La bondad es un signo de salud mental, por Verushka Villavicencio

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Tara Foley dio la vuelta al mundo mediante las redes sociales con su traje de novia abrazando a su abuela. Decidió incluirla en sus recuerdos de boda con una acción que respondió a la prohibición que le hicieron los médicos. A sus casi 103 años podría sufrir un paro cardíaco si tomaba un avión. Entonces, Tara fue al encuentro de su abuela y se le presentó vestida de novia. Le cumplió el sueño de su vida y 27 días después, el corazón de la abuela cesó de latir. Pero siguió viva en el recuerdo de Tara y de toda la familia, inclusive el mismo día de la boda. Tara colocó una foto de ambas,  abrazadas,  conectadas por el vínculo del afecto sin tiempo.

“Cuando le dije adiós esa noche, creo que las dos sabíamos que sería la última vez que nos veríamos. Me agarró las mejillas con las manos, me miró directamente a los ojos y me dijo ‘te quiero mucho’. Soy muy bendecida de que ese sea mi último recuerdo con ella”, comenta Tara sobre Stasia, su abuela.

¿Qué es lo que define la conducta de Tara? Para Richard Davidson, especialista en neurociencia afectiva y docente de la Universidad de Wisconsin-Madison, la base de un cerebro sano es “la bondad” definida como una acción que colabora a que la felicidad pueda manifestarse en la vida de otra persona. La conducta de Tara no sólo contribuyó a darle felicidad a su abuela sino que perennizó su presencia más allá de su muerte en un momento histórico para toda la familia. Este acto generoso es justamente lo contrario a las conductas de las personas que requieren del sufrimiento de otro para desplegarse. La bondad se instala en el ser humano cuando se trasciende el individualismo y al ego.

Si analizamos las conductas de las personas en el día a día: personas que se estacionan en el espacio reservado para el estacionamiento de personas con discapacidad, personas que insultan a otros defendiendo sus propios criterios mientras realizan una marcha, personas que levantan la voz en la cola del banco porque no toleran aguardar su turno, personas que usan scooter eléctrico y se atraviesan delante de adultos mayores sin tomar en cuenta que les pueden asustar o provocar una caída, la lista es interminable y responde a pensar primero en el sí mismo y no en el otro. Si pensamos en los grupos de personas en condición de vulnerabilidad, identificaremos que cada grupo demanda una serie de acciones que logren que el Estado conecte con ellos a través de servicios humanos que desplieguen un potencial adicional a la eficiencia y eficacia en el servicio. Es decir, existe una demanda de servicios más humanos, una oferta inconclusa del Estado y una tarea pendiente en cada ciudadano para construir una cultura de respeto entre cada uno de nosotros.

Bajo esta óptica, el uso del lenguaje no verbal es clave para humanizar los servicios del Estado y para humanizarnos nosotros mismos. La gentileza, la amabilidad, conectar con la mirada mientras se conversa con el ciudadano se va perdiendo por la presión de atender al mayor número en el menor tiempo posible. Por ejemplo, las consultas en los hospitales son de 20 minutos por paciente y cada médico atiende a 12 en un turno de 4 horas, reservando dos horas para temas administrativos, según una directiva del Ministerio de Salud. Pocos serían los médicos que buscan entablar una conexión con sus pacientes alentados por una genuina preocupación en devolverles esperanza en medio de sus padecimientos, no sólo físicos. Cada paciente lleva una carga emocional y demandaría una atención enfocada en la persona y no sólo en la enfermedad. Un acto de bondad en la atención podría marcar la diferencia: abrazar con la mirada, mantener una actitud corporal cercana, usar un tono de voz amigable, entre otras.

Pero esto no es todo. Progresivamente vamos olvidando la práctica de la bondad con el otro, incluso con nuestra familia. En el trabajo se deslegitima y muchos lo valoran como un signo de debilidad y ausencia de liderazgo. Sin embargo, existe evidencia científica que demuestra que la salud emocional de las personas es una habilidad que se puede ejercitar con entrenamiento cuyos resultados impactan en la vida de quien la practica como en quien la recibe. El Centro de Investigación de Mentes Saludables de la Universidad de Wisconsin realizó un estudio con participantes para enseñarles a generar “bondad” hacia personas que aman como a otras difíciles. Después de dos semanas de entrenamiento, los participantes demostraron mayor tolerancia y conductas más altruistas; pero además, sus cerebros lograron incorporar acciones que aliviaron el sufrimiento, la depresión y la ansiedad. Es decir, la bondad sana el cerebro de quien la práctica y da bienestar a quien la recibe.

Esta puede ser la clave profunda para que los ciudadanos despleguemos conductas altruistas inclusive cuando recibimos acciones contrarias a la bondad. Entrenar el cerebro para desplegar conductas bondadosas enfocadas en el bienestar del otro, sea o no nuestro familiar, puede ser una vía que potencie la salud mental de todos los ciudadanos. Apenas el 15 de octubre último acaba de inaugurarse un nuevo Centro de Salud Mental Comunitario en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos que atenderá a 38 mil estudiantes con trastornos de ansiedad o depresión dentro de la Ley de Salud Mental N° 30947.

El abrazo de la mirada de Tara hacia su abuela es un signo de bondad cuyo mayor logro es dar felicidad y permitir que la ternura se instale en una conexión sin tiempo ni espacio. La bondad como conducta convertida en instrumento de gestión podría ser una vía que facilitara conductas ciudadanas que promuevan el diálogo, la tolerancia y logren bienestar. Comunicar con el abrazo de la mirada podría ser un signo que defina una nueva forma de humanidad y de ciudadanía.

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