Jorge Coaguila: «La obra de Ribeyro no ha envejecido» [ENTREVISTA]

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Por Angello Alcázar 

A Jorge Coaguila es difícil no tenerle un poco de envidia. Solo hace falta verlo en la imagen de arriba, jugando ajedrez con Julio Ramón Ribeyro en su departamento de Barranco, en el invierno de 1992. Coaguila entrevistó a Ribeyro en seis ocasiones, cuando todavía hacía sus primeras armas periodísticas en el diario El Peruano. Periodista cultural de amplia trayectoria y amante de la literatura, ha publicado libros como Ribeyro, la palabra inmortal (1995), Una búsqueda infinita (1996), Vargas Llosa, la mentira verdadera (1997), Julio Ramón Ribeyro. Las respuestas del mudo (1998), y Mario Vargas Llosa. Entrevistas escogidas (2004). Conversamos con él a propósito de su participación en una mesa redonda organizada por la Casa de América de Madrid que conmemoró la vida y obra de Ribeyro, a casi 90 años de su nacimiento y 25 de su muerte.

Jorge, tú conociste a Ribeyro a los 21 años, cuando eras practicante de periodismo cultural en el diario El Peruano. Poco antes de morir, Ribeyro dijo que era “un error pensar que una persona es de una sola manera”, que todos tenemos más de un “yo”. ¿Cómo era Ribeyro? ¿Cómo lo recuerdas en esos encuentros que tuvieron?

Era una persona bastante tímida. Rehuía conversar con la prensa. Sin embargo, con un poco más de trato cercano era una persona muy divertida, ingeniosa siempre, [que] lanzaba observaciones muy inteligentes. Una persona extremadamente delgada que fumaba mucho. Recuerdo que fumaba hasta la mitad del cigarrillo y de ahí aplastaba su cigarro contra el cenicero e inmediatamente encendía otro. Cuando conversaba daba vueltas, no estaba tranquilo… Daba vueltas en la sala, fumaba, pensaba… Recuerdo esa imagen de Ribeyro en Barranco, en su departamento del sexto piso, frente al mar.

Hace unas semanas en la Casa de América diste la noticia de que estabas escribiendo una biografía de Ribeyro. ¿Qué te empujó a embarcarte en este proyecto?

No es usual que tenga la literatura peruana biografías acerca de sus escritores más representativos. No hay, por ejemplo, una biografía íntegra acerca de José María Arguedas. Es una carencia. Acaba de salir una dedicada a Vallejo. [Una] sobre Vargas Llosa la ha escrito Juan José [Armas] Marcelo… Sin embargo, va a salir otra escrita por un inglés, Gerald Martin, quien escribió sobre García Márquez. Él me dijo que quería publicar una biografía dedicada a Vargas Llosa antes que a García Márquez, y la editorial le dijo “No, primero escribe una sobre García Márquez”. Le fue muy bien y ahora está por sacar esta biografía monumental sobre Vargas Llosa que lleva [escribiendo] muchísimos años. Eso me animó, que había una carencia sobre una biografía de Ribeyro. Además, a Ribeyro le encantaba leer textos íntimos. Por ejemplo, diarios personales. Le gustaba leer la correspondencia de grandes escritores. De Flaubert, de Voltaire, en fin. Era un afrancesado. Le encantaba esa literatura íntima.

Por otro lado, también he escuchado que hay algunos manuscritos de textos inéditos de Ribeyro que podrían llegar a ser publicados. ¿Es así?

Sí, en efecto. Este año se conmemoran los 25 años de su fallecimiento, que es el cuatro de diciembre. Y noventa años de su nacimiento, [el] 31 de agosto. Entonces ya se están preparando unos congresos internacionales en Lima (va a ocurrir uno en junio). Y en cuanto a los textos inéditos te cuento que lo que más se espera es la publicación del diario personal, La tentación del fracaso, que abarca de 1950 a 1978 ya publicado. Y lo que queda está inédito. Eso es lo que los lectores desean leer. Han pasado 25 años y es lo que más quieren. Eso está en camino… Estuve con la viuda de Ribeyro [Alida Cordero] hace unos días y revisé todos los textos inéditos. Piensan publicar un libro este año que reúne acuarelas, dibujos, caricaturas, autorretratos del propio autor; y también hay textos, cartas… cuentos inconclusos, no terminados. Por ejemplo “El hondo”… Bueno, también tuve la oportunidad de revisar los manuscritos de los cuentos clásicos, [como] el de “Los gallinazos sin plumas”. Según Alida, no se lo había mostrado a nadie antes.

