La Constitución creyente peruana, por Federico Prieto Celi

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El congresista Oracio Ángel Pacori Mamani ha presentado un proyecto de ley, que está en la Comisión de Constitución del Congreso, que busca implantar una secularización racionalista, como se advierte ya en su exposición de motivos, cuando cita a Marco A. Huaco Palomino. Quiere suprimir el preámbulo creyente de nuestra constitución histórica, contra el sentido popular de la religiosidad popular peruana.

Los peruanos hemos escrito nuestra constitución histórica en calidad de creyentes. La constitución de 1823 comienza afirmando que se ha hecho “en el nombre de Dios, por cuyo poder se instituyen todas las sociedades y cuya sabiduría inspira justicia a los legisladores”. La constitución vitalicia de Bolívar se da en 1826 “en el nombre de Dios”. La constitución de 1828 se da “en el nombre de Dios Todo-Poderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Supremo Autor, y Legislador de la Sociedad”. Salvo una coma, la constitución de 1834 repite la fórmula.

Sigamos la historia del siglo XIX. La constitución de la Confederación Perú-Boliviana, de 1837, se da “en el nombre de Dios, Trino y Uno”. La constitución de Huancayo de 1939 se da “en el nombre de Dios, trino y uno, Autor y Supremo Legislador de las Sociedades”. Las constituciones de 1856 y de 1860, promulgadas por el mariscal Ramón Castilla, se hacen “bajo la protección de Dios”. La constitución de 1867 repite la fórmula.

En el siglo XX pasa lo mismo: la constitución de 1920 se dicta “invocando los sagrados nombres de Dios y de la Patria”. La constitución de 1933 no tiene preámbulo, donde aparece la referencia a Dios en las anteriores constituciones. Sin embargo, en el artículo 232 afirma: “Respetando los sentimientos de la mayoría nacional, el Estado protege la Religión Católica, Apostólica y Romana”, fórmula que con distintos matices aparece en todas las constituciones. Esta es la única constitución que no menciona a Dios, es decir, es la excepción a la regla; además, hay una explicación en la coyuntura política que, si no la justifica, por lo menos hace comprensible la omisión.

Durante el gobierno de Augusto B. Leguía (1919-1930), monseñor Lissón, arzobispo de Lima, con la aprobación de todo el episcopado peruano, y del nuncio apostólico Gaetano Cicognani, propuso la consagración del Perú al Sagrado Corazón de Jesús, como se estaba haciendo en otras naciones. Víctor Raúl Haya de la Torre alentó una manifestación estudiantil y obrera protestando contra la consagración, argumentando que tenía connotación política. Así, la Iglesia desistió de hacerla. Cabe suponer que este suceso motivara la omisión del preámbulo constitucional mencionando el nombre de Dios en la constitución de 1933, ya que esa carta magna responde al triunfo de la revolución de Sánchez Cerro contra el presidente Leguía.

Las dos últimas constituciones retoman la buena costumbre de la constitución histórica del Perú. La de 1979 lo hace: “invocando la protección de Dios” y la de 1993 “invocando a Dios Todopoderoso”, de tal manera que así ambas cartas magnas subsanan la ausencia de Dios en la constitución de 1933.

Los peruanos hemos redactado nuestra ley fundamental de acuerdo al derecho natural, aunque no lo hayamos dicho así; al sentido común, que puede tomar el nombre de experiencias administrativas y jurídicas previas; al derecho comparado, viendo lo que han hecho antes otros estados; y, de acuerdo a lo que dicen los textos de historia, a ideales y principios políticos, proclamados en momentos estelares de la edad contemporánea.

Siendo como era el Perú en 1800 un pueblo por constituirse, cuando bullían este tipo de doctrinas en las élites intelectuales, lo razonable fue que se fueran escribiendo las constituciones cuyos preámbulos hemos visto, y con el mismo espíritu los artículos que se han ido perfeccionando a lo largo del tiempo.

Paralelamente, la Iglesia producía las encíclicas sociales, que presentaban a los cristianos postulados de doctrina valiosos para la convivencia entre las personas. Influencia o coincidencia, da lo mismo, el resultado es que la constitución promulgada el 29 de diciembre de 1993, hija y nieta de las anteriores y vigente al momento de escribir este articulo –con algunas modificaciones posteriores-, fija normas constitucionales, podemos decirlo así, que tienen un sentido humano y cristiano de la vida.

Parafraseando a Manuel Aliaga Garfias (Portal La Abeja, 30.08.16), podemos concluir que el congresista Oracio Ángel Pacori Mamani, que quiere cambiar la Constitución, para hacerla laicista, se ha encontrado con un pueblo cristiano respondón y no sumiso.

Nota. En mi artículo “Estado Laico y Estado Laicista” del 26 de setiembre de 2016 cite en el segundo párrafo un comentario de Juan Carlos Tafur, adjudicándoselo involuntariamente a Mijael Garrido Lecca.

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