Good Bye, Lenin!, por Álvaro Martínez

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El título de la película encierra ya una oposición, además de sugerente, bastante divertida.  Se despide a Lenin, el líder bolchevique de la Revolución de Octubre y posteriormente de la URSS, y sin duda uno de los representantes más prominentes del comunismo en el siglo XX, en inglés, la lengua que encarna no sólo al capitalismo en su forma más voraz, sino que es uno de los bastiones culturales de mayor penetración de su archienemigo: EE.UU.

La historia que cuenta el filme se desenvuelve más de medio siglo después de la muerte del teórico marxista, en la fracción alemana ocupada por los soviéticos al finalizar la Segunda Guerra Mundial y en la que, precisamente, su figura y sus ideas encontraron cobijo.  El tiempo retratado, sin embargo, se aleja del período más sólido de la República Democrática Alemana y tiene que ver más bien con el cambio y los acontecimientos que se relacionan a la reunificación alemana, entre los que la caída del Muro de Berlín sea, probablemente, el más simbólico.

En la película, todos estos cambios son introducidos por Alex, quien lleva la narración, a medida que suceden, como una forma de ponernos al corriente y que nos acerca como cómplices de la que será su misión a lo largo del relato: hacer todo lo contrario. Su madre, Christiane, una abnegada seguidora del Partido Socialista Unificado de Alemania (SED por sus siglas en alemán), sufre un infarto que la deja en coma durante varios meses en la segunda mitad de 1989.  Cuando sale del coma, el médico explica a Alex y a su hermana que su madre no está fuera de peligro y que cualquier perturbación fuerte podría terminar de matarla.  Christiane despierta en un mundo cambiado que Alex trata de ocultarle a toda costa, la sumerge en un mundo de mentira con distintas mañas y artilugios que mantienen viva a una Alemania comunista prácticamente extinta.

Ciertamente el film se hace divertido por los esfuerzos de Alex por aislar a su madre del mundo sin que ella lo note, convirtiendo su departamento en una pequeña anomalía del tiempo, pero son los distintos niveles que adquieren las oposiciones y la manera en que evolucionan lo que resulta más atractivo.  Su absoluto dinamismo, su complejidad, su transformación desde las intenciones, las circunstancias y los puntos de vista.  Todas estas características que el cine persigue en general, o debería perseguir, pero que encuentran en el caso particular de la película de Wolfgang Becker el escenario perfecto debido a la realidad que retrata, a los ecos que consigue identificar.

Los grandes oponentes del mundo moderno y contemporáneo encuentran sus traducciones en la pantalla; y sus prédicas, sus fundamentos, sus emblemas más comunes, también se hacen amenos.  Las ideologías y las ideas se diluyen en el idealismo.  Los fantasmas de Oriente y Occidente se reconstruyen en cada capa de la historia, se corresponden con ciclos que se sostienen en la vida y la muerte que son también presencias, cuando menos, latentes.  Las barreras se despolitizan y casi parecen ridículas, como el rojo intenso que bien puede representar a la Nación de obreros y campesinos y al que basta sobreponer algunas letras blancas para que se convierta en la imagen viva de la marca de bebidas azucaradas que figura con mayor énfasis a la industria.

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