Kierkegaard, por Nathan Sztrancman

526

 

Una de las figuras paternas del existencialismo es un danés que se estudia poco porque en el fútbol y la filosofía los alemanes siempre ganan; para cada Kierkegaard, hay un Hegel. Por eso cuando es cinco de mayo el público desarrolla una tensión privada, muy íntima, que tiene que ver con la salud mental de la derecha. Søren Kierkegaard comparte su onomástico con Karl Marx, y cada cumpleaños del marxista genérico tiene la misma dimensión que Verónika Mendoza hablando quechua.

Es famoso el silencio del lector cuando profundiza en El concepto de la angustia [Begrebet Angest]; esos segundos atónitos de existencia en los que de repente al individuo se le pasa la vida por delante mientras Kierkegaard te obliga a mirar atrás. La terrorífica realización de una responsabilidad pesada; cada acción de tu vida será juzgada por Dios, pero en estas acciones se contrapone el miedo a la eternidad (hasta Esto Es Guerra ha de ser aburrido si ha de ser ad infinitum) y la emoción de elegirse a uno mismo. Hace unos años leí un ensayo sobre el tema, entendí la virtud de lo absurdo, y llegué a mi casa desesperado por salirme de la angustia; abrí un libro de Paulo Coelho.

Es tal la conmoción de leer a Kierkegaard (cada vez que encuentro a alguien con un texto sobre él hay un silencio como si se hubiese muerto la paz, – sí, el guion debe ser tan largo como la órbita de la tierra —————– y querer dispararse a uno mismo) que nadie repara en su interpretación del Génesis bíblico. En la época de antaño, dice Kierkegaard, mucho antes de Chávez y Kirchner, Adán no sabía lo que era bueno o malo; su conocimiento se limitaba a que Dios le había dicho que no coma de la fruta del árbol. La prohibición misma, este fenómeno proto-hobbesiano, implicaba que Adán tenía una elección; obedecer o no. Y entonces Adán comió la fruta (quizás había leído a Sartre), nació el pecado y el bien y el mal. Es decir, primero hubo Dios, luego angustia, y luego pecado. Claro, y luego Nietzsche.

Como Marx, que dijo lo del opio de todas las masas y la equivocación de Kant (no hubo una Crítica del sistema capitalista), Kierkegaard fue crítico con la Iglesia Católica. La concepción del bien y el mal va a descansar eventualmente en Dios, luego de dar saltos desde la ética (normas sociales) y primordialmente desde lo estético. Es entonces cuando se puede dar la suspensión teológica de la ética [Sittlichkeit] que rige desde Abraham matando a Isaac, hasta Moisés liberando a un pueblo. Pero no se puede regular la fe desde el dogma de la Iglesia; es una pasión individual subjetiva, y es la misión máxima del ser. Un actor sin guionista, o sea un actor que siempre será del carajo, que calcula desde el sillón qué dice Dios y en qué idioma.

A Kierkegaard no se le reconoce mucho porque nació el día que luego nacería Marx, vivió en la época en la que ya había vivido Kant, y murió antes de que un tercer alemán mate al Dios que tanto ocupó en su literatura. Como consecuencia de ello los cinco de mayo no son preocupaciones filosóficas, sino de aspectos puramente intergalácticos o lumpenproletarios. Por eso es obligatorio votar entre Keiko y PPK, y no lo es saber quién es Sócrates; es más fácil leer un plan de gobierno que filosofía moderna. Y probablemente se sufra menos.