La Lima que se va, por Javier Ponce Gambirazio

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LA LIMA QUE SE VA fue el primer bar que vi morir. Era refugio de condenados y tenía la apariencia de un infierno. Un antro en todo el sentido de la palabra. Sucio, oscuro y clandestino, pero atractivo y acogedor cuando eres despreciado por las huestes de la normalidad. Eran los años ochenta y cualquier gesto ambiguo desataba la furia moralista. Castigo físico, verbal y exclusión social. Y sin derecho a denunciarlo.

En el Perú nunca ha existido una ley que prohíba la homosexualidad, sin embargo, desde la Colonia se arrastra la barbarie que dejó la Inquisición, agredirnos con la impunidad que da hacerlo en nombre de Dios. Las cosas cambian poco. El 30 de setiembre de 1603, uno de mis antepasados, Jerónimo Ponce, fue quemado en la hoguera junto con su amante Domingo López por sodomitas, (Archivo General de Indias, Escribanía 1075C, f.98v).

Quedaba en Breña, frente al Amauta. De día funcionaba como cevichería y por las noches se convertía en uno de los bares emblemáticos de la historia homosexual del Perú. Ahí se celebró el primer Miss Universo Gay y la ganadora se llevó como premio una caja de mayólicas blancas. El dueño, a quien le decían La Carlota, te recibía en la puerta con la camisa abierta exhibiendo sus innumerables cadenas de oro. Si no eras conocido, el local se reservaba el derecho de admisión. Ya habían tenido problemas con gente que se hacía pasar por gay para luego sacar cuchillo y emprenderla contra cualquiera de los asistentes.

Pero el peligro no acababa cuando estabas dentro. Ahí comenzaba la verdadera aventura. El público que frecuentaba el bar estaba compuesto mayoritariamente por travestis y sus maridos, camioneros, soldados y delincuentes. En esa época no se hablaba de trans. La clasificación comprendía a los transformistas como Vinko o Javier Temple que luego de hacer un show se quitaban el disfraz, las travestis que se vestían de mujer habiendo nacido hombres, y las transexuales que daban un paso más y se operaban. Las otras diferencias que hoy conocemos todavía no habían sido nombradas. El habla cotidiana las llamaba a todas tracas. Vestirse de mujer era traquearse y si lo hacías entre amigos era jugar al camerín.

Muchas tenían una actitud distinta a la actual. Atacadas hasta el hartazgo, respondían con violencia, aunque no hubieran sido ofendidas. Era un mecanismo de supervivencia. Hoy han cambiado su manera de aproximarse, pero del otro lado, el trato no parece mejorar. Siguen siendo víctimas de agresiones, especialmente de parte de quienes deberían cuidarlas, el serenazgo y la policía.

En ese entonces, entrar a su territorio era un riesgo. Había que mantener la mirada en el aserrín del suelo hasta que llegabas a la barra donde El Marujón servía los tragos. Si cometías la torpeza de mirar a alguna, la pelea con su marido era fija. Y si lo mirabas a él, aún peor. Ella tenía todo el derecho a reventarte por atrevido. El marido de la traca es como una mujer, no se le mira nunca, rezaban las reglas.

Una de las últimas noches, una traca inmensa se me vino encima dejándome paralizado. Sin trámites, se empujó la cerveza, tomó la botella del pico y la rompió contra el suelo. Me la puso cerca al cuello y preguntó, ¿bailas? Por supuesto que bailé. Resultó encantadora. Nos hicimos amigos. Se llamaba Luvel. Poco tiempo después la mataron. Murió el mismo día que cerraron el bar. Descansa en paz, Lima que se va.

Foto: JORGE LUIS SEGURA