La mitad mas uno, por Ernesto Álvarez Miranda

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Las palabras de Keiko en la puerta de la casa del Arzobispo, intentan expresar un compromiso con la democracia y la institucionalidad, a pesar que fueron unidas a un áspero discurso, coherente con la permanente actitud defensiva de la mayoría de fujimoristas, similar al Apra en los primeros años de la década de los 50’. Los compañeros salían de los rigores de la clandestinidad; su líder y su partido eran permanentemente vejados en los medios de comunicación, sus militantes excluidos de los empleos estatales, incluso en el terreno social era riesgoso confesar simpatía por la estrella, el aprista era visto con desconfianza. Se explica entonces que las conversaciones de política culminaran en discusiones, y las discusiones en pugilatos. El compañero se defendía como podía, en una sociedad mayoritariamente hostil, lo que acrecentaba su sentido de pertenencia, su mística, y otorgaba a su organización partidaria una solidez sorprendente e inusual.

Hoy es el fujimorismo ese grupo diferente, polarizador. Curioso, pues en los 90 se hubiera sospechado que ese rol lo cumplirían los partidos de izquierda marxista, en gran medida cómplices de sus hermanos terroristas; por el contrario, disfrutan de respetabilidad en el ámbito cultural y social. Casi no hay un diario que no tenga, por lo menos, un par de columnistas simpatizantes de la hoz y el martillo, ni un canal de televisión que se considere moderno y plural que no reitere invitaciones a comentaristas políticos marxistas. Todo lo contrario sucede con el fujimorista. Ha sido excluido de los principales medios de comunicación y su presencia en los sets de televisión suele ser causante de la irascibilidad de los conductores, que suspenden cortesías para avasallar a su ocasional invitado naranja.

Dentro del ámbito universitario por ejemplo, varios colegas que profesan valores democráticos y aspiran a contribuir en la construcción de una sociedad tolerante y plural, han manifestado su indignación por la reunión del Presidente con la actual líder partidaria de la mayoría parlamentaria. Saben perfectamente que no se puede gobernar contra el Congreso, su instrucción académica les informa que se requiere de un nivel mínimo de coordinación para evitar conflictos innecesarios y así dar viabilidad al programa gubernamental. Pero no, sus emociones no provienen de consideraciones racionales, se trata de odio. El fujimorista lo sabe. Al igual que con el compañero de los 50’, las discusiones no tardan en salirse de los cánones.

Paradójicamente, el fujimorismo se hace fuerte como grupo social en función a esa marginalidad política. El poblador de asentamiento humano no se identifica con la vanguardia del proletariado sino con el partido que no acaba de calzar en los parámetros tradicionales y representa la informalidad peruana en toda su dimensión, incluso en la institucional. Comparte el mismo modelo económico con la agrupación PPK y el herido PPC, pero FP ha logrado representar a buena parte de los sectores populares, integrándolos en un programa populista y conservador, que si bien no ha sido claramente delimitado, es compartido posiblemente por la mayoría del país. En coherencia con ello, sus líderes son diferentes en muchos aspectos a los de PPK, habiendo acomodado el tono del discurso, los gestos y actitudes, a la composición de su electorado.

Precisamente, su principal problema es alcanzar la mitad más uno de los votos en segunda vuelta, conquistando un pequeño porcentaje que le falta y que se ubica en la clase media moderada e institucional, sin desnaturalizar su esencia popular. Merecer la confianza de parte de los ciudadanos formales, sin perder ni un solo voto de su tradicional base social. Los apristas obtuvieron la solución a su problema décadas después, con la aparición del fenómeno Alan García. Es posible que el fujimorismo  encuentre su oportunidad en una súbita exclusividad a la derecha del espectro, ante el previsible desgaste del partido de gobierno y un PPC probablemente disminuído por su aparente incapacidad de organizarse en torno a una figura carismática. Allí si, conservadores de corbata se tendrían que alinear a los emprendedores en zapatillas.

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