La muerte de la década

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Se murió Hugo Chávez entre las lágrimas de muchos venezolanos que lo entierran como a un padre, aquel padre de billetera ancha que se encargaba de mantener satisfechos a aquellos que le sirvieron de ‘fans’ los años que duró su dictadura. No me alegro por su muerte pero tampoco me apeno. La veo como algo que tenía que pasar, algo que seguramente ayudará al crecimiento de la democracia en América Latina, una democracia que se ha visto debilitada por este tipo de gobiernos que la tuercen a su favor para perpetuarse en el poder.

No ha muerto un héroe, no ha muerto un santo; ha muerto, y hay que decirlo claramente, una de las figuras más infames de la política sudamericana, un hombre que no tenía reparos en repartir insultos por todos lados, burlándose de los países donde la democracia era real. Ha muerto aquel hombre que con actitud matonesca usaba su programa de televisión (que duraba 12 horas todos los domingos) para azuzar a sus adversarios e intimidar a sus ministros. Ha muerto aquel que de niño vendía dulces para apoyar a su familia y que se unió a los militarse porque tenían un buen equipo de béisbol. Ha muerto el “Robin Hood” populista de las américas, la máquina que se alimentaba de petróleo para repartir dádivas no solo dentro de su país sino también a gobiernos extranjeros con su mismo respeto hacia la democracia.

Hugo Chávez fue elegido en el año 98 luego de una campaña en la que se retrató como un tipo moderado, un izquierdista respetuoso de la democracia, las instituciones privadas y de la inversión extranjera. Era obvio que él hubiera preferido entrar al poder con un golpe (como el que terminó metiéndolo en la cárcel en 1992), pero alguien le debe haber aconsejado que postule democráticamente y que luego haga lo que quiera. Subió al poder en una época en la que el petróleo empezaba a subir de precio exponencialmente (factor del que no gozaron sus antecesores) lo que permitió que la “revolución bolivariana” recibiera ingresos sin tener que esforzarse. Aquel hombrecillo moderado y notablemente más delgado que ganó las elecciones, se dispuso a hacer todo lo que había dicho que no haría. Pronto se vería expropiando edificios y negocios a discreción (en televisión en vivo por supuesto) y quedándose en el poder más de cinco años cuando alguna vez dijo que estaba dispuesto a irse incluso antes de terminado su tiempo de mandato.

Algunos venezolanos celebran airadamente la muerte de su líder. No son viles e insensibles criaturas, son víctimas de un sistema tiránico que en muchas ocasiones obligaba a algunos venezolanos a dejar su patria, huir de un régimen que no toleraba ideas distintas a la suya o que los veía como oligarcas aliados del “imperio” dignos de ser expulsados del lugar donde nacieron. Un gobierno que gobernaba por decreto, un presidente que hacía lo que quería y que quitaba arriba para dar abajo, repartía dinero en vez de oportunidades e insultaba sistemáticamente a aquellos países que se alejaban de su línea política: El socialismo del siglo XXI.

Nicolás Maduro, el ilegítimo presidente de Venezuela (jurado presidente en total violación a la constitución) tiene un reto complicado frente a él. Las condiciones en las que toma el mando no son las mismas en las que tomó el mando su antecesor. El petróleo ya no está subiendo de precio con tanta velocidad y con lo débil que está la economía venezolana, Maduro no va a tener tanta plata para regalar. Venezuela con Chávez al mando no ha sabido fomentar otra fuente de ingresos que no sea el petróleo (incluso Chávez se las arreglo para que la producción agropecuaria bajara notablemente a punta de expropiaciones) y Maduro no va a tener mucho con qué trabajar. A eso se le suma el hecho de que el tipo no es ni la mitad del líder que era Chávez, no tiene su presencia escénica ni su capacidad oratoria.

Es probable que el chavismo muera al igual que su líder. Quizá Capriles gane las elecciones en abril y quizá empiece otra etapa en Venezuela y en América Latina. Al final la que tiene que ganar es la democracia y los beneficiados tienen que ser los venezolanos. El socialismo tiene que darle paso a las políticas democráticas, a la libertad económica y a tantos venezolanos que apelaron a salir de su patria.

Hugo Chávez no es una figura para reverenciar, no fue un héroe, no fue un demócrata. Fue un autócrata que le dio muchísimos dolores a muchos venezolanos. Uno de esos llamados “socialistas del siglo XXI” que han manipulado la democracia para perpetuarse en el poder. Que se apenen los que tengan que apenarse y se alegren los que tengan que alegrarse.

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Nosotros los peruanos no deberíamos estar participando en duelos nacionales por la muerte de líderes extranjeros, especialmente de dictadores matonescos. Deberíamos hacer duelo más bien por los policías y militares que mueren en nuestra Amazonía luchando contra fuerzas terroristas, luchando por nuestra democracia y nuestra libertad y los otros que mueren en nuestras ciudades defendiéndonos de la delincuencia.