¿La indiferencia como cultura?, por Alfredo Gildemeister

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“La indiferencia es un virus que infecta peligrosamente nuestros tiempos” ha advertido el papa Francisco en la mañana del pasado lunes 29 de enero, en la Sala del Consistorio del Palacio Apostólico, en la audiencia a los participantes en la Conferencia Internacional sobre la responsabilidad de los Estados, de las instituciones y de los individuos en la lucha contra el antisemitismo, y a los crímenes relacionados con el odio antisemita, audiencia que se celebró en Roma en el Ministerio de Asuntos Exteriores y de la Cooperación Internacional. Son palabras muy duras pero ciertas y es algo que Francisco viene repitiendo desde hace tiempo. En otras ocasiones, como cuando estuvo en Lima hace unos días, hizo mención a la “globalización de la indiferencia”.

Cuando vemos a diario a tanta gente caminar por la calle, imbuida en su propio ser, en sus propios asuntos, como si los demás y sus problemas o asuntos no les interesase para nada, sumergidos cada uno en su celular -como para no ver otra cosa que lo suyo- con audífonos bien metidos en los oídos -como parar no escuchar a nada ni a nadie- no nos debería llamar la atención que el ser humano se encuentre hoy, paradójicamente, más indiferente a los demás y por tanto, más sólo que nunca. Ya lo dijo la Madre Teresa de Calcuta cuando llegó a Nueva York por primera vez, y comentara que ha encontrado en Nueva York mas pobreza y soledad que en la misma Calcuta. De allí que el papa Francisco exhorte hoy a que nos ayudemos unos a otros a “fermentar una cultura de la responsabilidad, de la memoria y de la proximidad, y a establecer una alianza contra la indiferencia, contra toda indiferencia”.

No podemos negar que en el mundo actual, el individualismo a ultranza se impone sobre todas las cosas, amparado por unos derechos individuales que pareciera que son lo más importante de todo y sobre todo, dejando de lado el bien común de la sociedad civil. Ello ha originado que las personas vivan en medio de un gran egoísmo, esto es, seres humanos centrados en ellos mismos y en nada ni nadie más. La indiferencia hacia los demás es la consecuencia inmediata de esa manera de vivir y de pensar, con las consecuencias que ello conlleva, porque “es la indiferencia la que paraliza e impide hacer lo que es justo incluso cuando se sabe que es justo” ha observado bien Francisco, y agrega lo siguiente: “No me canso de repetir que la indiferencia es un virus que infecta peligrosamente nuestros tiempos, tiempos en los que estamos cada vez más conectados con los demás, pero cada vez menos atentos a los demás. Y, sin embargo, el contexto globalizado debería ayudarnos a comprender que ninguno de nosotros es una isla y que nadie tendrá un futuro de paz sin un porvenir digno para todos”. Efectivamente, estamos todos muy “conectados” con las redes sociales. Todos a través de éstas se escriben a los “cientos” de “amigos”, se envían “likes” y “comparten” videos, textos, fotografías y hasta oraciones y, sin embargo, como bien dice Francisco, estamos cada vez más alejados y menos atentos a los demás. ¿No es una paradoja? ¿No suena absurdo que cuando más conectados estamos hoy los seres humanos, realmente es cuando vivimos solos y más incomunicados con la persona que se encuentra a mi lado, esto es, estamos menos atentos a la vida de los demás?

De allí que tenemos que luchar contra esa “cultura de la indiferencia” globalizada, que afecta a las personas hoy como si se tratara de una epidemia. La indiferencia es lo opuesto a la solidaridad, al amor al prójimo, y no me refiero al prójimo como a ese desconocido que ves por la calle, que también dicho sea de paso es tu prójimo, sino lo que es más increíble y perverso aún, indiferencia ante tu propia familia, los problemas, alegrías y tristezas de tus hermanos y hermanas, de tu esposo o esposa, hijos e hijas, novio o novia, enamorado o enamorada, padres y abuelos, amigos y compañeros de trabajo, etc. Francisco nos aconseja lo siguiente: “ayudémonos unos a otros… a establecer una alianza contra la indiferencia, contra toda indiferencia. El potencial de la información ciertamente ayudará, pero será aún más importante la formación. Es urgente educar a las generaciones más jóvenes para… superar las contradicciones del pasado y para no cansarse nunca de buscar al otro. De hecho, para preparar un futuro verdaderamente humano no es suficiente rechazar el mal, sino que es necesario construir juntos el bien”.

La indiferencia “seca” el alma y el corazón de las personas. Si ponemos nuestro corazón en el solo “pasarla bien”, en el dinero, el comer y beber bien, el poder y el éxito profesional, terminaremos convertidos en unos solitarios seres egoístas e indiferentes ante los demás. No solamente seremos parte de la cultura de la indiferencia. Peor aún: caeremos en la enfermedad de la indiferencia.  Acabamos de tener al Papa Francisco con nosotros en el Perú. Nos ha dicho muchas cosas. Esperemos que su visita no quede como una mera anécdota bonita, un recuerdo simpático o algo interesante que le podamos contar a nuestros hijos y nietos. Francisco no ha venido para eso. Este hombre de 81 años de edad, con la carga de trabajo más pesada que pudiera tener persona alguna en este planeta, cansado y con mil preocupaciones encima, ha venido hasta nosotros para darnos esperanza y decirnos que tenemos que cambiar, y el ser indiferentes y vivir “tu vida” a “tu manera” no es lo mejor. En la medida que pensemos en los demás y nos entreguemos y preocupemos por los demás, es que el ser humano encontrará la verdadera felicidad, pues “es dando que uno recibe” y, como bien dice Francisco, “ayudémonos unos a otros… a establecer una alianza contra la indiferencia, contra toda indiferencia… para preparar un futuro verdaderamente humano no es suficiente rechazar el mal, sino que es necesario construir juntos el bien”.

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