García Márquez y el último de los Aurelianos que hace un año se nos fue

835

Hace un año, un jueves santo al igual que la entrañable Úrsula Iguarán, nos dejó unos de los protagonistas del boom latinoamericano, Gabriel García Márquez. Gabo, como era popularmente conocido, nos deja un paraíso ficcional llamado Macondo. Lo llamo “paraíso” porque esa complejidad de personajes, lo fantástico, lo cotidiano y supersticioso, en permanente conjunción con un dominio extraordinario del lenguaje llamado Macondo, es sin lugar a dudas un paraíso para todo escritor.

Hablar de García Márquez es hablar de Macondo y hablar de Macondo es hablar de “Cien años de soledad” el libro que más veces he releído, siempre hallando una diferente apreciación de una novela que es “El Quijote” latinoamericano. Una novela total que nos sintetiza la historia de la humanidad (incluido su final) con un extraordinario manejo del lenguaje, entretejiendo una historia que quedará siempre en la memoria de sus lectores y trascenderá generaciones y me atrevo decir que hasta siglos, porque “Cien años de soledad” está condenada a una perpetua apreciación y estudios por su n es grandeza y profundidad.

No obstante, no mencionar otras grandes novelas del premio Nobel de 1982 sería mezquino. Una de ellas, la que el mismo Gabo consideraba su obra favorita, “El amor en los tiempos de cólera” es la novela que más me ha tocado sentimentalmente hablando, la historia de la perpetuidad de un amor puro contada de la mejor y única manera que puede ser contada una historia de ese tipo. Y una de las más cortas de García Márquez, de la que puedo decir que fue la primera novela no-juvenil que leí “Crónica de una muerte anunciada” en la que inicia narrándonos el desenlace de la misma, entremezclando la ficción con una prosa muy periodística.

Pues, García Márquez, antes de ser un escritor no fue un académico como Vargas Llosa o Borges, ni un profesor como Cortázar, ni diplomático como Neruda, sino un periodista y uno que no se contentó con narrarnos la cotidianidad de lo real, sino de hacer de lo cotidiano ficción y hacer de este tipo de ficción un emblema latinoamericano que nos identifica y nos hermana a todos como latinoamericanos.

Retomando un suceso de “Cien años de Soledad”, podemos decir que García Márquez nos dejó muchos años después, llevando una cruz impregnada en la frente y fue quizás el último de los Aurelianos que decidió contarnos la historia de Latinoamérica recordándonos cómo descubrió el hielo.