La nueva normalidad impuesta por el COVID-19, por Martín Alegría

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Uno de los principios básicos de nuestra sociedad es la libertad, ese derecho del cual todos hablamos pero que recién con la llegada del COVID-19 apreciamos en su gran magnitud. La libertad está regulada en el artículo dos de nuestra Constitución y tiene diversas facetas, para mí, la más importante en las actuales circunstancias, es la libertad de elegir.

En el actual Estado de Emergencia se ha decretado la inamovilidad a la población, confinándonos a nuestras casas y privándonos de la libertad de elegir si salir o no salir. Esto es lo que justamente hace que la actual inamovilidad sea tan difícil de asumir por la población, puesto que el ser humano al tener razonamiento tiene capacidad de elección y esta es, justamente, la base de nuestra existencia. Como decía Descartes, al desarrollar la idea del “genio maligno”, si puedo pensar, entonces existo.

Sin embargo, este confinamiento que nos quita la libertad de elegir quedarnos o no quedamos en casa (y pese a poder salir, decidir no hacerlo), nos ha traído también una gran victoria: el trabajo remoto.

Efectivamente, durante el Estado de Emergencia se ha ganado una gran batalla, demostrándose que hay muchas labores que no necesitan la asistencia al centro laboral de manera completa, que muchas reuniones pueden ser virtuales, que hay llamadas más productivas que una reunión y que el correo electrónico es, hoy más que nunca, una dirección más simple y directa para las comunicaciones que las cartas enviadas en físico.

Como muestra de ello, veamos el caso de INDECOPI, quien en el 2019 reveló que luego de haber aplicado el teletrabajo en ciertos miembros como parte de un muestreo, su productividad se incrementó en 30% y el 75% de dichas personas aumentó el tiempo disponible para asumir nuevas responsabilidades.

A ello debe sumársele que en promedio una persona para trasladarse a su centro laboral, emplea 45 minutos, lo cual suma una hora y media del día solo en traslados, lo cual multiplicado por la gran cantidad de personas que viven en Lima, significa una gran congestión vial contribuyendo a que esta ciudad tenga el tercer peor tráfico del mundo según TomTom Traffic Index.

Como todo en la vida ¿Cuál es la otra cara de la moneda? Esta tecnología que nos permite estar conectados de manera remota y en tiempo real, también significa que estemos “sobre conectados” o “siempre disponibles”, borrándose la línea entre el horario de trabajo y el espacio personal tan necesario para una vida equilibrada.

Debemos tener en cuenta que el aislamiento social obligatorio, ha generado que tengamos –en muchos casos– a familias cuyos niños están todo el día en casa, puesto que el colegio es “virtual”, por lo cual los padres durante el día deben: procurar que los niños atiendan la clase, ayudarlos con las tareas del colegio, preparar los alimentos, ordenar el hogar y, además, trabajar. Conozco gente que me cuenta que espera que sean las 8 o 9 de la noche, para poder por fin trabajar 3 o 4 horas sin interrupciones, y otros a quienes sus jefes, sin ningún motivo alguno, llaman a las 8.30 am, para saber si están despiertos y trabajando.

No se me malentienda en este punto, siempre habrá casos de urgencia que necesiten ese esfuerzo extra y trabajo en sobretiempo, pero esta no puede ser la regla. El teletrabajo no puede suponer una permanente conexión con el centro laboral.

Toda vez que el trabajo remoto –al menos durante estos meses de cuarentena– se ha vuelto la regla general (ojo, para quienes pueden hacerlo al no ser operarios), también se ha distorsionado la disposición para trabajar con la permanencia en el puesto de trabajo (remoto) las 24 horas del día.

Según un estudio de la Universidad de Cambridge, realizado en más de 21,000 empleados británicos, reveló que aquellos que durmieron menos de 6 horas al día redujeron de manera significativa su eficiencia en el trabajo, mucho más que beber o fumar.

Estamos viviendo una nueva normalidad, impuesta en la medida que tenemos un enemigo invisible llamado COVID-19 que nos obligará a pasar periodos de cuarentena intermitentes, aplicándose –espero– fórmulas de teletrabajo que permitan que sigamos siendo productivos y eficientes como se ha demostrado en este periodo, pero esto no puede suponer una hiperconexión con el centro laboral.

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