La naranja blanqueada, por Raúl Bravo Sender

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El destape periodístico sobre lavado de activos que involucra al ahora ex Secretario General de Fuerza Popular, Joaquín Ramírez –investigado por la DEA bajo la “Operación Intocables”, que apunta a Miguel Arévalo Ramírez alias “Eteco”- ha embarrado –por no decir, blanqueado- al actual proceso electoral. Éste, no es un hecho aislado que vincule al fujimorismo con el tráfico ilícito de drogas. Durante los ´90 “Vaticano” soltó una bomba al afirmar ante los tribunales que Vladimiro Montesinos le cobraba cupos para transportar su droga del Alto Huallaga. En el 2013 se hallaron 100 kilos de cocaína en el almacén de una empresa de la cual Kenji es accionista; y ese mismo año Keiko se vio forzada a devolver el dinero aportado por Luis Calle Quiroz, denunciado por lavar narcodólares.

La narcocracia asecha a los peruanos. ¿Hacia dónde va el Perú? El fujimorismo ya cuenta con el control absoluto del Congreso de la República. Desde allí, puede bloquear toda investigación política que se pretenda en contra de su partido. Es por ello de vital importancia garantizar el equilibrio de poderes y el respeto a la institucionalidad democrática, con un Ministerio Público firme en investigar y acusar a quien corresponda, y un Poder Judicial al que no le tiemble la mano al momento de juzgar sin mirar a quien. Premiar al fujimorismo con la Presidencia de la República, es decir, con el manejo de otro Poder del Estado (el Ejecutivo), podría significar darles pase libre e impunidad en sus ilícitos negocios a todos estos operarios del narcotráfico durante cinco años y quizás más.

Hoy, está claro que los peruanos tendremos que elegir entre dos modelos. El reto de Pedro Pablo Kuczynski, en este tramo final, radica en convencer a la opinión pública de que él representa lo contrario a la narcocracia, el autoritarismo, el populismo y, la corrupción. Los debates pueden ayudar en ese propósito en la medida que se dejen de lado los tecnicismos y más bien se transmita al votante confianza e ideas fuerzas, pues mayoritariamente el electorado decide su voto por otros factores, tales como: sentimientos, simpatías, gratitud, rechazo, temor. El fujimorismo tiene un notable rechazo por lo que significa y su pasado. PPK debe aprovechar este rechazo para convencer, ya no a quienes tienen claras las cosas y han decidido su voto por tal o cual candidato, sino a los indecisos.

Si algunos electores no han decidido su voto, esto puede deberse a que quizás no ven cualidades, virtudes, ni muchos menos idoneidad, en alguno de los candidatos que pasó a la segunda vuelta, inclinándose por viciar su voto o emitirlo en blanco, a manera de protesta. O quizás –aunque en menor medida- porque les parece que ambos son tan buenos para gobernar. Sin embargo, a raíz de las recientes denuncias –calificadas por el fujimorismo como guerra sucia por haberse dado en un contexto electoral- ya se va sabiendo quién es quién y qué intereses representa, y se van zanjando las diferencias que separan a uno de otro. Es este el momento en que PPK debe convencer a los indecisos, de quienes su rechazo lo es principalmente en contra de la corrupción, venga de donde provenga.

¿Qué está ocurriendo en el Perú? ¿Acaso no están funcionando las instituciones? Miremos el vecindario y nos daremos cuenta que muchos hermanos países sucumben por este problema. Hoy, Venezuela se desintegra como República por la barbarie, la corrupción y el populismo de sus cuestionados –y vinculados con el narcotráfico- gobernantes, como Diosdado Cabello. Cuando hacia finales del ´80 –y en el contexto electoral de 1990- el terrorismo irrumpía con violencia, surgió una voz que decía que se le debía combatir con mano dura y autoridad. Ésta, finalmente degeneró en autoritarismo y se alió con el narcotráfico. Hoy, debemos luchar contra este problema dentro de la democracia y el mercado, escenarios públicos en los que se castigan los vicios y se premian las virtudes.

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