La caída de un mito y otras reflexiones

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Saltó la bomba. De repente, se publica una carta de Jordi Pujol en la que reconoce graves irregularidades tributarias durante muchos años, durante décadas. ¿Un caso más de corrupción? No sería muy llamativo. Esta misma semana ha ingresado en prisión el primer ex-Ministro del Gobierno español. Y un presidente de Diputación (es decir, un gobierno provincial) también está ya entre rejas. Seguirán bastantes más, porque hay docenas de investigaciones en curso, en parte por actuaciones muy graves, con millones de euros malversados, derivados hacia partidos y organizaciones sindicales y un largo etcétera de delitos.

Pero lo de Jordi Pujol está en otro nivel. Es, por decirlo así, uno de los “padres de la democracia”, alguien que durante décadas, desde una postura nacionalista catalana, pero con sentido de Estado, garantizó la gobernabilidad de España. Su “hombre en Madrid”, Miquel Roca, un neoliberal de cuño anglosajón, fue uno de los “padres de la Constitución”, uno de los siete miembros del Parlamento que prepararon la Constitución democrática, consiguiendo un dificilísimo consenso entre fuerzas muy encontradas. Fueron quienes realizaron lo que se vino a llamar “el espíritu de la Transición”, o sea, esa conjunción de fuerzas que garantizó un paso tranquilo a la democracia.

La presencia de Jordi Pujol en la política se mantuvo durante décadas. Quizá cometió un error en la designación de su sucesor, el actual Presidente de Catalunya, Artur Mas, un hombre que abandonó aquel equilibrio difícil de Jordi Pujol entre pretensiones nacionalistas y lealtad al Estado español, equilibrio forjado en negociaciones permanentes y siempre con un sueño: conseguir lo que vascos y navarros tienen por derecho histórico: la Hacienda propia, es decir, la capacidad de recaudar todos los impuestos de los ciudadanos (y las empresas) residentes en su territorio, traspasando una vez al año un cupo al Estado español, cupo que se negocia cada cinco años.

La soberbia del segundo periodo de gobierno de José María Aznar, reelegido esta vez con mayoría absoluta, le lleva a despreciar a quienes en su anterior gobierno habían sido más o menos sus socios, o sea, el nacionalismo moderado vasco y catalán. Se rompe así un diálogo que la mediocridad de Rodríguez Zapatero no supo restaurar, a pesar de que el discurso sobre el “talante” (o sea, el espíritu dialogante) era leitmotiv de su retórica.

Artur Mas se encuentra así con una población enfadada porque el Estado español no invierte en Cataluña lo que se corresponde con los impuestos que pagan los catalanes, con unas infraestructuras que, tras el grandioso esfuerzo hecho para las Olimpiadas de 1992, se van quedando obsoletas, con prejuicios y barreras mentales mutuas entre catalanes y el resto de los españoles y vislumbra (en uno de esos dueños típicos de los mediocres) que puede pasar a la Historia guiando a los catalanes hacia la ansiada independencia. Para ello tiene que aliarse con los independistas de Esquerra Republicana y, como éstos avanzan en las elecciones, acaba siendo su esclavo, rompiendo con el sector más moderado del nacionalismo catalán, cuyo líder, el histórico Duran i Lleida, acaba de tirar la toalla y renunciar a sus cargos en el partido.

En medio de este panorama y con una consulta que convoca al pueblo catalán a manifestarse a favor o en contra de la independencia, estalla el escándalo y Jordi Pujol, en una roca bolsea carta, reconoce haber recibido de su padre, hace muchísimos años, unos dineros en cuentas en el extranjero, no declaradas a Hacienda. Y confiesa que en todas estas décadas, ocupado con gobernar y, después, con influir, no ha tenido tiempo de regularizar esa irregularidad.

Nadie se cree que eso sea todo y hay datos que indican que ha amasado un capital que podría ser de entré 600 y 2200 millones de euros, conseguidos gracias a comisiones que debían pagar las empresas por concesiones de contratos durante sus años de gobierno. Es la caída de un mito, provocada porque la unidad de la Policía Nacional encargada de delitos económicos ya ha investigado a uno de sus hijos, que ha tenido que dimitir de su cargo en el gobierno catalán al verse imputado por tráfico de influencia, y está investigando a otro en una labor casi de “llanero solitario”, porque no sólo no está recibiendo apoyos sino que parece que hay un cierto interés incluso del gobierno español en que no se investigue demasiado, no sea que la reinante inestabilidad se agravé. Incluso se rumorea que se podría llegar a un pacto entre gobiernos español y catalán.

La otra pregunta es cuánto de todo esto sabía Artur Mas. Y los pronósticos son que de todo esto va a salir reforzado el independentismo más radical.

Mientras tanto, el gobierno español habla de que ya está ahí la recuperación económica y la gente dice que no se nota todavía. El turismo está salvando a España, pero la situación sobre todo para los jóvenes sigue siendo dramática. Muchos egresados de la universidad están con contratos basura o trabajando en lo que no es lo suyo: como cajeros en supermercados, algunas horas a la semana (para que tampoco puedan acudir a tribunales y reclamar un puesto fijo) y ganando 600 euros, mientras en su profesión (pueden ser el caso de odontólogos… Y no digamos ya arquitectos o periodistas) van haciendo prácticas no remuneradas sencillamente para no perder el contacto con la profesión. De los arquitectos quién puede sale del país: sólo en el Perú se colegiaron el año pasado unos 800 arquitectos españoles.

La crisis, eso sí, se vive con mucha dignidad y las familias aguantan el peso de uno o dos desempleados, empeñando en ello también la pensión de los abuelos. Las cifras macroeconómicas hablan, sí, de una recuperación, pero pasarán posiblemente muchos meses hasta que el ciudadano la perciba. De momento, se siguen cerrando comercios y, aunque alguno de los grandes bancos está apostando decididamente por líneas de crédito para la creación de empresas, será muy difícil recuperar todo ese capital de empresas pequeñas que la crisis se ha llevado por delante, dejando muy tocados también psicológicamente a quienes invirtieron en ello tiempo, ilusión… Y dinero.

En la calle, aparte de esos locales que albergaron comercios y que ahora esperan a ser alquilados, se percibe poco de la crisis: el estilo de la mayoría de los españolas hace que no sea visible. Pero hay en las conversaciones mucha desesperanza, mucha falta de confianza. Y esto seguro que no ayuda a la recuperación.

El nuevo rey, sin embargo, parece tener una sensibilidad para captar el estado anímico de la población (o buenos asesores que se lo indican) y acaba de anunciar una serie de medidas de control del gasto y de buena conducta para la Casa Real, que han tenido una acogida muy positiva: después de meses y años de ir a la deriva, parece que al menos está institución podría recuperar algo de su prestigio.

Todo esto a la espera de que el fútbol empiece a dar alegrías otra vez… ay no, que parece que también Messi está en asuntos turbios con Hacienda y podría ser imputado: sus explicaciones (de que todo lo hizo su padre y él no se enteró de nada) no han convencido al juez – como las de Jordi Pujol (de que fue una herencia no regulada de su padre) no han convencido a nadie.

¿Será que ahora los padres van a tener que asumir las culpas de sus hijos? ¿Será esto un síntoma de que la crisis no es sólo económica?