La luz verde: El deseo y la esperanza.

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La metáfora de la luz verde. Ni fantasma ni fuego fatuo, la propiedad que la luz verde posee en la novela de Fitzgerald es verdaderamente sorprendente. No es el elemento visual que provoca en el espectador/lector/viajero una cierta sensación de misterio y magia. Más de lo que se compone esa luz, eso es interesante. Para Jay Gatsby- James Gatz y los muchos otros que son parte del personaje- La luz verde en el muelle era el símbolo del deseo. En medio de la noche, caminar hasta la playa y mientras las olas se mecen y besan la arena con suavidad, notar la luz verde haciendo su habitual acto de presencia, y esta a su vez teniendo a la noche en vela para observar a Gatsby. Con la mano alzada como puente, como señalamiento, como brújula apuntando hacia su norte, esperando siquiera rozar el anhelo más grande que su corazón y sus acciones delataban con una voz tácita.

Gatsby deseaba alcanzar la luz verde, sentir su calor abrazándolo hasta que, en palabras del autor, “la encarnación fuera completa”. Y la materia prima de aquella encarnación era Daisy. La que hizo toda la historia posible. Gatsby estaba prendido del deseo. El deseo de volver a amar, no a la Daisy del tiempo de la novela, sino a una Daisy joven y floreciente, a “la” Daisy joven y floreciente. La chica que el destino eligió para él y para todos nosotros lectores.

Pero lamentablemente, cuando el deseo encuentra su satisfacción agoniza, rápido o lento, y muere. Y fue peor para Gatsby darse de cabeza contra la pared, entender que la Daisy que amó en los años de su juventud había desaparecido en el objeto que se había empeñado en obtener. Porque solo era entonces un objeto idealizado cuando Gatsby finalmente logró su cometido y toda la magia que antes plagaba a la luz verde se fue, “su cuota de objetos encantados se había reducido de uno a cero”.

Y la esperanza. También estaba en el mismo vehículo que el deseo. Pero esta tenía un lugar más fuerte dentro de las mitologías de Gatsby. Porque, a mi parecer, esta era el sentimiento que había engendrado al deseo. Paradoja, algo más puro que se destila hacia lo perecedero. El deseo muere, la esperanza no. Y fue la esperanza la que no conoció tiempo ni espacio, la que siguió manteniendo vivo a un expectante Gatsby hasta la hora de su muerte. Esperando la llamada de Daisy, la confirmación misma del sentido de su vida.

Pero en esta dualidad de luz verde hay un tercer elemento: el amor. Porque nada sucede sin la emoción primaria, esa que engendra al sentimiento y al deseo. El amor creó el éxito de Gatsby y el amor hizo que Wilson lo matara a sangre fría. El amor crea con la misma fuerza con que destruye y da un poder inmenso a aquel que está enamorado.