La lógica del don es la real política de salud, por Aldo Llanos

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Fue un domingo en la noche cuando los cólicos vesiculares empezaron y se volvieron insoportables. Ya se veía venir. Ni modo a correr a mi centro de ESSALUD más cercano.

Dicen que este dolor una vez desatado es tan o más fuerte que el dolor de parto y la verdad es que ya me estaba doblando por su intensidad. Que roche. La gente en emergencias habrá pensado como un tremendo hombrón de 1.85 metros es incapaz de aguantar un cólico. Pero ese no era un cólico, era “el cólico” y eso que la pegué de resistente por un momento motivado por la película “The revenant” de Leonardo Di Caprio que había terminado de ver hacía unas poca horas. Igual me la pasé sentado en una silla de plástico debido ya que no había camillas. Todas estaban ocupadas por gente igual o peor que yo.

Ahora sí no me salvaba. La operación a la que tanto le había huido se empezaba a concretizar. Los análisis ya estaban listos y el médico de guardia, bastante joven, los estaba leyendo. Lo cierto es que tuve que despertar al pendejo ya que había pasado una hora de espera después del escueto “siéntese que el médico en un momento lo llama” de la técnica.

– Sus resultados están bien señor…

– ¿Perdón doctor?, ¿no ve que estoy mal?

– Es que sus resultados no son determinantes para una operación de emergencia…

– ¡Pero ya hace varias horas que el dolor es insoportable!

– Lo siento no puedo ingresarlo, le daré unos calmantes y si está peor vuelva y quizás ahí lo ingresamos.

La clásica, me dije, estos tienen que verte agonizando para recién atenderte. Pero, pasó un día y me puse peor. En medio de todo me puse a ver tv y escuchar a los candidatos a las elecciones presidenciales hablando –paradójicamente- de sus planes en salud pública. Ni modo a buscar una clínica.

La buena voluntad de mis amigos que acudieron a mi llamado por Facebook solo reveló una cosa que ya la sabía pero que no la había “gozado” en carne propia: la buena atención sanitaria en  el Perú es un lujo. Me dieron nombres de renombradas clínicas y al llamar ingenuamente solicitando costos me di de cara con la dura realidad. “No puede ser”, ¿por qué tiene que ser así?, ¿y qué hay de los muchos peruanos que solo les queda esperar en ESSALUD o en los hospitales del MINSA?

Hasta que ocurrió lo inesperado.

– Aldo, ¿conoces la Clínica Fulanito?

– Claro está en Monterrico, fuera de mi alcance inmediato

– Ya, esta es una Obra de San Camilo, y sus religiosos han tenido a bien tener una clínica en Barrios Altos para gente que no pudiera pagar la Fulanito.

– Bueno, pero…

– No, espera, hay más. Los médicos de la Fulanito rotan por Barrios Altos así que no esperes más. Ve ya.

Así que aterricé en Barrios Altos, en el corazón de Lima, en donde la madre Gabriela, italiana de nacimiento, me recibió de la mejor manera. Hasta me dieron un cuarto frente a la capilla del Santísimo. La clínica ofrece servicios de todo tipo a bajo costo y desde tempranito una larga fila de personas ya espera a ser atendidas en sus consultorios.

¿Por qué escribo esto?, porque este tipo de labores son necesarias ya que el pueblo lo necesita y el Estado no se da abasto para todos. Sin embargo, una desubicada candidata presidencial decía en televisión unos días atrás que entre sus planes de gobierno estaba derogar los beneficios que la Iglesia Católica tiene con el Estado para poder mantener este y otro tipo de obras educativas y asistenciales. Si pues, por candidatas como esta es que el Perú nunca avanzará.

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