Impunidad, corrupción, violencia y oportunismo, por Raúl Bravo Sender

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El último fin de semana nos sorprendió la noticia de que Juan Manuel Santos se hacía del Premio Nobel de la Paz, por su empeño en lograr la paz con las FARC. Nunca he sido partidario de los reconocimientos, porque traen consigo para el premiado, la ilusión de que ha alcanzado la verdad. Ésta no se establece por consenso deliberadamente, pues se demuestra con hechos. Y la única verdad es que las FARC cometieron delitos y deben pagar por ello. A estas alturas el término paz ha cobrado cualquier significado, hasta el pactar con criminales y otorgarles toda clase de concesiones e impunidad. Sin justicia no hay paz.

Tampoco hay que ser mezquino. Quiero entender entonces que el Nobel se lo ha ganado, no por los términos del acuerdo, sino por su predisposición a sentarse a negociar con el enemigo. ¿El argumento es que se ganaría más con un arreglo injusto que con una guerra justa? Honestamente creo que logran más por la paz quienes sin hacer mucho ruido, disciplinada y honradamente se dedican a los intercambios: los comerciantes. El libre comercio es una herramienta que puede ayudar a las naciones y a los pueblos a construir paz y orden. Más bien son los políticos mercantilistas quienes otorgando privilegios generan la atmósfera para los conflictos.

Del faenón al negociazo. En democracias frágiles –como la peruana- la corrupción es ya una institución. ¿Cómo contrarrestar esta lacra? Con menos Estado. Cuanto menos poder tenga el gobierno, más empoderada estará la sociedad. El mercantilismo, que ve al Estado como una agencia de favores y negociados tejidos por debajo de la mesa, reduce los incentivos para conducirse honesta y honradamente, pues quien no sea un lobo, se condena a desaparecer del juego. Contrariamente, la dinámica del mercado premia el esfuerzo por mérito propio, y los ofertantes –que se deben a sus clientes-, deben cumplir sus obligaciones para ganar más prestigio.

PPK –quien se ha autocalificado a sí mismo de liberal- debe deslindar con todo acto de corrupción. El mejor legado que puede dejarnos, si es que quiere pasar a la historia como el estadista que introdujo las reformas estructurales –pendientes desde los ´90-, es desmantelar ese Leviatán llamado Estado. Como diría Bastiat: “El Estado es la gran ficción a través de la cual todo el mundo se esfuerza en vivir a expensas de todo el mundo”. Hoy, que se cuentan con apetecibles presupuestos, negociar con el Estado resulta rentable y constituye una oportunidad para dar el golpe con el primer millón. Pero para ello se necesitan de amigos que estén en el gobierno que abran puertas.

Sendero Luminoso fue derrotado militarmente –aunque queden remanentes en el VRAEM-. Pero aún está en la atmósfera el credo sobre el cual Abimael Guzmán y sus jinetes estructuraron aquella organización terrorista. Hay que vencerlos en el plano de las ideas y ganarles la moral a quienes incautamente se comen el cuento de que se trató de una guerra interna, siendo las víctimas una consecuencia inevitable. Nuevamente veo que no existe otro camino para frenar a SL, más que el dado por el libre comercio (libre mercado). Afortunadamente la racionalidad de los informales, constituye una coherente respuesta desde la sociedad civil, frente a la ineficacia del mercantilista Estado.

Cuando un caso particular de violencia –en el que una mujer es la agraviada- que no encontró justicia en los tribunales abandona la privacidad del anonimato y trepa a la pantalla chica, entonces la singular víctima deja de serlo y el demos ocupa su lugar haciendo las veces de juez, jurado, acusador y verdugo. La justicia termina corrompiéndose. En ese proceso, intereses van y vienen, y si algo se puede sacar de provecho –aunque sea momentáneamente-, entonces qué interesan los principios, pues ahora es el momento de aprovechar la oportunidad de dar el salto al estrellato –con programa propio-, si al fin y al cabo fue lo que siempre se buscó.