Dicen que a veces es mejor no conocer a nuestros escritores favoritos; que, en muchas ocasiones, la decepción del autor puede llevar a la decepción de la obra. En el caso de Ribeyro, y de los otros personajes del mundo cultural que has tenido la oportunidad de conocer y entrevistar, ¿cómo evaluarías esta afirmación? 

Bueno, cuando uno va conociendo a autores que aprecia —y, en mi caso, por ejemplo, a un autor que conozco muy bien como Ribeyro o Vargas Llosa— voy encontrando lógicamente algunas debilidades, algunos detalles que no compartiría. Por ejemplo, Vargas Llosa ama a los toros, la tauromaquia, que es algo que a mí me desagrada mucho. Tiene un apasionamiento muy grande por los temas políticos [y] yo no soy así. Aunque comparto su posición liberal, no estoy de acuerdo con todas sus declaraciones […] En el caso de Ribeyro, podría señalar que fue un escritor que se inclinó al socialismo [y] yo no estoy por ahí. Y luego algo que criticó Vargas Llosa [fue que] apoyó en cierta forma a los diversos gobiernos para mantener su puesto diplomático. Entiendo que estaba muy enfermo y que necesitaba ese respaldo del gobierno. Él trabajó muchos años como agregado cultural, también como delegado adjunto en la UNESCO… Tuvo un dilema muy grande cuando le dieron golpe de estado a Velasco, [que] lo había nombrado agregado cultural en la embajada de Perú en Francia. [Ribeyro] renunció, pero el gobierno de Morales Bermúdez no se lo aceptó, le pidió continuar trabajando ahí. [Por otro lado], Ribeyro era muy indeciso, iniciaba muchos proyectos y no los concluía. En eso, por ejemplo, valoro mucho a Vargas Llosa, [que] dice que nunca ha dejado una novela inconclusa. Bueno, Vargas Llosa es una máquina de escribir, tiene mucha más energía, es más decidido para enfrentar sus proyectos. Va a publicar ahora una nueva novela que se llama Tiempos recios, que se ambienta en Guatemala. Ribeyro dejó varios proyectos inéditos, [como] una serie de novelas inconclusas que iba a titular El pedestal sin estatua. Ahí se puede observar novelas de corte fantástico, [y] también [las] hay [de género] policial, de terror. Son novelas que él empezó pero jamás concluyó. Eso jamás hubiera ocurrido con un escritor como Vargas Llosa.

En una entrevista que le hace Ernesto Hermoza en 1994, el año en que gana el Premio Juan Rulfo, Ribeyro dice que no cree haber inventado un solo personaje de pies a cabeza, que todos tienen un asiento en la realidad. ¿Qué piensas al respecto?

 Fíjate, con la biografía que he escrito puedo decir que en efecto muchísimos personajes se basan en hechos reales […] Recuerdo un cuento que se titula “Almuerzo en el club” [que] se publicó en la edición de 1994 de Alfaguara de Cuentos completos, y cuando se quiso sacar una edición de los cuentos completos en Campodónico en cuatro tomos Ribeyro no quiso añadir ese cuento porque no quería que se enterara un tío suyo, el tío Fermín. Ya después de fallecer se ha divulgado este cuento […] Yo en Casa de América señalé que algunos personajes se reconocieron en los cuentos de Ribeyro y le dijeron “Oye, te agradezco”, cuando él pensaba que iba a recibir un comentario negativo.

Sobre los personajes femeninos de Ribeyro te has referido más de una vez en tus publicaciones. Casi siempre las mujeres son retratadas de manera negativa, y en una entrevista llegaste a decir que se pueden encontrar varias “frases infelices” sobre ellas en sus textos. El mismo Ribeyro te dijo que él no hacía esto de manera consciente, pero quisiera saber qué te suscita este aspecto de su obra en medio de tantas polémicas entre la literatura y el feminismo más radical. 

