La creencia en el mundo y el vínculo humano

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Las producciones del hombre, a diferencia de los animales, “deja huellas o testimonios detrás de él, pues es el único cuyas producciones “evocan a la mente” una idea distinta a su existencia material”  (Panofsky, 1987, p. 20). Algunos podrán asegurar que los animales tambien utilizan y responden a signos, edifican estructuras (visuales o constructivas); sin embargo, lo hacen sin percibir la “relación de significación”, es decir, sin percibir la relación simbolica existente entre la producción (artística o arquitectónica) y las condiciones subjetivas, históricas o culturales que envuelven al que lo ejecuta. Tanto así que podemos detenernos ante una obra de arte no-figurativo y quedar profundamente fascinados: aunque la obra no nos recuerde directamente a algo de nuestro ambiente cotidiano, de alguna forma, ha conmovido nuestro inconsciente e “incuestionablemente hay un vínculo humano” (Jung, 1995, p. 250).

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En contraposición a la vuelta al significado como una forma de reconciliación entre nosotros y el mundo, entendido como la reconciliación de nuestro consciente racional e inconsciente instintivo (o animal, es decir, el vínculo existencial con el mundo), sucede que el hombre se ha ido “alejando más y más de sus fundamentos instintivos, de manera que se abrió una brecha entre naturaleza y mente”  (Jung, 1995, p. 253). Evidentemente esta ruptura tiene consecuentes manifestaciones en el arte, polarizando ambos aspectos en “gran abstracción” (mente) o “gran realismo” (naturaleza). La obra de Kurt Schwitters, Paul Klee y Carlo Carrá destacan por la exaltación del objeto mágico y el

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 alma secreta de las cosas por sí mismas, desligandolas totalmente de toda referencia al lugar. De igual manera sucede algunos casos de arquitectura contemporánea, como es el caso de algunas obras de Zaha Hadid, Rem Koolhaas, Santiago Calatrava o Frank Ghery, donde los proyectos arquitectónicos se emplazan a manera de objetos, casi caídos de la nada; incluso, como es el caso de la Casa Da Música de Koolhaas, el objeto parece tocar la plaza en una pequeña porción de su superficie, abstrayendose completamente de la realidad.

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La aproximación a las cosas como objetos mágicos y alma secreta de las cosas encontró en la obra de Kurt Schwitters una “insinuación del lugar del arte moderno en la historia de la mente humana y de su significado simbólico”  (Jung, 1995, p. 253). Posteriormente la obra de Giorgio De Chirico, su pintura metafisica y el aspecto fantasmal de sus obras, llevaría al arte contemporaneo por los caminos del inconsciente; su obra hace recordar el “viejo concepto alquimista de un “espiritu en la materia”, que se creía que era el espíritu que había en objetos inanimados […]”  (Jung, 1995, p. 254).

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