La partida de Evo, por Gonzalo Ramírez de la Torre

“Por el momento, la principal amenaza para una transición democrática en Bolivia sigue siendo el mismo Evo Morales”.

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Según sus admiradores ¿cómo tenía que haber acabado el gobierno de Evo Morales? ¿A través de un proceso electoral? Difícil, el exmandatario ya había demostrado tener poco interés por los designios de la voluntad popular en el pasado, tras pretender una nueva reelección a pesar de que los ciudadanos le habían dicho que no podía hacerlo a través de un referéndum. Además, las “graves irregularidades” detectadas por la Organización de Estados Americanos (OEA) en los comicios del 20 de octubre delatan que no se podía garantizar un próximo proceso transparente con Morales en el poder.

Era evidente que su renuncia era el único camino posible y esta no se iba a concretar si el expresidente no sentía el apremio del reproche popular, que se terminó por consagrar en la sugerencia que hicieron las Fuerzas Armadas de que lo conveniente era que diese un paso al costado. Esta última, claro, no es una decisión libre de controversia, dado el nefasto prontuario de abusos a la democracia que tienen los uniformados en la región, pero en el contexto de un régimen que no le tenía asco a deformar a su antojo el espíritu de la Constitución que él mismo instauró, las alternativas se notaban escasas y al final el que optó por correr a la salida fue el mismo Morales.

Asimismo, los eventos que han seguido a la renuncia del expresidente difícilmente pueden considerarse como propios de un golpe de Estado. La señora Jeanine Áñez –aunque dueña de un discurso cavernario y pernicioso– ha ascendido a la jefatura del Estado como manda la Carta Magna boliviana y avalada por el Tribunal Constitucional. Al mismo tiempo, se ha comprometido a llevar al país a un nuevo proceso electoral que deberá permitir que se sincere la voluntad popular. Para este fin, la presidenta tendrá que preocuparse por lograr un clima de paz y debe rechazar el uso de la fuerza letal o excesiva por parte el Ejército y la policía.

El escepticismo, empero, no se debe detener. La OEA tendrá que cerciorarse de que los próximos comicios en el país altiplánico sean un verdadero reflejo de lo que la ciudadanía quiere y que todas las tiendas políticas tengan la oportunidad de participar. Cualquier irregularidad tendrá que ser denunciada y reprochada vigorosamente por la comunidad internacional.

Por el momento, la principal amenaza para una transición democrática en Bolivia sigue siendo el mismo Evo Morales. Desde su exilio en México, el otrora presidente se ha dedicado a tratar de agudizar las contradicciones en su país desde su cuenta de Twitter con la anuencia de Andrés Manuel López Obrador (quien de acuerdo a la Convención Sobre Asilo Diplomático no debería permitirle “practicar actos contrarios a la tranquilidad pública, ni intervenir en la política interna del Estado territorial”). La tranquilidad que el boliviano aseguró que quería inyectarle a la situación con su renuncia difícilmente se logrará a punta de gritos de “¡patria o muerte!” y si en realidad quiere hacerle un favor a su gente debería empezar a guardar silencio.

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