La Libertad de Prensa amenazada, por Ernesto Álvarez Miranda

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Es posible que el desarrollo de la libertad de prensa tenga directa relación con la libertad de participación política y que el derecho a la información sea tan esencial como el derecho a organizarse políticamente para participar en elecciones.

En el siglo pasado, los partidos políticos tenían cuatro funciones principales: sistematizaban corrientes relevantes del pensamiento político, preparaban a los futuros cuadros del gobierno, canalizaban las reacciones de la opinión pública, y seleccionaban a los candidatos sobre los que el elector se debía pronunciar. Es conocido que sólo conservan la última función, y que la segunda les ha sido arrebatada por los medios de comunicación, los mismos que ahora se defienden de una nueva transformación, pues las redes sociales tienen más inmediatez, credibilidad y cercanía con el ciudadano de a pie.

Pues bien, como los partidos políticos tenían esas cuatro importantes funciones, no solo fueron constitucionalizados sino que fue reglamentada su actividad, cada vez con mayor detalle, incorporando nuevas obligaciones y prohibiciones. En ese sentido, la primera ola contraria a las oligarquías partidarias impulsa mecanismos de democracia interna, tanto para la elección de dirigentes como para la selección de candidatos a cargos públicos y luego, diversas técnicas para impedir que los aportantes financieros de las campañas electorales, puedan tener excesiva influencia en los gobiernos recién elegidos. Por tanto, teniendo carácter privado y de libre organización de acuerdo a su estatuto, la legislación los ha convertido en verdaderas instituciones públicas.

En la otra vereda, observamos a los medios de comunicación organizados como empresas privadas dedicadas a la comunicación social, que han sabido compartir primero y luego apropiarse, de la capacidad de canalizar la opinión pública, orientando incluso no solo la evolución de las emociones de los consumidores, incluso también, la misma agenda gubernamental, en función de titulares y de auténticas campañas mediáticas en las que se dirige la atención de la sociedad hacia determinados causas, y se la aleja interesadamente de temas inconvenientes. Ya en el siglo pasado fue denominada “el Cuarto Poder” en alusión a su inmensa capacidad de lograr consecuencias políticas a través de intensas campañas para promover o para destruir la imagen pública de una candidatura, una posición ideológica o una medida gubernamental.

Sin embargo, y a diferencia de los partidos políticos, los medios de comunicación lograron que cualquier intento de establecer controles racionales a su accionar, fuese relacionado inmediatamente con la pérdida de libertades y la intención de concentrar el poder político. Claro está que cualquier grupo que pretenda arrebatar el poder a los ciudadanos para trasladarlo a la oficina de algún sátrapa moderno, requiere necesariamente de coactar, suprimir, o condicionar el libre raciocinio de las empresas de comunicación. Por ello, resulta sumamente delicado discutir el tema aún en el ámbito académico, habiéndose instalado la idea cómoda, de que es preferible una prensa sin ningún mecanismo de control, no ya de contenido pero sí de financiamiento empresarial.

Pero como bien advertía Giovanni Sartori, se ciernen siniestras sombras sobre el redactor que escribe en su computadora o el reportero que edita su informe: la primera amenaza, propia de los países desarrollados, es que se siguen fortaleciendo los grandes grupos empresariales, inmensas concentraciones de capital, con intereses distribuidos en variadas iniciativas económicas e instituciones financieras de envergadura mundial. Para estos grupos, es imprescindible el manejo conveniente de la opinión pública para mejorar las perspectivas de sus negocios. Y de otro lado, la segunda amenaza, más usual en los países no desarrollados, es que el Estado es omnipresente en todas las actividades humanas, decidiendo quién triunfa y quién fracasa en los sectores económicos. Frente a lo reducido de los mercados internos, la publicidad  estatal termina por ser esencial para la supervivencia de las empresas de comunicación, y por lo mismo, su distribución es un condicionamiento feroz para los directores de medios. Para apropiarse de la línea editorial es más eficaz incrementar la publicidad, o simplemente suprimirla.

El reto actual de las élites políticas que desean fortalecer los valores de la democracia moderna es el de darle un correcto tratamiento legal a ambos problemas, a fin de poder seguir hablando de libertad de prensa, la que sigue siendo fundamental para la construcción de verdaderos Estados de Derecho.

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