La Jornada Mundial de la Juventud, por Mario Arroyo

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Con reiterativa frecuencia se escucha que la fe y la práctica religiosa están agonizando, que son cosas del pasado, que no tienen cabida en este mundo nuestro, hipercomunicado, de innovaciones tecnológicas vertiginosas, que nos llevan a pensar que el hombre no necesita ni de Dios ni de religión, pues puede considerarse dios de sí mismo y autorredimirse. Sin embargo, una vez más, como cada dos años en diferentes lugares, estos días en Cracovia ha tenido lugar una fuerte inyección de esperanza a este cansado mundo. La Jornada Mundial de la Juventud reúne cada dos años a millones de jóvenes provenientes de todo el planeta. ¿Qué es lo que aúna a estas personas? No es una estrella de rock, no es un líder político, no es una ideología. Es una persona, Jesucristo. Lo maravilloso de este encuentro de fe es que los protagonistas son jóvenes. Una vez más levanta uno la mirada y descubre que esas oscuras proyecciones no responden a la realidad, y que, con palabras de Benedicto XVI, “la Iglesia está viva y es joven”.

El gran protagonista del evento no es Francisco. En todo caso es un testigo privilegiado de la fe viva que anida en el corazón de los jóvenes. Los protagonistas son ellos, que buscan “algo grande y que sea amor” (en expresión de san Josemaría). Jóvenes, a quienes Francisco invita a “no dejarse arrancar la esperanza”; que no se resignan a tener la visión cansina y desesperanzada que a veces transmitimos los adultos, adivinando que nuestra vida no es una mera casualidad, fruto del azar impersonal, sino que responde a un llamado personalísimo que nos dirige  Dios mismo. Una vida que tiene entonces una misión, un sentido, un valor. Son jóvenes que se niegan a aceptar, como parece quererles imponer “la visión oficial”, que estamos “hechos en serie” y, por el contrario, piensan que “Dios nos ha hecho en serio”.

Para quienes tenemos fe y no estamos tan jóvenes, sin lugar a dudas este evento supone un punto de inflexión, una bocanada de aire fresco, en medio de las tristes noticias que llenan las páginas de los diarios. No todo está perdido, la fe no es cosa del pasado, tiene, por el contrario, un futuro prometedor, pues anida en corazones jóvenes provenientes de los cuatro puntos cardinales, que se reúnen en torno al Papa para confesar su fe en Cristo. ¿Qué atractivo ofrece la fe? Muchos especialistas en mercado, publicistas, amantes de las estadísticas, etc., piensan que a los jóvenes solo les interesa el sexo, la diversión, los videojuegos, los excesos fruto del alcohol y las drogas. Lo cierto es que ningún evento reúne a tal cantidad de jóvenes como este, dedicado exclusivamente a profesar públicamente su fe en Jesús. Quizá las proyecciones de todos estos gurús son falsas, o por lo menos, incompletas.

Y si preguntamos un poco más, ¿qué atractivo puede tener Jesús para los jóvenes?, ¿por qué seguir a un personaje que vivió hace dos mil años y murió ajusticiado en una Cruz?, ¿qué ven o qué encuentran en Jesús? Es un misterio, pero quizá descubren en Jesús  “un ideal noble y grande, por el que vale la pena dar la vida” (San Josemaría). En efecto, como bien ha visto Fabrice Hadjadj, “un joven no busca sólo razones para vivir; también y sobre todo -porque no podemos vivir eternamente- busca razones para dar su vida”. Es verdad que muchos han perdido la brújula cristiana, el horizonte cristiano como punto de referencia, y no pocos de estos náufragos se han abandonado a la espiral del sinsentido, a través del sexo, las drogas, el alcohol, el consumismo. Otros, buscando ideales grandes y no queriéndose rendir a los falsos sucedáneos de Dios que ofrece la vacía y hueca cultura occidental, han sido seducidos por los atractivos de fundamentalismo religioso, ingresando a las filas del Estado Islámico.

Es comprensible que los medios a duras penas quieran hacer eco de semejante evento. Ellos se empeñan en transmitir una imagen desesperanzada de la existencia, presentar un mundo cerrado en sí mismo, sonreír irónica y condescendientemente a las ansias de trascendencia, como quien lo tiene ya superado. La JMJ les muestra, por la vía de los hechos, que no es así. Que son ellos los viejos, los que tienen una visión cansada del mundo, pero que la fe, una y otra vez, como ave Fénix, vuelve a renacer en los corazones jóvenes, mostrando que todavía existe esperanza en este mundo, y que esa esperanza tiene un nombre: Jesucristo.

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