La Guzmanía y cómo prevenirla, por Pablo Ferreyros

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La candidatura de Julio Guzmán pende de un hilo. ¿Nos perderíamos de algo si es que fuera anulada? El autoproclamado outsider tiene cierta experiencia en el sector público y un posgrado en el extranjero.  Buena parte de los candidatos contra los que compite –incluido el resto de los seis primeros-, sin embargo, también. Tiene, desde luego, el perfil para ser un técnico de ministerio aceptable. Pero, ¿eso es suficiente para ser presidente?

Un primer problema con el candidato morado es que no tiene realmente un partido. Lanzó su candidatura a través de un vientre de alquiler y la impulsó con una campaña personalista centrada en él y en sus pergaminos.  Esto conlleva a una grave falta de capital político. Al no haber institucionalidad ni cohesión partidaria, lo más probable es que la bancada de Todos por el Perú se desmiembre poco después del cambio de gobierno.  Así mismo, es previsible que la lista congresal del “partido” en cuestión, debido al personalismo de su candidato presidencial, obtenga menos apoyo que este en las elecciones. Así las cosas, si Guzmán llegara a ser presidente se encontraría con serias dificultades para obtener apoyo del congreso. Lo mismo ocurrió con el último outsider que gano las elecciones, Alberto Fujimori; y ya sabemos cómo acabó la cosa.

Pero esta potencial dificultad para llevar adelante sus ideas no parece molestar a  Julio Guzmán, ya que, después de todo, no da muestras de tenerlas muy claras. Hay que reconocerle que no promete sandeces populistas como expandir las empresas estatales, duplicar el sueldo mínimo o controlar los precios de las mercancías.  Esto, sin embargo, es parte de una más amplia carencia de propuestas concretas en todo sentido. Habla de asegurar la felicidad de los peruanos, potenciar la clase media o invertir en las capacidades de la gente, pero no indica cómo piensa llevar a cabo aquellos bonitos deseos, comparables a los votos por la paz mundial de las reinas de belleza. Sí tiene, desde luego, algunas propuestas interesantes sobre temas específicos, como facilitar la obtención de créditos educativos o sistematizar la información de la administración pública. Pero estas no responden satisfactoriamente a cómo materializar los ejes de su plan ni permiten ver una línea definida sobre qué se piensa hacer. Es esta falta de un norte claro la que explica sus múltiples y ya conocidas contradicciones.

Creemos que Guzmán es consciente de su insoportable levedad, pero que la asume como un precio que está dispuesto a pagar. Lo que le ha permitido posicionarse en las encuestas es conquistar a un sector del electorado desencantado de la política tradicional y que buscaba algo nuevo. Para ello, no obstante, es necesario no tener un pasado en la política y carecer, por tanto, de partido, institucionalidad y trayectoria. Es necesario también un discurso light que agrade a todos: tomar posturas claras implicaría ganarse un antivoto y entrar en el terreno de lo debatible, lo que parece aterrorizarle. Su condición de veleta política, después de todo, se debe a su búsqueda de agradar con todo lo diga. Así, los dos problemas que hemos identificado en este artículo resultan en realidad inherentes a la candidatura de Guzmán, personalista e improvisada.

Los guzmaniacos que lo apoyan se consideran más pensantes que la media y poseedores de un voto más civilizado y primermundista. Un voto con esas características, sin embargo, sería uno que se centra más en las ideas y propuestas que en los personajes. Lo que Guzmán realmente representa es el personalismo y la pobre institucionalidad que caracterizan a la política peruana. No pertenecerá a la casta de políticos tradicionales y corruptos, pero sí a la de improvisados que se lanzan a tentar el poder con poco más que optimismo y frases hechas. Y esa es, de lejos, bastante más común y abundante que la anterior.  No hace falta recurrir a teorías conspirativas sobre Nadine o el sionismo norteamericano para dejar mal parado a Julio Guzmán, él mismo se encarga de eso.

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