Hombre, mundo y literatura

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En el mundo occidental hay dos épocas en que la diaria y frenética carrera materialista, impuesta actualmente por los sistemas socioeconómicos, reduce su velocidad: Navidad y Pascua. Algunos pueblos menos que otros, pero en general son días de introspección. Por supuesto, ese deseo de mirar hacia adentro no es privativo de la cultura occidental; entre los musulmanes existe el famoso Ramadán, el mes consagrado a la purificación del cuerpo y del alma. En otras palabras, el hombre por naturaleza busca comulgar consigo mismo y su entorno para comprender cuál es el camino que debe seguir si desea realizarse como lo que es: una persona humana.

Todos en algún momento de nuestras vidas, o quizás en más de un momento, nos hemos enfrentado a las eternas preguntas existenciales: ¿quién soy yo?, ¿qué soy yo?, ¿qué es el mundo?, ¿hacia dónde voy?, ¿hacia dónde vamos?, ¿qué hago aquí?, ¿vale el esfuerzo de seguir por este rumbo?, ¿es útil o inútil la lucha entablada contra la adversidad? La agonía de estas interrogantes no es novedad para el hombre. Desde los albores de la humanidad, el hombre ha intentado entender el mundo, y lo ha hecho contando historias a través de la imagen y la palabra.

Aun antes de la escritura, el dilema humano ante el mundo se planteaba en imágenes muy gráficas, como lo demuestran las dejadas por nuestros ancestros en las cavernas de Altamira, España. Según algunos expertos, las pinturas reflejan la concepción de mundo de los pobladores paleolíticos, su organización como grupo humano y del entorno que los rodeaba. Cabe asumir, entonces, que las escenas de los muros en estas cuevas cantábricas son producto del espíritu humano ansioso por absorber y traducir la realidad en términos más comprensibles, más cercanos. Es decir, en contar la historia de qué y quiénes eran, el mundo que los rodeaba y los conflictos a los que estos habitantes se enfrentaban.

Más adelante, con el desarrollo de la agricultura y la explotación agropecuaria, la vida sedentaria propició la formación de grupos humanos compactos, con historias comunes, con costumbres y tradiciones heredadas; entonces, las narraciones se complejizaron. Las imágenes no fueron suficientes y apareció la tradición oral, las leyendas contadas a la luz de las fogatas, luego de las faenas del día. Eran narraciones colmadas de gestas titánicas, fantásticas, fabulosas; con personajes más grandes que la vida misma, héroes que representaban los valores del pueblo que los creaba.  La memoria popular se encargó de preservar y engrandecer a los personajes y narraciones que los representaba: se convirtieron en su orgulloso pasado anclándolos en el presente y asegurándoles el futuro.

Sin embargo, la palabra oral desaparece si no se fija en el tiempo. La memoria popular es poderosa siempre y cuando se transmita de una generación a otra; pero, ¿qué sucede si la memoria falla, se altera o se olvida? Si las historias no son fieles al pasado, el presente es incierto y el futuro peligra: la palabra escrita es poderosa. Lo que está escrito, escrito queda. Una vez que la memoria es confiada al papel, se puede asegurar la fidelidad de la narración para las siguientes generaciones. De ahí la importancia de que sea la verdad –y no las verdades a medias– lo que se plasma en el papel. Porque así se asegura al miembro de una cultura la veracidad de su pasado, la certeza de su presente y la seguridad de su futuro.

Ese es el compromiso de la literatura frente al hombre y al mundo. Si la verdad es lo que prevalece en las narraciones de un pueblo, entonces sus miembros caminarán en la certeza de su pasado confiados en el futuro que están creando. Si, por el contrario, la verdad se oculta, entonces nada es cierto, en nadie se podría confiar. Por eso, la literatura veraz, escrita sin doblez ni agendas de por medio, es un tesoro que se debe guardar con amor para las siguientes generaciones, porque eso asegura preservar una comunidad de personas humanas.