La corrupción no es el problema, por Eduardo Herrera

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No creo que la lucha contra la corrupción sea una batalla idílica entre el bien y el mal, porque ya de por si estos conceptos son bastante relativos y difusos.

La corrupción no es el problema, es tan solo una manifestación de aquel. Por eso, concentrarse en eliminar la corrupción per se es un concepto inalcanzable. Nunca acabaremos con la corrupción, lo siento.

¿Esto implica que está todo terminado y no hay nada qué hacer? No, pienso que primero hay que separar correctamente bien las cosas.

Lo primero es saber que lo que le molesta al común de las personas es la impunidad y contra eso sí debemos luchar pues es más palpable. La impunidad se materializa cuando el individuo que te robó, te pinta la cara riéndose de ti después de robarte y al poco tiempo lo veas libre. Las personas no salen a marchar a las calles protestando porque hay mucha corrupción o para exigir más justicia como conceptos vacíos, salen por un caso, contra un pillo con rostro.

Sostengo entonces que lo debe mantener nuestra concentración es procurar ver el problema detrás. Si hay impunidad es porque el sistema de justicia no funciona. Lo que estamos viendo hoy por los medios es una justicia VIP y no lo que día a día padecen millones de personas (a las cuales les importa muy poco lo que pasa en Latinoamérica en esta materia, si es que no les afecta). El común de los mortales seguimos padeciendo el robo de un celular y un delincuente que, sin flashes ni cámaras, se ríe en nuestras caras. La lucha contra del bien contra el mal y la anticorrupción no sirven para nada ahí.

Si hay corrupción, por ejemplo, en el trámite de brevetes es porque existen ciertos problemas en el mismo procedimiento que genera -motiva- un entorno de corrupción. Luego aparecen los tramitadores y otros personajes que aprovechan para ganar (de eso se trata todo). Luego entonces luchar contra la corrupción como una idea no sirve para acallar esa cuestión. Concretamente, hay que buscar quitar discrecionalidad, hacer trámites aprovechando la tecnología y dotar de transparencia, en resumen, o, por qué, no eliminar el trámite.

Nuestro problema, sin duda, como en toda Latinoamérica involucra casi todos los niveles; hay corrupción desde arriba hasta abajo. Siempre existió, la diferencia es que hoy es pública. La Fiscalía y el Poder Judicial (y la Policía) siempre funcionaron así y nadie se quejó. Solo que hoy esto es trasmitido por televisión. La corrupción en el Perú es democrática e inclusiva, para todos hay un poco si quieres un poco de la tajada. Por eso, insisto, en que la reforma del sistema de justicia-ahora que tanto se habla de estabilidad jurídica- es crucial y hay que empezar ya.

Para ir un plan aterrizado, debemos de priorizar y si hablamos de impunidad o de un sistema de justicia equilibrado, neutro y seguro, el camino ya está delineado. Tenemos un montón de estudios serios (y otros no tanto). Empecemos por separar y por plantear una estrategia de cómo hacer la reforma y quién debería hacerlo. Sospecho que, por lo pronto, debería partir del Estado (aunque creo que no la tiene muy clara, históricamente). Quizá deberíamos mirarnos entre nosotros y ver si la solución la podemos gestar desde los más afectados, los “justiciables”. A todos nos conviene.

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