Liberales por oposición, Gonzalo Ramírez de la Torre

Para algunos, contradecir al adversario es más importante que defender sus propias convicciones.

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Una de las cualidades más criticables de algunos izquierdistas peruanos es la de oponerse a ideas, conceptos o prácticas solo por la persona o el grupo que los expresa o las lleva a cabo. La mala costumbre de darle la espalda a la evidencia –y en ciertas situaciones, hasta a los propios principios– solo por contradecir a quienes consideran sus “enemigos”.

Quizá uno de los ejemplos más nítidos de esto lo protagonizó hace unos días el periodista Eloy Marchán, quien aseguró que estuvo en contra del retiro de los fondos de la ONP –uno de los más escandalosos despropósitos aprobados por el Congreso­– hasta que reparó en que “amigos de la Confiep, fujimoristas encarnecidos, técnicos neoliberales y oficialistas encubiertos” también cuestionaban la iniciativa. En pocas palabras, dejó claro que sus convicciones terminaban donde empezaban sus prejuicios.

En las últimas semanas, sin embargo, he podido confirmar que el vicio que nos ocupa no es exclusivo a la izquierda. De hecho, percude varios rincones de la discusión política y alcanza incluso a muchos liberales, con quienes –en principio– me identifico.

Mucho de esto se ha visto en la discusión sobre la violencia que se ha desatado en Estados Unidos tras el asesinato de George Floyd por un policía en Minneapolis y con distintos casos similares que se han dado en las últimas semanas. En este asunto uno esperaría que la posición libertaria se defina de manera sencilla: ninguna autoridad debería sentirse facultada a terminar con la vida de un ciudadano a menos que esta sea la única opción para mantener a salvo al público en general y a sí misma. De igual manera, que ese criterio se aligere por cómo luce el transgresor –sugerir que no existe ensañamiento con las personas negras en este terreno es miope–, tiene que ser reprochado y condenado.

Lamentablemente, basta con revisar Twitter para ver a algunos liberales asumir actitudes dubitativas sobre esta circunstancia, resaltando que Fulano o Mengano en vida habían sido criminales con antecedentes, casi como excusando la reacción de los funcionarios públicos abusivos que jalaron el gatillo o apretaron mucho la rodilla. Pero todo malhechor tiene derecho al debido proceso y a que se agoten todas las opciones para arrestarlo y llevarlo a prisión, sin importar todo lo malo que haya podido hacer.

Claro, el vandalismo y la brutalidad de quienes protestan contra esta realidad tampoco es admisible y debería ser castigado severamente, pero estar en contra de esto y estar en desacuerdo con quienes lo defienden no tiene por qué lograrse celebrando, por dar la contra, la brutalidad policial o aplaudiendo de pie la atrofiada y matonesca versión de la ley y el orden impulsada por Donald Trump. No se le debe tener miedo a los matices o a estar parcialmente en sintonía con el adversario cuando tus ideales y los suyos coinciden.

De manera similar, veo a muchos liberales criollos decididos a fetichizar y a idealizar la tenencia y uso de armas de fuego. Sí, todo ciudadano debería tener derecho a adquirir ciertas armas para defenderse, pero de ahí a colocar estas como símbolo de libertad y a reventarle fuegos artificiales a quienes deciden hacer justicia con sus propias balas hay un largo trecho. Por una cuestión de coherencia debería esperarse que apoyen iniciativas locales como “chapa tu choro y déjalo paralítico”, pero quizá le falta el ‘caché’ de las causas foráneas…

En todos estos ejemplos me da la impresión de que está entrando a tallar la idea de “como ciertos progresistas respaldan aquello, yo pregonaré lo otro”, pensando más en ello que en los principios que durante tantos años han regido el ejercicio del liberalismo: el respeto al Estado de derecho, el imperio de la ley, la inexcusable igualdad ante esta y la defensa del derecho de los individuos a ejercer su libertad sin que otros la puedan truncar.

Dicho todo lo anterior, quiero dejar claro que mi intención no es presentarme como un liberal puro y exento de vicios. Me interesa más dejar la idea descrita en la cabeza del lector para que, mañana o pasado, cuando tome posición en una discusión, determine si esta emana de sus convicciones o simplemente del querer oponerse a quien considera su rival.

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