La conveniente independencia del Ministerio Público, por Eduardo Herrera

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Resulta muy simpático ver ahora una férrea unidad al interior del Ministerio Público cuando se asoma el fantasma, históricamente presente, de la intervención.

Primero, partamos de desmitificar un concepto difundido, también de manera conveniente, acerca de la corrupción dentro de la Fiscalía. No, no es que una mafia con nombre propio haya capturado la corrección en el actuar funcional de los miles de fiscales en todo el país; tampoco que una mano negra esté interviniendo las correctas y prístinas investigaciones fiscales. No, la putrefacción viene desde muchos años, al menos desde que yo tengo uso de razón.

La corrupción de la Fiscalía no es total, pero sí mayoritaria. La corrupción no es exclusiva en el Ministerio Público, coge a todos los niveles empezando -en muchos casos- desde los asistentes o colaboradores “rasos” hacia arriba. En general, el sistema de Justicia está contaminado. Que también lo lean, para que no se hagan los “suecos”, el Poder Judicial, el INPE y la Policía Nacional. Una reforma coherente y seria, por tanto, no puede realizarse por parches y por temporadas.

Lo curioso del proyecto que pretende declarar en emergencia -y ulterior re organización al Ministerio Público- nos coloca, sin embargo, frente a un auténtico dilema. Y es que el sistema, en general, nunca ha querido re formularse y limpiarse, no le da la gana…ahh, pero eso sí, ni me mires ni me toques porque te denuncio pues soy autónomo. Es decir, la posición conveniente del perro del hortelano jurisdiccional confundiendo autonomía con autarquía.

La otra parte del dilema viene del lado reformista. Quien reforma no goza de la confianza total y se ha pretendido apoderar de un concepto contra el cual nadie puede estar en desacuerdo. Pese a ello, las acciones, acaso torpes y desconectadas del conocimiento de los pasillos judiciales, llevan a tener en claro -al menos desde mi posición- que no, que el reformista tampoco tiene los mejores pergaminos y la neutralidad para ocuparse de “meter mano” en el sistema. Esto aunado a que casi todos los actores involucrados tienen sendos “chicharrones” que determina, dentro de la terminología corporativa, la existencia de conflictos de interés.

El dilema tiene solución, contrariamente a la propia naturaleza del concepto. Es crucial para ello que nos pongamos de acuerdo. Buscar un tercero legitimado y consensuado que se ocupe de la limpieza y de la reforma. Da igual el origen del a misma, o si es por Ley o por referéndum. Lo único que a mí me queda claro es que, como está la cosa, ya no aguanta más. La crisis entonces, se convierte en una oportunidad.

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