voluntad. Es el poder de obrar o de no obrar. Se trata entonces de saberla administrar en todas nuestras acciones con lineamientos éticos que se basen en valores universales. Esto permitirá sin duda que siempre que se opte por el bien y de esa manera se sea más libre.

La libertad se ejerce correctamente cuando en toda acción se protege al ser humano. Las acciones buenas o malas tienen siempre consecuencias en nosotros y en los demás. No existe por ello “mi libertad” o “tu libertad”. En la esfera pública todo ello es más evidente; una decisión carente de valores afectará  a miles o millones de personas.

Lamentablemente son cada vez más los regímenes que omiten los principios éticos en sus distintos programas o arman la ética según los dictados ideológicos. Eso trae consecuencias realmente nefastas en las sociedades, pues no hay límites que definan lo que es bueno y lo que es malo. Lamentablemente mientras un gobierno de turno cree que todo es válido, para los ciudadanos no todo definitivamente es positivo.

La gestión pública debe siempre salvaguardar la dignidad de la persona humana y el bien común de una sociedad, nación o país. Ese es su fundamento, su misión. De no hacerlo las consecuencias destructivas no tendrán límites. No es secreto que cuando se inventan “libertades”, estas terminan sepultando los verdaderos derechos.

Y ya que hablamos del orden natural recordemos que las leyes hechas por el hombre siempre están cimentadas en la ley natural, esa que no es inventada sino que se inscribe en el corazón del ser humano. Si desconocemos este principio romperemos el esquema que rige un estado de derecho, un régimen de ordenamiento ético y moral que siempre protegerá al hombre de cualquier acción arbitraria.

Libertad por tanto no implica que desde el aparato público se fomente un mal llamado pluralismo, en donde el gobernante o legislador, evocando una falsa tolerancia, apruebe acciones que atenten contra valores fundamentales, que de por sí son inalterables. La libertad es ante todo un compromiso con la verdad  y por tanto no se hipoteca a una ideología o algún tipo de interés subalterno. Al optar por el bien automáticamente se descartan otras opciones, que son con seguridad bajo el nombre de democráticas muy negativas.

Las opciones que desconocen la verdad son acciones de modernas dictaduras que sin tanques en la calle pero con mayorías parlamentarias hacen lo que quieren bajo el argumento que los votos necesarios les dan legitimidad. Este tipo de gobiernos están de moda en diferentes partes del mundo bajo el amparo de una democracia participativa. Lamentablemente lo que olvidan esas autoridades es que la legitimidad no la dan los  votos sino más bien la cercanía a la verdad de la acción gubernamental.

Muy atentos a lo que prometen nuestros políticos, porque del dicho al hecho hay mucho trecho. Estamos avisados.