La casa de los cuchillos voladores, por Cristhian Rojas

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Son muchos los casos de jóvenes interesados en hacer política a través de los canales oficiales de la militancia partidaria. Es decir, en estos tiempos, averiguar un poco por internet, seguir a su figura política favorita en redes sociales y compartir sus ideas a través de encendidas publicaciones en Facebook o Twitter, para luego dar el gran paso y acercarse hacia el local del partido político donde sienten que podrían crecer, aprender y aportar a la política nacional en beneficio del país.

No obstante, estos chicos, se encuentran a su corta edad con una difícil realidad en los partidos políticos nacionales. Desde los más antiguos, fundados en el siglo XX, pasando por los que tienen no más de 10 años de existencia, hasta los que se crearon a toda velocidad para las elecciones de este año, se presentan problemas internos que en algunos casos pueden ser riñas y entredichos, hasta volverse verdaderos fratricidios políticos.

Una mirada de izquierda a derecha les mostrará a los jóvenes la fragilidad de nuestro “sistema” en asuntos de unidad partidaria. A la izquierda, el egoísmo de Tierra y Libertad frente a los intentos de apertura del Frente Amplio se mezcla con frases mezquinas sobre la figura de Verónika Mendoza. Parece que su memoria quiere olvidar el rol clave que les permitió conseguir 20 congresistas.

Al centro, brincando por momentos entre la derecha conservadora y la centro-izquierda, Acción Popular muestra grietas y fuertes resentimientos entre las figuras de Mesías Guevara y los congresistas (de siempre) respaldando al reciente liderazgo de Barnechea. Sus jóvenes militantes (sí, por supuesto que los hay), se encuentran divididos. En ese mismo espectro, el Partido Aprista Peruano luego de la dura derrota electoral de Alan García el 2016, se alista para la elección de una nueva secretaría general. En el proceso, muy convenientes aunque sólidas denuncias de misoginia y plagios se tumbaron al rival de Enrique Cornejo.

A la derecha, en la zona liberal, la agrupación de gobierno se muestra débil con los entredichos entre sus congresistas (muchos de ellos sin inscripción partidaria). Si no logran ponerse de acuerdo ahora sobre las decisiones políticas claves, como a cuál candidato a Defensor del Pueblo apoyarían, generan serias dudas sobre su capacidad de sobrevivir más allá del 2021. Finalmente, el caso más fuerte, la “civil war” máxima en la política peruana actual, el PPC, tiene una fractura seria entre los (ultra)conservadores castristas y los liberales que ahora ven como líder a Marisol Pérez Tello, respaldados por Lourdes Flores. Hacia el futuro, el PPC parece condenado a correr la misma suerte que la Democracia Cristiana de la que surgió. Los liberales deberán decidir rápido o terminarán condenados (de nuevo) a ser el segundo en otra alianza política para sobrevivir.

Con este difícil panorama, no es sorprendente que los jóvenes interesados en política decidan ir por otras agrupaciones menos institucionalizadas, con mayores rasgos de modas y con mayor facilidad para el crecimiento. Los partidos aquí mencionados deberán solucionar sus problemas internos si quieren volverse atractivos en periodos no electorales frente a nuevas generaciones de políticos. Hacerlos actores centrales de los procesos de cambio, antes que espantar a los que se animen a ingresar. Un “venga y únase a cambiar el país” en lugar de un “venga, usted se sienta y mira cómo vuelan los cuchillos”.

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