[OPINIÓN] La gran corrupción en el sector privado

1.311

Siempre he pensado que la corrupción que se da en el sector público es de carácter social y se da en la misma proporción en el sector privado.

La economía de mercado permite procesos comerciales que terminan indeclinablemente en cierto tipo de corrupción por acaparamiento, por lo que todos los estados cuentan con leyes antimonopólicas o antioligopólicas. A pesar de estas leyes, sin embargo, y gracias al ingenio y creatividad, el pez grande se come al chico.

Ocurre con el antiguo “chino de la esquina”: la bodega de barrio de la primera mitad del siglo pasado, que ha sido desplazada por los grandes supermercados, que manipulan a su gusto los productos que ofrecen, de acuerdo a los precios y condiciones de pago que puedan pactar con los productores de las pequeñas y medianas empresas.

Ocurre con las antiguas boticas que, además, rotaban por hacer turnos de noche, con el fin de atender a las emergencias, que ahora sufren una competencia dura e insensible de las cadenas de farmacias, que son empresas monitoreadas con criterios y estándares internacionales de acaparación del mercado.

Ocurre con los médicos que antes ponían su placa en su consultorio y la gente acudía a atenderse según el conocimiento que tuviera del galeno, mientras que ahora el médico se ha convertido en un empleado de un consorcio de clínicas manejado por grupos financieros vinculados a la banca y los seguros, y que reciben órdenes de cuánto tiempo deben dedicar al paciente, cuánto deben cobrarle si no tiene seguro y cuánto si lo tiene, y qué tipo de medicinas de marca o de genéricos deben dar en cada caso, que se vende en la farmacia de la clínica, al doble o triple de precio.

Ocurre con los textos escolares, donde se juegan millones para colocar tal título en el concurso del Ministerio de Educación, o se paga un estímulo monetario al profesor de aula para que recomiende tal o cual libro en detrimento de otro, indiferentemente a la calidad que tengan.

Ocurre en las tarjetas–del tipo que sean, de crédito u otra forma–que tienen un contrato de adhesión entre la empresa que la emite y el usuario que la utiliza, en la práctica sin saber el tipo de interés que tiene el dinero (el que guarda la empresa para su beneficio mientras que el usuario no la utilice, o el que paga el cliente cuando se sobrepasa del monto suyo guardado), o las consecuencias exactas que tiene la pérdida de la misma, tanto si es por robo o por descuido, de tal manera que el cliente nunca tiene la razón.

Ocurre tantas veces al día, que se podría hacer una letanía de casos, pero no tienen la espectacularidad mediática del escándalo político; tienen en cambio la elegancia del ladrón de guante blanco. Pero aunque el mono se vista de seda, como dice el viejo refrán de nuestras abuelas, mono se queda.