Bueno, hay que entender el contexto. Ribeyro se crio en un periodo en que el machismo era mucho más intenso. En su diario personal declara unas cosas que serían de mucho impacto ahora. Dice que había utilizado a las mujeres de una forma sexual y que la compañía de los hombres le parecía mucho mejor porque eran más agradables para él por su inteligencia y cosas así. Tienes que ver que pocas mujeres tenían acceso a la educación, [y] entonces eran tratadas de una forma inferior. Felizmente eso ha cambiado. Bueno, yo he visto, por ejemplo, el caso de mi hija que está estudiando ingeniería biomédica y muchos todavía no están muy convencidos de que las mujeres pueden dedicarse a ese tipo de labores. Pero afortunadamente ha pasado el tiempo y esto ha mejorado, en cierto modo.

Ribeyro tuvo, por otro lado, largas estancias en Europa, donde llevó a cabo trabajos muy diversos y entabló varias relaciones. ¿Cómo piensas que fue evolucionando su relación con el Perú a lo largo de su vida?

 Mira, él se consideraba un conservador cuando estudiaba Derecho en la Universidad Católica […] Decía que la situación de los indígenas era correcta porque no tenían la capacidad de sobresalir en la sociedad. Él era de clase media, una clase venida a menos, porque sus parientes habían sido presidentes de la Corte Suprema, rectores de la Universidad de San Marcos, ministros. Entonces, fallece el padre y se siente golpeados económicamente. Cuando llega a España, en Madrid la pasa muy mal con una beca pobrísima y luego estuvo un tiempo en Francia en La Sorbona con una mejor beca, pero tuvo que tener empleos menores, como conserje de hotel, cargador de bultos en una estación de tren, cocinero para amigos, recolector de periódicos viejos […] Y entonces se acercó un poco al marxismo porque la intelectualidad que lo rodeaba estaba teniendo una mayor conciencia social y vieron con interés la llegada de Fidel Castro al poder en Cuba y, bueno, también pasaron por París varios miembros de su generación que apoyaron a las guerrillas (por ejemplo, Javier Heraud, que era bastante amigo de Ribeyro, falleció en Madre de Dios en un intento contra las fuerzas del orden). Y la amistad que tuvo con Vargas Llosa se demuestra también el apoyo que hicieron a mediados de la década de 1960 a las guerrillas del MIR [Movimiento de Izquierda Revolucionaria]. Luego llega Velasco, Ribeyro adquiere un puesto de la diplomacia y sus críticas al Gobierno se aminoran, porque él creía además que Velasco estaba haciendo cosas positivas. Más tarde, apoyó a Alan García, tuvo una amistad con él. García lo condecora con la Orden del Sol en 1986, y lo asciende en la diplomacia cuando trabajaba Ribeyro en la UNESCO. Luego ya se aparta un poco de la política, siente que está más desconectado de la realidad peruana, y no escribe sobre el periodo de Sendero Luminoso. Él mismo dice que no se siente muy cercano al contexto [de ese tiempo]. Entonces, en sus últimos años lo que hace es escribir Relatos santacrucinos, que se ambientan en la infancia del autor.

Hace un par de años reuniste la obra teatral de Ribeyro. ¿A qué se debe que ésta aun no haya sido tan difundida como su narrativa?

Como se sabe, la poesía, el teatro, son géneros muy poco atendidos por los lectores. Muy pocos consumen estos géneros, entonces era entendible que no iban a tener la acogida que tiene por ejemplo La palabra del mudo o Prosas apátridas, que es un libro especial, de difícil clasificación […] En el caso del teatro se conocía que estas obras estaban dispersas [y] se reunió al fin en un solo volumen [para que] se valore más la obra dramatúrgica de Ribeyro. Tenemos también otro gran autor que se dedicó al teatro, que es Vargas Llosa, y tampoco se le ha valorado mucho por ahí. Creo que en el caso de Ribeyro hay una unidad en su obra. Vemos que los personajes principales fracasan en una lucha contra el sistema. En el caso de Santiago el pajarero, por ejemplo, un tipo que creía a que se podía volar hace lo posible para demostrarlo, pero la Iglesia, las autoridades, los sabios de entonces lo rechazan y lo castigan duramente.

Luego de haber estudiado su obra por tanto tiempo, ¿con qué Ribeyro te quedas, y por qué? ¿Con el cuentista, el diarista, el novelista, el ensayista, el aforista, o el dramaturgo? ¿O con todos?

