La literatura y yo

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Una estrategia escritural es emplear la primera persona singular en el texto dando la sensación de que el autor es parte del relato. El lector podría presumir, no sin razón, que el presente artículo hablará sobre una preferencia personal hacia la literatura. Pero, aquí se aplica como técnica narrativa. Si la analizamos con más detenimiento, el enunciado también hace referencia al “yo” del lector, a ese “yo” que está leyendo este texto y que también va a reflexionar sobre qué es literatura.

El primer artículo de esta columna concluye en que leer literatura en este milenio virtual sí vale la pena. Este segundo artículo responderá dos interrogantes que quedaron pendientes: qué es literatura y qué obras literarias valen la pena leer. A la primera interrogante, Jorge Luis Borges afirmaba que “La literatura no es otra cosa que un sueño dirigido”. Es decir, el yo-escritor abre al yo-lector los mundos creados por su imaginación, tomando cuadros de la vida real y retratando las luces y las sombras que nos rodean. A través de la literatura, los dos comparten las alegrías y dolores de la historia humana, aunque con una vuelta de tuerca.

La siguiente pregunta es qué literatura vale la pena leer. Séneca proclamaba que “No es preciso tener muchos libros, sino tenerlos buenos”. Pero, ¿qué libro es bueno? He ahí el dilema. Una primera forma de conocer la bondad de las obras es calibrar si en ella se honra la verdad. Para Miguel de Unamuno, el verdadero escritor “…sólo puede interesar a la humanidad cuando en sus obras se interesa por la humanidad”. Es decir, si lo que el escritor dice se ajusta a la verdad del hombre, entonces su obra perdurará. La verdad atrae, la verdad reconoce lo auténtico, y lo auténtico reverbera en el alma del hombre.  Una segunda forma de saber si la obra es buena se mide a través del tiempo y del espacio. Obras buenas son aquellas que perduran años tras años, siglos tras siglos, de cualquier cultura y en cualquier parte del mundo. En una palabra, las obras que valen la pena leer son aquellas consagradas por la tradición de cada lengua y de cada nación.

Estas dos primeras condiciones son imperativas al seleccionar los libros. Cuando estas dos condiciones se han cumplido, hay una tercera condición que, desde una perspectiva personal, no debe faltar: ¿me gusta la obra que estoy leyendo? Parafraseando a Jorge Luis Borges, la vida es muy corta para leer libros que no nos gustan. Leer es un placer que debe satisfacer a la persona, (salvo si se lee por obligación, en cuyo caso la lectura es impuesta). Entonces, el lector en potencia preguntará: ¿acaso puedo leer las aventuras de la saga de “Harry Potter” de J. K. Rowling? La respuesta es un sí rotundo; ¿por qué no? Hoy por hoy, “Harry Potter” se ha convertido en un clásico de la literatura fantástica junto con “El señor de los anillos” de J. R. R. Tolkien, “Las crónicas de Narnia” de C. S. Lewis y “La historia sin fin” de Michael Ende, entre otros más.

Sergiu Celibidache, músico y conductor rumano, decía que “…la belleza es solo un paso en el camino de la verdad”. Literatura, como toda arte humana, es belleza cuando conduce a la verdad; lo contrario pervierte el sentido intrínseco de literatura. En resumen, aquí lo que importa es escoger con criterio obras que alimenten el alma, que abran la mente y la imaginación hacia mundos inesperados; las buenas obras literarias son escritas con verdad y belleza y alimentan el espíritu del yo-lector.