La doble moral nos gana, por Raúl Bravo Sender

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Nos está ganando la doble moral. El último Sábado 13 se llevó a cabo una multitudinaria marcha en contra de la violencia a la mujer. Todos desaprobamos cualquier forma de violencia, física o psicológica, sea en contra de mujeres, hombres, niños, adolescentes, adultos mayores, etc. Sin embargo, estamos sobredimensionando al hombre como el único victimario. No se trata de una guerra de sexos. La protesta no lo es contra los hombres sino contra la violencia, venga de donde provenga. Se ha perdido la brújula tratando de encontrar un causante, al punto de alimentar la división entre feministas y machistas.

Exhortan y salen a marchar muy orgullosos y poseros, pero se olvidan que al mismo tiempo son cómplices o partícipes de series y programas de televisión personificando a mujeres disminuidas, abusadas, violentadas y expuestas. ¿Con qué autoridad moral hablan sobre la violencia a la mujer si a la vez la promueven e incentivan? Hay que poner las cosas en su lugar y superar mitos y dogmas sobre los que descansa esta hipócrita peruviana sociedad, como las ideas equivocadas de que la mujer es el género débil o, que su único agresor es el hombre, dando lugar a una legislación parcializada. La prensa no administra justicia sino el Poder Judicial, y si no se está conforme con sus fallos, para eso se puede impugnar.

Creo en individuos titulares de derechos, que se ganan un espacio en la sociedad, no en razón de sus condiciones (mujer u hombre, joven o adulto mayor, capitalino o provinciano, nacional o extranjero, blanco, negro o serrano, católico, testigo o ateo, militar o civil, etc.), sino en función de sus capacidades. Creo en individuos capaces de hacer valer sus derechos ante los tribunales sin ayuda de nadie –salvo la asesoría de un abogado- ni victimizándose en razón de su condición para lograr la gracia de la sociedad y del Estado. La ley es para individuos, y no exclusivamente para hombres o mujeres.

Reconozcamos que entre hombre y mujer existen diferencias naturales, pues la naturaleza los ha colocado para que dependan mutuamente. Hoy, la civilización occidental laica, plural y abierta –de la que nos jactamos de pertenecer-, reconoce la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres, en una democracia. Un escenario de competencia –como lo es el mercado- en el que se premia el talento y el esfuerzo por el mérito y las capacidades de cada individuo, y no porque se instrumentalice al Estado para sacar ventaja, por el solo hecho de ser mujer –o trabajador o consumidor, las partes débiles de sus respectivas relaciones, se dice-; es decir, como si por tal condición de antemano se les debiera premiar. Eso es mercantilismo.

Ser hombre, mujer, joven, adulto mayor, nacional, extranjero, capitalino, provinciano, no otorga privilegios. El riesgo de estas manifestaciones parcializadas es que pueden desviarnos de uno de los objetivos del estado de derecho, cual es el de asegurar la igualdad formal de todos ante la ley. Ésta no es un instrumento para otorgarse derechos en desmedro de la generalidad, ni mucho menos para cobrarse revancha. Es evidente la carga emotiva y violenta que ha prevalecido en esta marcha, por citar un videoclip promocional donde figuras como Wendy Ramos –quien paradójicamente protagonizó en una serie el rol de una mujer vejada- arengaron a participar con insultos sexistas.

En política, el oportunismo nos gana y hacemos lo que rentablemente resulta, dejando de lado lo que es correcto. Ya no se sabe a qué intereses responden estas manifestaciones, debido a su politización y manejo por los medios. Finalmente, la cereza de la torta de la semana de la doble moral se la llevaron los integrantes del Frente Amplio, quienes siguen negando que la Venezuela de hoy del sucesor de Hugo Chávez, Nicolás Maduro, sea una dictadura, a pesar que hacen todo lo contrario con el gobierno de Alberto Fujimori. Desafortunadamente se están invirtiendo los valores en el Perú.

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