[OPINIÓN] La caída de Nadine: del Sublime al Godiva

1.250

Las actividades y el verdadero rol que ha cumplido Nadine Heredia en el gobierno de su marido parece que recién se empiezan a conocer. A raíz de lo acontecido con Martín Belaunde Lossio tal vez los favores, tratos especiales y negocios con el Estado que sí surgieron con la venia o intermediación de Primera Dama terminarán saliendo a la luz.

El nivel de injerencia de Nadine en asuntos gubernamentales superó al que detentó Vladimiro Montesinos en el gobierno de Alberto Fujimori. La fórmula de detentar todo el poder y no asumir ninguna responsabilidad hoy le pasa la factura a la pareja presidencial.

La mitad del Perú sabía que la Primera Dama ejercía un poder desmedido, sin ningún tipo de control ni responsabilidad, pero eso era tolerado y hasta aplaudido por el establishment. Todos los medianamente informados conocían el rol que cumplía Rocío Calderón Vinatea y la estrechísima relación que mantenían. Lo de la tarjeta de crédito empleada por Nadine es una demostración de que algo estaba ocultando. No es un accionar normal: es inusual, es raro y, sobre todo, es sospechoso.

Más de un empresario de CONFIEP decía que el influyente rol de Nadine no importaba porque era ella la que había hecho cambiar la manera de pensar a su marido, y por lo tanto quien garantizaba que el modelo de economía de mercado no se iba a tocar. “Ella controla al cachaco, ella es la que manda y ella está con nosotros” llegaron a decir.

Es gracioso lo que ocurre porque muchos de los que hoy la critican querían contactarla, conocerla, invitarla o pedirle favores. Me consta.

Hoy Nadine constatará que los que creía que eran sus amigos en realidad no lo eran. La buscaban por interés, por estar cerca al poder político o para conseguir que el Estado peruano haga o deje de hacer algo, y creían que ella era la que lo decidía todo.

Cuando asesoraba a empresas en temas políticos, yo explicaba a algunos entusiastas “nadinistas” de entonces que en un régimen autocrático, sin división de poderes ni instituciones, una persona en el Poder Ejecutivo (el presidente, su mujer o su asesor) quizá podía tomar todas las decisiones y hacerlas cumplir. Eso fue lo que hizo Montesinos en una etapa del gobierno fujimorista. Sin embargo, en una democracia o en un gobierno que pretendía o prometía ser democrático, no era la esposa del Presidente de la República quien debía tomar las decisiones de gobierno, no era ella la que debía mandar o gobernar.

En un sistema democrático el poder no está concentrado en una persona sino dividido y repartido. Además, deben existir instituciones autónomas que resuelvan los problemas sin necesidad de que la esposa del Presidente intervenga para que las cosas se hagan como ella decide.

Todo ese poder que detentó y que la volvió atractiva hoy lo está perdiendo. Ha quedado en evidencia que la Nadine sencilla, luchadora y carismática fue desplazada por una mujer frívola que se olvidó de los pobres y de las causas que junto a su marido prometió defender. Como dijo su propio suegro hace algún tiempo, ella se emborrachó de poder.

Nadine fue presa de su ambición desmedida, de sus ganas de ser de clase alta, de pertenecer a esa élite social que pese a no detentar el poder político es la que toma las grandes decisiones en torno a lo que se hace o no se hace en el Perú. Ella quería formar parte de ese grupo, codearse con Mario Vargas Llosa, ser amiga de Morgana o poder tomar té con Ani Alvarez Calderón y comprar uno de sus vestidos.

Pero no se contentaba con eso. Quería mas sofisticación y gozar de todo el lujo que su marido militar nunca le pudo dar: prefirió los chocolates Godiva a los Sublime, accesorios Louis Vuitton y ropa de marca en vez de los productos hechos en el Perú y ese estilo de vida con clase que posiblemente siempre soñó tener y que hoy puede perder.

Su nivel de sofisticación y frivolidad han demostrado que Nadine traicionó todo por lo que un día el pueblo peruano creyó en ella y en su marido. El cargamontón mediático contra la esposa del Presidente tiene una explicación que va mucho mas allá de la campaña política presidencial y del hecho de que apristas y fujimoristas pueden capitalizar en medio de esta crisis.

Los principales responsables de esta situación son dos personas: Ollanta Humala y Nadine Heredia. El primero por no ejercer a cabalidad las funciones para las que fue elegido: ser Presidente de la República. La segunda por haber usurpado funciones, tomado decisiones y realizado labores que no le correspondían.

La frivolidad o el haber sido seducidos por el poder económico -mas en ella que en él- también han evidenciado que no estaban preparados para gobernar el Perú con la honestidad que prometieron en la campaña.