La grandeza en la pequeñez, por Alfredo Gildemeister

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El pasado domingo 4 de setiembre, su Santidad el Papa Francisco canonizó a la Madre Teresa de Calcuta. Aún recuerdo a aquella pequeña monjita que a mediados de la década de los ochenta, visitara el Perú hasta en cuatro ocasiones. En una de esas ocasiones, mi hermano Lalo me consiguió una entrada para la reunión que la Madre Teresa tendría con la comunidad católica peruana en el auditorio del Colegio de Jesús, en la avenida Brasil. No hacía poco tiempo, en ese mismo auditorio había podido conocer al entonces cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI, cuando visitó el Perú en aquellos años. El auditorio estaba atiborrado de gente. Yo era un muchacho más entre muchos, de veintitantos años de edad. En medio de fuertes aplausos apareció en el escenario la Madre Teresa. ¿Qué pensaría y sentiría esta pequeña y humilde monjita ante la multitud que la aplaudía y vitoreaba? Parecía una mujer venida de otra dimensión. Su intensa vida espiritual la desbordaba. Su humildad y sencillez sobresalía. Definitivamente, era una mujer de Dios y Dios estaba en ella.

Lo primero que destaca al menos para mí, y llama la atención al ver a la Madre Teresa, es el terrible y claro contraste entre su humildad, pobreza, sencillez o simpleza en todo su ser, versus el consumismo, boato y materialismo que permanentemente vemos a nuestro alrededor. Definitivamente, para nuestra sociedad actual, la Madre Teresa y su mensaje de amor y humildad constituye una gran bofetada. Son como polos opuestos. Madre Teresa es un reproche permanente a la sociedad actual, totalmente frívola, deshumanizada, egoísta y materialista. Así de simple y claro. De allí que, si bien millones de personas se sientan atraídas por su mensaje y su gran labor con los más pobres, algunos la rechacen o no la entiendan, o simplemente les incomode su manera de ser y gran labor ya que, mal que bien, la Madre Teresa es un reproche para aquellas personas que tanto abundan hoy, para las cuales el prójimo no existe pues solo viven egoístamente para sí mismos y para su plena satisfacción en todos los sentidos posibles.  La Madre Teresa es una mujer que dice las cosas de manera directa y clara –tal como también lo hacía el mismo Cristo- sin miramientos ni términos medios: “Seréis juzgados sobre el amor” ha dicho. Nuestras vidas no tendrán sentido alguno según cuando dinero o cuantos bienes haya uno acumulado o cuanto poder se tenga. Tampoco tendrá sentido alguno si se ha vivido una vida egoísta, centrada en uno mismo y pasándola bien mientras que el resto de la humanidad sufre carencias sin límite. Cuando le preguntaron: “¿Qué es un cristiano? Simplemente respondió: “El cristiano es uno que se da”. Así de simple. De allí que su mensaje incomode, fastidie a muchos hombres y mujeres que solo viven para sí.

La Madre Teresa dedicó su vida a los más pobres entre los pobres. Contaba que más pobreza y soledad encontró en la opulenta sociedad de Nueva York, que en la misma Calcuta. En relación a los más pobres, ha dicho que debemos tomar conciencia de su existencia y no ignorarlos, puesto que “…estas personas les están interpelando. ¿Los conocen? ¿Conocen cada uno de ustedes, ante todo, a los pobres de sus propios hogares? ¿Tenemos conciencia de que quizá en mi misma familia, en mi mismo grupo humano, puede haber alguien que se encuentre solo, que no se siente querido, que se siente mutilado? ¿Tengo yo conciencia de esto? A lo mejor mi propio marido, mi esposa, mi o mis hijos se encuentran solos en el hogar, en el hogar donde yo vivo. ¿Se darme cuenta de esto?” De allí que su canonización constituya un hecho muy importante y tan contrastante con el vivir consumista y hedonista de la sociedad actual. Dicha canonización incomoda repito a muchos puesto que de alguna manera constituye un reproche y una seria llamada de atención para la sociedad actual y su estilo de vida mundano y egoísta. Muchos medios de comunicación inclusive han omitido la noticia y otros simplemente la han minimizado. ¡Cómo no van a hacerlo! ¡Si toda la vida de Madre Teresa constituye un magnífico ejemplo de servicio hacia los demás, en especial hacia los más pobres en medio este mundo egoísta y envanecido en sí mismo!

Finalmente, cabe mencionar que Madre Teresa siempre fue una gran defensora de la vida, como no podía ser de otra manera. Cuando se refiere al aborto, su sonrisa desaparece, su arrugado rostro adopta una gran seriedad –y yo quizá diría que adopta una grave indignación- y nos dice: “Pero una pobreza todavía mayor la constituye el aborto… ustedes que han recibido tanto amor, den muestras de su amor mediante la protección del carácter sagrado de la vida. Porque ese pequeño niño no nacido ha sido creado a imagen de Dios. La vida de Dios está presente en ese niño no nacido. Hay países y personas que destruyen esa vida porque tienen miedo de ser capaces de alimentar a un niño más, de educar a un niño más, y obligan al niño a morir para que ellos vivan. Es aquí donde ustedes tienen que esparcir amor”.

Definitivamente la grandeza de la Madre Teresa, de su vida y su labor, brillan dentro de su pequeñez, humildad y gran amor. Muchos no entenderán su vida o simplemente les parecerá una gran estupidez. Sin embargo, esa pequeña y humilde monjita, le ha dado al mundo, de una manera callada y sencilla, una gran lección de amor, de servicio y de entrega al prójimo, en especial hacia los más pobres entre los pobres, dentro de un mundo en donde los pobres incomodan, estorban, no son tomados en cuenta. Santa Teresa de Calcuta nos ha enseñado que no estorban. Todo lo contrario, constituyen un gran tesoro porque en cada uno de ellos está Cristo crucificado, y no debemos olvidar que, finalmente, todos algún día “seremos juzgados sobre el amor”. Es lo único cierto que hay en la vida y lo único por lo que vale la pena vivir. Lo demás, es simple vanidad… y pasa. Nos lo recuerda esa pequeña y humilde monjita llamada ahora nada menos que Santa Teresa de Calcuta.

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