Homofobia vaticana (II), por Javier Ponce Gambirazio

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Lee la primera parte de «Homofobia vaticana» en este enlace.

Echemos una rápida mirada al álbum familiar. Dicen que para muestra un botón. Mejor varios. Recordemos a los teólogos del siglo IV que en el Consejo Eclesiástico de Elvira inventan la palabra sodomía para condenar los actos antinaturales; al Papa León IX que en el Concilio de Reims de 1049 castiga el amor entre hombres por ser una violación de las leyes sagradas; a Tomás de Aquino quien en la Summa Theologica sostiene que cualquier utilización de los órganos sexuales para fines no reproductivos es pecaminoso y egoísta (¿incluso orinar?); a las hogueras de Savonarola donde arden obras de arte indecentes; a la Inquisición que calcina sodomitas amparada en las enseñanzas de Agustín (sin san); a la castración de homosexuales renacentistas; a las condenas del Concilio de Trento en 1545; a la fanática Reforma que heretiza todo; a Pío XII que apoya a Hitler en la eliminación de miles de homosexuales por su estilo de vida inferior; al paredón donde mueren incontables anormales en la catoliquísima España de Franco; a los barcos repletos de maricas bombardeados por el comulgado Pinochet; a Juan Pablo II que celebra el sida como un castigo divino y a las iglesias reparadoras que apoyan a las organizaciones como Éxodo Internacional, NARTH y Amor en Acción que prometen eliminar la homosexualidad mediante la plegaria, el autodesprecio y los electrochoques.

Necesitamos un respiro. Pero no hay respiro. Porque cuando creíamos que la humanidad no podía más, o que al menos la corrección política sería capaz de frenar los agravios, en nombre de Cristo (a quien crucificaron por ir justamente en contra de las convenciones de su sociedad) y amparado en el Levítico 18:22 donde nos llaman abominación, el monarca vaticano ensaya una carita inofensiva e insta a los padres a rechazar a sus hijos cuyas identidades sexuales no correspondan con la biología, porque llevan un estilo de vida anómalo, extraño e irresponsable y suponen un atentado contra la naturaleza humana. ¿No atenta más contra cualquier tipo de naturaleza, humana y animal, rechazar a los hijos?

¿Desde cuándo basan sus dogmas en la naturaleza? Si viven de espaldas a la realidad, abrazados a ese libro contradictorio que su divinidad les reveló como verdad absoluta y sin posibilidad de revisión. ¿Viviendo en Europa tantos siglos no se les ha pegado ni un poquito la actitud científica? Por favor, menos soberbia y más humildad para contemplar la posibilidad de estar equivocados y tratar a las verdades como temporales, no como definitivas.

Quizás amparados en esos textos caducos, también pretendan vender a nuestras hermanas como esclavas (Éxodo, 21:7) y reabrir la Inquisición para quienes violan las leyes que prohíben trabajar los sábados (Éxodo 35:2), acercarse al altar si se tiene defectos visuales como una simple miopía (Levítico 21:20), tocar la piel de un cerdo muerto usada en muebles o zapatos (Levítico, 11:6-8) o usar tejidos que combinen dos tipos de fibra como el algodón y el poliéster (Levítico 19:19), entre otras insensateces que no vale la pena enumerar. ¿Esta nueva Inquisición estaría de nuevo facultada a lapidarnos (Lev 24:10-16) y a quemarnos vivos (Lev 20:14)?

¿Puede una casta que niega su propia sexualidad, opinar sobre la sexualidad ajena? Cuando el cardenal tuvo la peregrina idea de llamarnos mercadería averiada por no tener hijos, me pregunté qué hacía un heterosexual como él vestido de brocados desoyendo el mandato reproductivo. ¿Eso no suponía un desperdicio, una avería en la mercadería? Considero más averiado a quien se somete a una institución totalitaria porque teme vivir una vida libre, como lo hace la mayoría de la gente, homosexuales incluidos.

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