La nueva guerra de trincheras, por Nícolas Espinoza

«¿Será necesario la muerte del Estado, como la de Romeo y Julieta, para recapacitar e iniciar un proceso de cambio del paradigma? No lo sé, pero tampoco me siento animado a descubrirlo.»

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Ante las constantes protestas dadas en el Perú, que ya tiene como saldo varias decenas de muertos, no resulta extraño ver ciudadanos de a pie cuestionando cuál sería una posible salida a tal situación. El panorama actual no deja ver muchas más salidas de las que ya se esbozaron en otros tiempos, donde quizás la crisis haya sido más o menos pronunciada. No obstante, la presente columna hará breves comentarios sobre una arista del problema: el sectarismo y dogmatismo por parte de nuestra clase política junto con sus militantes o partidarios.

Quienes sean asiduos lectores de esta plataforma estarán más que familiarizados con ideales ilustrados o humanistas, en donde se pondere la razón crítica por sobre las pasiones o subjetividades. Así mismo, en reiteradas ocasiones se ven escritos en donde se propone un avance en el pensamiento científico, no tan solo su investigación de manera sistemática, sino también impulsando los valores que tal manera de razonar lleva consigo de manera implícita. Considero que Mario Bunge (1980) acertó al mencionar que el desarrollo de un país está intrínsecamente relacionado con su progreso científico. No tanto en el sentido material, sino en un cambio de perspectiva por parte de los peruanos con respecto a cómo interpretan su ambiente. Es cierto que la ciencia no puede dar las respuestas a todo ni menos que sean absolutas, esto iría en contra de su cuerpo de ideas por antonomasia. Sin embargo, grosero sería admitir que esta vía no tiene mayor peso que sesgos ideológicos muy marcados. Ante este comentario habrá quienes, con mucha razón, discrepan al decir que no se puede alejar a la ideología del ser humano, que su misma naturaleza permite que sus análisis se vean influenciados por sus pensamientos subjetivos. Pese a ello, es igual de simplista creer que no tenemos ideología al asegurar que nunca habrá conocimiento objetivo porque nuestras percepciones se ven interferidas de alguna manera. Lo que se busca es limitar esto, que la evidencia científica se imponga por sobre las parcialidades de nuestro pensamiento.

Dicho lo anterior, resulta evidente uno de los problemas que acarrea el Perú. El aislamiento o repulsión que existe por parte de muchos líderes hacia la evidencia empírica resulta fatal en un país que busca salir de un estado en continua decadencia. Esta reacción puede deberse a desconocimiento o desinterés, pues muchos discursos políticos caerían en saco roto cuando se contraste con la realidad. Desde el ala derechista buscando desprestigiar todo lo que provenga de las izquierdas -tanto clásica como progresista- hasta estas mismas rechazando cualquier idea en favor de la liberalización del mercado o limitar la intervención estatal en favor de mayor eficacia. Los ejemplos son infinitos: desde la derecha se condena una política de índole progresista o asistencialista calificando a sus defensores que quieren “volvernos pobres” o “destruir la familia”; mientras que su contraparte se opone a reducir impuesto o bajar trabas burocráticas porque eso “apoya la explotación de los grandes empresarios”. Distinto sería si, en vez de repetir un panfleto, se expusiera evidencia de que tal o cual medida no prosperará, puesto que fundamentar una crítica en nombre de la libertad o justicia social resulta inocuo.

A manera de conclusión: no se pretende dar una respuesta definitiva al problema, teniendo en cuenta que el meollo del asunto es aún más profundo. Como se mencionó líneas arriba, la ciencia no podrá dar respuesta a todo ni es mi intención dar a entender tal afirmación. Quizás sea plausible hacer un neocontractualismo tal y como lo mencionó Rawls en su momento cuando se debate sobre los valores políticos que deben regir una sociedad. A pesar de esto, el objetivo del presente escrito es hacer ver al lector que es dañino permitir que en nuestra cultura política simplemente abunden comentarios subjetivos sin una pizca de evidencia. Es cierto que esta misma puede ser usada de mala manera, haciendo un análisis que beneficie a un partido o ideología, pero esto solo se combate con verdadero pensamiento crítico. Desvirtuar los hechos a razón de unos cuantos malintencionados no resulta lógico. Hasta entonces, cual Montescos y Capuletos, las izquierdas y derechas del país se disputarán en constante duelo para adueñarse de la verdad absoluta. ¿Será necesario la muerte del Estado, como la de Romeo y Julieta, para recapacitar e iniciar un proceso de cambio del paradigma? No lo sé, pero tampoco me siento animado a descubrirlo.

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Referencias

Bunge, M. (1980). Ciencia y desarrollo. Siglo XX
Rawls, J. (2013). Liberalismo político. Fondo de cultura económica.