Indignación a la peruana, por Fernando Vega

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Hace un año me sorprendí, gratamente, al ver un video[1] en redes sociales en el que unos pasajeros argentinos en un vuelo internacional recriminaban a Carlos Zannini, ex Secretario Técnico y Legal de la Presidencia durante los mandatos de los esposos Kirchner. El video muestra a los ciudadanos argentinos realmente exaltados cantándoles algunas verdades a este ex funcionario de gobiernos acusado de graves actos de corrupción y de haber sumido a la Argentina en la miseria. Los argentinos no se cortan y le dicen de todo, desde chorro (ladrón), caradura, sinvergüenza y demás. Zannini no atina a defenderse y permanece sentado aguantando.

Los argentinos que en materia de padecer de gobiernos corruptos e incompetentes tienen tanta, o más, experiencia que nosotros, mantienen su capacidad de indignación y no se cortan y dicen lo que piensan directamente sobre alguien, sobre todo si lo tienen al frente.

En el Perú nuestra capacidad de indignación es, por decir lo menos, selectiva y se activa según consideremos qué es política y socialmente correcto. Así, si las pruebas indican que una persona “bien” está involucrada en actos de corrupción, el sensor de indignación del peruano misteriosamente no se activa. Aquí no ha pasado nada y todo sigue como si nada. Pero si, por el contrario, el personaje no es parte de la “GCU”, el sensor salta de inmediato y la ley del hielo se aplica de inmediato. Porque incluso en esos casos, el peruano es tan cobarde que solamente hace como si no viera las cosas. Con uno no es.

Pero con uno sí es la cosa. Esa gente nos está robando el presente y el futuro. Esa gente bien o no bien es normalmente carente de talento, además de moral, y por ello recurre a la trampa, el embuste, el atajo y la coima para lograr sus viles objetivos.

Al no hacer nada, al no decir nada, lo que estamos haciendo es consolidar en sus ya distorsionadas conciencias que lo que hacen no es moralmente reprobable y que, en todo caso, no está del todo mal.

Que pagarle a un alto funcionario para que amañe una licitación es lo que se debe hacer para que se concreten los negocios, que asesorar como privado a una empresa y luego como funcionario beneficiarla a cambio de prebendas es lo usual, que enviar normas legales a tus clientes en sobre cerrado antes que hayan sido publicadas demuestra que eres un tigre y que tienes una llegada impresionante, que colocar descalificar ilegalmente a un postor para tu caballo corra solo está permitido.

Al no decirle a los sinvergüenzas en la cara que lo son, nos hacemos un grave daño a nosotros mismos como personas y como ciudadanos. Nos convertimos de una manera en cómplices de ese cáncer que es la corrupción. ¿Qué ejemplo podremos darles a nuestros hijos sin convivimos con esta gente solamente porque son parte de nuestro círculo?

Es la primera línea de defensa que tenemos los ciudadanos frente a casos evidentes donde las pruebas se han hecho públicas. El rechazo público y la marginación son las armas gratuitas con las que contamos para demostrar nuestra desaprobación a esa clase de conductas.

Y es que al no decirles nada, al no rechazarlos ni marginarlos, los empoderamos aún más y les permitimos que adopten posiciones de fuerza.

Así, vemos que estos poco talentosos mequetrefes se permiten luego confrontar a quienes sí cumplen con lo que considero una obligación cívica y ponen de manifiesto hechos objetivos. Como nadie se indigna realmente, los sinvergüenzas ahora amenazan matonezcamente a periodistas, abogados, políticos y ciudadanos de a pie, en la ilusa creencia que aún vivimos en esa época quimérica y pestilente que ellos creyeron que duraría por siempre.

Tenemos que dejar de lado ese selector de la indignación. Debemos indignarnos siempre ante todos los hechos que atenten contra los valores sobre los que debe sostenerse nuestra Nación. Los valores no se negocian y no se relativizan dependiendo de donde hayas estudiado, trabajes o quienes sean tus amigos. Un sinvergüenza es un sinvergüenza aquí y en Sebastopol. Y ya está. No debería ser tan complicado. No debería ser tan complicado de explicárselo a nuestros hijos.

Sin embargo, veo que esa capacidad de indignación se ha perdido en el Perú y eso, me indigna, me apena y me avergüenza.

Por ello, los invito a que se indignen y cuando vean a un sinvergüenza en la calle no se corten y háganle saber que Ustedes son personas honestas y que no están dispuestas a convivir ni a aceptar a un granuja cerca suyo. Es el primer paso. Les aseguro que se van a sentir muy bien consigo mismos y en ese mismo instante el Perú será un poquito, solamente un poquito, más grande.

[1] https://www.youtube.com/watch?v=zcpM3EjLQ9E