¿Ideología en campaña? No, política del vaivén

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Leí con mucho agrado la columna de Alejandro Cavero, flamante columnista de Lucidez, sobre el falso compromiso que existe en la clase política peruana de venderse con empaques aggionardos de progresismo, pero que una vez en el poder, aparentemente, dirigen los destinos del país con la mano derecha.

Para fortalecer su argumento, menciona a los ya conocidos pre-candidatos a la presidencia, y cómo éstos parecieran transitar desde un lado del espectro ideológico hacia el otro con más cintura que Lionel Messi. El problema de fondo tras tal argumento es que analizar la discusión política peruana de hoy con las anteojeras del escenario dicotómico de izquierda-derecha –y por ende, el comportamiento político de los candidatos a la presidencia con esa visión— es impreciso, y más bien, pareciera poner entre líneas lo que bien pudiera ser el deseo del columnista, mas no una interpretación basada en hechos de la estructura política desde inicios de siglo.

La evidencia que nos dejan tres elecciones generales en democracia en la última década y cuatro elecciones regionales y municipales en menos de 15 años, demuestra que existe un escenario político fragmentado y que no se sostiene de ideología alguna para construir una agenda.

Es decir, los grandes triunfos políticos del Perú reciente han persistido en la construcción de estructuras clientelares que, mal que bien, han sabido sobrevivir a las crisis de institucionalidad –agudizadas recientemente- por el espejismo de la bonanza de los metales durante la primera década del siglo XXI. Ello, sumado a la debilidad institucional de los partidos –otrora entendidos como fuentes ideológicas de la sociedad peruana— conlleva a que los gobernantes de turno busquen aliados en poderes fácticos que, a la postre, han mantenido una posición de dominio político y social en el Perú de hoy: éstos pueden llamarse empresarios o sector privado, grupos religiosos (ya sea la Iglesia Católica los cristianos evangélicos, la comunidad judía, entre otros), las FFAA, grupos ambientalistas, entre otros.

A falta de partidos políticos entendidos como plataformas de convergencia socioeconómica y de poder, los políticos de hoy se conducen con discursos disímiles que responden a una vocación por la supervivencia en una estructura que inhibe la capacidad de los actores políticos para cooperar y aglutinarse en plataformas partidarias con una vinculación ideológica. Los grupos de interés no convergen a los partidos, sino que, en ausencia de ellos, los políticos terminan militando alrededor de grupos de interés que adquieren fortalezas que en otras latitudes serían concentradas por la estructura partidaria.

La política electoral de hoy, entonces, se ha convertido en una pugna por determinar quién se lleva el Óscar a la medición de pulso de las masas. En otra coyuntura o realidad política, tal medición de pulso debiera derivar en la generación de una plataforma de gobierno que, en su matriz, buscaría mantener cierta consistencia entre lo intelectual y la praxis. No obstante, en nuestra política, la medición de pulso se convierte en el medio y a su vez el fin. Aquel político que sepa moverse de acuerdo al pulso de la población, y si es acompañado por algún grupo de poder, podrá llegar al final de su gobierno sin mayores dificultades.

Conga, Bagua, Ley Pulpín, Bypass de 28 de julio, en fin, todos son ejemplos de lo que la política del vaivén puede producir en políticos aislados que solo buscan garantizar su cuota de poder. Si gusta, lo dejo. Si no gusta, lo saco. ¿Pragmatismo? No. Para ser pragmático, se requiere primero un plan, y en este tipo de comportamiento, la norma es la ausencia de plan.

Para los políticos y para la población, la ideología es lo de menos.

Concuerdo con el columnista en que todo se reduce a un escenario de estrategias y mensajes empleados para ganar una elección, como hoy se puede entender al marketing como herramienta de comunicación política. El problema de fondo, y volviendo al escenario descrito, es que la estrategia por la estrategia, vacua y sin contenido de gobierno, es la que ha conducido al país a escenarios de crisis que son reiterativos, y que pudieron ocurrir en el gobierno de Alejandro Toledo, como en el de Alan García, o el actual. Si algo los hermana, es su vocación por la supervivencia basada en la política del vaivén.

Idealmente, ello no quiere decir que no sea importante plantear un programa y un discurso con contenido ideológico y que este, eventualmente, sea asimilado por la población. No obstante, la realidad nos muestra que tal escenario aún está muy lejos de ocurrir en el Perú. Leer al país en un ejercicio como ese, responde a un interés por sofisticar un contexto político que, desafortunadamente, está muy lejos de materializarse.