Fíjate, al propio autor le preguntaron lo mismo cuando sacó su antología personal, y dijo: “Lo importante no es ser cuentista, novelista, lo que fuere. Lo importante es ser escritor”. Yo creo que tiene razón. No importa el género que estás cultivando sino que lo hagas con maestría. Y él lo alcanzó. Si uno analiza su teatro, por ejemplo, o la novela Cambio de guardia, que son los libros menos valorados, uno puede encontrar detalles muy valiosos. Recomendaría, eso sí, algunos de los cuentos, por ejemplo los clásicos como “Tristes querellas en la vieja quinta”, “Alienación”, “La insignia”, “Silvio en El Rosedal”, “Solo para fumadores”, “Por las azoteas”. Esos cuentos y también algunos fragmentos de su diario. También sus Prosas apátridas y por ahí algunas cartas que me encantan. Justamente ahora van a salir en un solo volumen las cartas que le escribió a su hermano Juan Antonio desde que partió a Europa.

Hay una frase muy conocida de Ribeyro que dice así: “No concibo mi vida más que como un encadenamiento de muertes sucesivas. Arrastro tras de mí los cadáveres de todas mis ilustraciones, de todas mis vocaciones perdidas”. ¿Tú crees que, al final de su vida, Ribeyro encontró eso que, no sin cierta ingenuidad, llamamos “felicidad”?

Bueno, en los últimos años sintió que se había vuelto a enamorar. Es conocido que en Lima tuvo una nueva pareja que cambió mucho su actitud ante la vida. Se mostró en su modo de vestirse, en su trato. Lamentablemente duró muy poco tiempo. Viajaron juntos a Tarma, a Estados Unidos, a Miami, a Nueva York, y ahí se sintió mal. Y cuando volvió a Lima fue operado de emergencia y meses después falleció. Pero paralelamente nunca dejó de querer a Alida, que tanto lo conocía, y [con] quien había [pasado por] muchos momentos de dificultades [cuando lograron] posicionarse en Francia.

En una entrevista, Guillermo Niño de Guzmán dijo que Ribeyro descubrió tarde en la vida que, a través de su obra, podía tener una conexión con las generaciones más jóvenes. A casi noventa años de su nacimiento y más de veinte de su muerte, ¿cómo describirías la acogida de sus libros?

Creo que, en efecto, se han realizado encuestas y Ribeyro, para sorpresa de muchos, figura como uno de los predilectos entre los escritores jóvenes y los lectores también jóvenes. Eso significa que no ha envejecido su obra. ¿Qué podría decir de sus cuentos? Diría que se nota a un narrador muy inteligente, muy agudo, que transmite diversos sentimientos, algunas reflexiones, [que] te conmueve con algunos pasajes. Difícil no conmoverse con “Al pie del acantilado”, no reírse con “Tristes querellas en la quinta”, o no quedarse pensando con el cuento “Silvio en El Rosedal”, que atesora un enigma. Entonces, es un narrador que conecta muy bien, que no ha envejecido, su prosa es muy limpia, parece fácil de escribir, de hacerla, pero le ha costado mucho trabajo. Uno ve, por ejemplo, que hay algunos que le tomaron muchos años para consagrarse […] Pasó bastante tiempo para que el autor los concluyera.

¿Y hay algo que te hubiera gustado decirle a Ribeyro, y que no tuviste la oportunidad de decirle?

Uyy, con la biografía que he terminado hay consultas, hay dudas que trato de interpretar, cosas que me hubiera gustado conocer. Bueno, en ese momento no tenía las armas para poder preguntarle, no conocía algunos detalles. En fin, ya no se puede volver atrás… Pero sin embargo siempre tengo una admiración muy grande por él y me alegra muchísimo que a la gente le siga gustando su obra. Eso sí [que] me impresiona gratamente.

Finalmente, Jorge, ¿cómo va esa “búsqueda infinita” que da título a la selección de textos periodísticos que publicaste por primera vez hace más de 20 años? ¿Todavía la llamas, la consideras, “infinita”?

Sí, creo que tiene un carácter filosófico, si quieres. Creo que uno busca la felicidad, ciertos momentos agradables, y esto no concluye hasta el último suspiro… y quien sabe más allá. Pero sí creo que igual pasa en la literatura. La literatura no concluye, no finaliza. Vemos que se renueva, que hay diversas versiones sobre algunos temas, que no termina y seguimos disfrutando de este arte y de otros. Felizmente nos queda eso.