La cuaresma y el sentido de la vida, por Alfredo Gildemeister

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Este miércoles 14 de febrero, se inicia en la Iglesia Católica el tiempo litúrgico de Cuaresma. Un tiempo destinado a la conversión interior con el objeto de prepararnos para la Pascua de Resurrección. La Cuaresma constituye en primer lugar, un tiempo de arrepentimiento por nuestros pecados y de conversión. La Cuaresma dura 40 días, comenzando el Miércoles de Ceniza y terminando antes de la Misa del Jueves Santo. El color litúrgico de este tiempo es el morado que significa luto y penitencia. Tanto el sacerdote como sus ornamentos se revisten de morado.

Recuerden que Cristo fue revestido con un manto púrpura antes de su crucifixión en son de burla. Es un tiempo de conversión espiritual. Son cuarenta días que se destinan a la realización de un profundo examen de conciencia a fin de ver en qué aspectos de su vida interior uno debe mejorar. En esto, el ser humano reconoce con humildad su imperfección y defectos, renovando su decisión de luchar por mejorar y vencer esos defectos, acercándose más a Dios y, en resumidas cuentas, luchar por alcanzar esa santidad que nos exige Cristo en el Evangelio.

En segundo lugar, la Cuaresma es un tiempo de oración y de práctica de la caridad. Hay que buscarse el espacio y el tiempo necesario cada día para hacer un rato de oración. La oración es fundamental para el crecimiento de la vida interior de toda persona. En el fondo, en la Cuaresma Cristo nos invita a cambiar de vida. Debemos escuchar y leer con más detenimiento el Evangelio, especialmente la Pasión de Cristo. Ello ayuda a entender muchas cosas. ¿Y por qué cuarenta días? Porque en la Biblia el número 40 es especial: se habla de los cuarenta días del diluvio, de los cuarenta años de la marcha del pueblo judío por el desierto, de los cuarenta días de Moisés y de Elías en la montaña, de los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto antes de comenzar su vida pública y después de su resurrección, etc. Cabe mencionar que la Cuaresma data del siglo IV, cuando se da la tendencia a constituirla en tiempo de penitencia y de renovación para toda la Iglesia, con la práctica del ayuno y de la abstinencia.

En tercer lugar, la Cuaresma es un tiempo de penitencia o mortificación. De allí que el Miércoles de Ceniza -al igual que el Viernes Santo- es un día de ayuno y abstinencia. El ayuno consiste en solo tener una comida fuerte ese día y la abstinencia en no comer carne. Para el hombre y la mujer del siglo XXI esto puede sonar a algo medieval, extemporáneo y hasta quizá cucufato.

Sin embargo, debemos entender el término penitencia, como sinónimo de sacrificio. Cuando un hombre o una mujer decide asistir a un gimnasio varias madrugadas a la semana y hacer ejercicios venciendo su flojera o levantándose más temprano; o deja de comer ciertos alimentos que le gusta o de beber ciertas bebidas que le encantan porque engordan y decide no consumirlos por algún tiempo o para siempre, está haciendo un sacrificio con un objetivo determinado: adelgazar, alcanzar un mejor rendimiento físico y mejor estado de salud. La salud corporal y el buen aspecto es algo bueno ¡qué duda cabe! Así como uno realiza sacrificios por tener un cuerpo y un aspecto más saludable y agradable, así también uno durante la Cuaresma realiza diversos sacrificios -pequeños y de manera cotidiana- que cada uno decide, con miras a la buena “salud” de su alma y estar más cerca de Dios.

Se ofrecen, por ejemplo, a Cristo momentos que generan molestias y las adversidades de la vida diaria, o algunos sacrificios de desprendimiento o renuncia a algún gusto legítimo, ayudándonos a desapegarnos o desprendernos de las cosas materiales a las cuales estamos muchas veces atados. Esto es lo que se denomina “penitencia”. Puesto que “no solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Lo dijo el mismo Cristo. De allí que es bueno de vez en cuando un poco de sacrificio el cual puedes ofrecerlo por infinitas razones: para que tenga más fe, por el perdón de mis propios pecados y faltas, por la salud de un familiar o amigo, para la solución de un problema personal o familiar, para que una persona se acerque más a Dios y deje la mala vida que lleva, por el país, etc. Todo esto tiene como base la humildad. De allí que cuando se imponen las cenizas el “Miércoles de Ceniza”, el sacerdote te diga: “Acuérdate que eres polvo y en polvo te convertirás” o “Conviértete y cree en el Evangelio”.

Finalmente, cabe mencionar las palabras del Papa Francisco en su mensaje de preparación a la Cuaresma 2018, cuando exclama: “¡Cuántos hijos de Dios se dejan fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que confunden con la felicidad! ¡Cuántos hombres y mujeres viven como encantados por la ilusión del dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de los intereses mezquinos! ¡Cuántos viven pensando en sí mismos y caen presa de la soledad!… ¡Cuántos son los jóvenes a los que se les ofrece el falso remedio de la droga, de unas relaciones de «usar y tirar», de ganancias fáciles, pero deshonestas! ¡Cuántos se dejan cautivar por una vida completamente virtual, en que las relaciones parecen más sencillas y rápidas, pero que después resultan dramáticamente sin sentido!”.

La Cuaresma es un tiempo estupendo para examinar nuestras vidas y encontrarle su sentido en Dios. De otra manera, nuestras vidas no tendrán razón de ser y caeremos en esa depresión y vacío de lo que tanto vemos hoy a diario en muchísimas personas. Por ello Francisco insiste: “Cada uno de nosotros, por tanto, está llamado a discernir y a examinar en su corazón si se siente amenazado por las mentiras de los falsos profetas. Tenemos que aprender a no quedarnos en un nivel inmediato, superficial, sino a reconocer qué cosas son las que dejan en nuestro interior una huella buena y más duradera, porque vienen de Dios y ciertamente sirven para nuestro bien”. Aprovechemos estos días de Cuaresma para examinar nuestra vida y encontrarle su verdadero sentido. Les aseguro que alcanzaran realmente la paz… y la verdadera felicidad por añadidura.

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