[OPINIÓN] Heterogeneidad peruana: recordando a Ventura García Calderón

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En 1996, Antonio Cornejo Polar, en su ensayo “Una heterogeneidad no dialéctica: sujeto y discurso migrantes en el Perú moderno”[1], recalcaba sobre el cambio de paradigmas sociales en el escenario urbano en la última década del segundo milenio en el panorama nacional. Según el maestro sanmarquino, la paradoja de la “barbarie/civilización”, percibida en el “otro” como el invasor, es el marco en el que los sujetos intentan construir destinos signados por esa misma contradicción cultural.

Se podría afirmar que esa dicotomía ha marcado la narrativa peruana, aunque no se puede dejar de reconocer que otras narrativas hispanoamericanas también han sufrido el mismo desgarro jánico. Un rápido recuento historiográfico nos permite corroborar la heterogeneidad tal como lo plantea Cornejo Polar: Guamán Poma de Ayala, Inca Garcilaso de la Vega, Juan de Espinosa Medrano, Felipe Pardo y Aliaga, Narciso Aréstegui, Clorinda Matto de Turner, los hermanos García Calderón, Ciro Alegría, Enrique López Albújar, José María Arguedas, Edgardo Rivera Martínez, entre otros.

Dentro de ese grupo de intelectuales se encuentra Ventura García Calderón, en cuya obra, especialmente en su colección de cuentos La venganza del cóndor, pulsa la voz heterogénea señalada por Cornejo Polar. La perspectiva de la voz narrativa en los textos de García Calderón es heterodiegética: el personaje-narrador contempla la vida en las alturas andinas dividida en dos categorías: el oprimido y el opresor. En otras palabras, el narrador se sitúa en una cornisa de la historia siendo testigo del desenlace que se da cuando ambos mundos colisionan.

En el  cuento que le da el título a la colección, el personaje narrador es testigo del choque entre el opresor –curiosamente un capitán del ejército– y el guía que deberá ayudarlos a cruzar los Andes. Abusando de su posición, el capitán agrede y humilla al indio hiriéndole en la cara con el chicotillo, el símbolo de su autoridad omnímoda. El guía sufre con aparente resignación el agravio y sale a preparar el viaje. Luego de algún tiempo, el capitán advierte que el guía ha desaparecido y deberá continuar el viaje solo. Le ofrece al narrador seguir juntos, pero este no acepta.

Momentos más tarde, y para sorpresa del viajero, el guía se le aparece en un recodo y le ofrece sus servicios. Este acepta y emprenden el viaje. Durante el recorrido, el narrador observa la conducta de su compañero. Es un ser enigmático que se desenvuelve en una geografía dura, en un idioma extraño, entre un pueblo que mira al forastero con ojos curiosos, aunque a la distancia. No obstante su curiosidad, el viajero no se esfuerza por entender a su compañero. Luego de varias horas, llegan a un punto muy alto y aislado del camino desde donde se observa el vuelo de los cóndores. En un momento dado, el guía desaparece y a los pocos minutos un bulto sanguinolento cae precipicio abajo. El guía le comunica lacónicamente la muerte accidental del capitán. Los cóndores han ejecutado la venganza del incauto que se atrevió a cruzarse por su camino.

Al final, el narrador se aleja del guía sin saber exactamente cómo interpretar el acontecimiento que presenció. Él mundo andino le es ajeno; su participación es solo de testigo de excepción. Es cierto que no se identifica plenamente con la figura del capitán, el elemento opresor, pero tampoco se compromete con el indio, el sujeto oprimido. No obstante, el crimen no le sorprende.

En suma, “La venganza del cóndor”, cuento epónimo de Ventura García Calderón, se convierte así en la alegoría de un país separado por barreras seculares de incomprensión, apatía y negligencia. Son barreras que deberán ser desmanteladas si deseamos construir una sola nación digna para todos los que conviven en ella. Que la heterogeneidad cultural señalada por Antonio Cornejo Polar no sea de resta, sino de suma.

[1] Antonio Cornejo Polar. “Una heterogeneidad no dialéctica: Sujeto y discurso migrantes en el Perú moderno”. Revista Iberoamericana, Vol. LXII,  N° 176-177, julio-diciembre, 1996, 837-844,