Ifigenia en el Perú

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La historia de Ifigenia en Áulide de Eurípides, obra de uno los tres más importantes dramaturgos clásicos estrenada en el 406 a. C, presenta como telón de fondo la devastadora guerra entre aqueos y troyanos. Agamenón, rey de Argos, junto con su hermano Menelao, rey de Esparta, reúne a todos los príncipes del Peloponeso para recuperar a Elena, la reina espartana raptada por Páris, príncipe de Troya. Según la historia del drama euripidiano, la flota griega estaba lista a partir, pero Agamenón comete una afrenta contra la diosa Artemis, quien manda como castigo una plaga asolando las huestes aqueas y vientos calmos que no permitían la partida de la flota.

Ante este azote divino, el sacerdote Calcas le anuncia al rey que solo el sacrificio de su hija Ifigenia apaciguaría la furia de la diosa. En algunas versiones, el sacrificio de Ifigenia ocurre por presión de los demás príncipes griegos, temerosos de la furia de la diosa. En otras, Agamenón accede al sacrificio, aunque trata de salvar a su hija sin conseguirlo. Aquí es Ifigenia misma quien se ofrece voluntariamente para asegurar la victoria de la expedición aquea.

Como todo en literatura, la realidad supera a la ficción, y eso también se percibe en la obra de Eurípides. Que la ofensa infligida al honor de Menelao desate una guerra entre ambas costas del mar Egeo llama la atención, por decir lo menos. ¿Cómo se entiende que los reyes de Ítaca, Corinto, Tebas y demás ciudades estados se embarquen en una contienda continental solo para vengar una afrenta personal hecha al rey de Esparta? ¿Por qué estos soberanos se aventuran a arriesgarlo todo – poder, tierras y vidas – para recuperar a una mujer? Es obvio que las razones detrás de esta ofensiva van más allá de lo expuesto

En realidad, Elena solo fue la excusa para declararle la guerra a uno de los estados más ricos y poderosos del mundo clásico: Troya. Si se busca la ubicación geográfica de Troya, se podrá comprobar que la ciudad estaba situada en uno de los puntos estratégicos entre oriente y occidente, el estrecho de Helesponto. Es decir, los troyanos controlaban el flujo comercial de la zona, tanto de ida como de venida, gravando impuestos por derecho de paso a cada transacción comercial realizada en sus territorios. Incidentalmente, no es casual que el vellocino de oro, consignado en otra obra de la literatura clásica, se encontrase en el estrecho de los Dardanelos.

Las razones avalando los conflictos bélicos generalmente apelan a los sentimientos más nobles del ser humano: el altruismo, el amor por la patria. Muy lamentablemente, las verdaderas causas distan mucho de serlos. Agamenón, en su afán por conquistar ese paso estratégico, buscó y obtuvo el apoyo de los demás poderosos quienes, a su vez, deseaban obtener beneficios de la campaña. Cada uno sopesó cuidadosamente su participación y cuáles serían las ganancias, tanto económicas como políticas, que obtendrían. Ninguno de ellos se detuvo a pensar cuál sería el precio que sus familias y pueblos habrían de pagar. En la obra euripidiana, el precio fue la vida de una joven princesa a cambio de la estabilidad de la posición de su padre como comandante en jefe de las fuerzas griegas.

Hoy, a más de dos milenios del estreno de Ifigenia en Áulide, somos testigos de las mismas pasiones políticas que desgarran pueblos enteros con guerras, hambrunas, plagas y pestes. Los relatos de la literatura clásica nos demuestran que el ser humano aún no aprende las lecciones de la historia, y eso se aplica incuestionablemente a nuestra situación nacional. Las facciones de diversas tendencias están desgarrando el tejido de la nación peruana sin piedad, tal como los príncipes aqueos lo hicieron en su momento. No importa quiénes sean las víctimas con tal de obtener el poder político y económico que asegurará a los grupos interesados un espacio mayor en la contienda electoral. ¿Cuántas vidas más se tendrán que inmolar para satisfacer a esos implacables “dioses” antes de que entren en razón? Hacemos votos porque sea lo más pronto posible.